Jorge Patiño Sarcinelli

El cáncer en la mira (a los demás que los coma el lobo)

lunes, 30 de septiembre de 2019 · 00:09

Si yo fuese oncólogo o tuviese un pariente con cáncer o lo padeciese yo mismo (quizá ya), seguramente abogaría por una ley que priorice los recursos para el tratamiento de esta enfermedad. Mutatis mutandis, lo mismo para la hepatitis, las infecciones respiratorias, los problemas de corazón, etc. Todos quieren más fuego para su salchicha; es normal y es humano.

Recientemente los enfermos de cáncer y sus familias han llamado la atención pública sobre las graves deficiencias que hay en el país en la detección temprana y tratamiento del cáncer. Un editorial reciente dice que “la crisis de la salud en Bolivia ha dado lugar a que se destapen escándalos como la situación de los enfermos con cáncer”.

No llamaría yo escándalo destapado al reconocimiento de una realidad: la de personas que además de sufrir los dolores de la enfermedad, sienten que “el diagnóstico es casi una sentencia de muerte”. Pero ante la gravedad del drama obviemos precisiones.

Podríamos celebrar una norma que promete “acceso universal e integral de las personas con este mal, mediante […] vigilancia epidemiológica, promoción, prevención, detección temprana, atención, tratamiento y cuidados paliativos”, pero atinadamente el mismo editorial señala que “los bolivianos tenemos especial afición por aprobar leyes que a veces no se cumplen”. Esto es verdad, y en este caso muy triste, porque la imposibilidad del cumplimiento de esta norma destruirá miles de esperanzas.

Lo cierto es que esta ley es demagógica, la solución clásica para desinflar un problema que se ha convertido en políticamente apremiante, sin mucha consideración por los obstáculos prácticos de implementarla y de verdad responder a su objetivo. El cáncer es un conjunto de enfermedades (no todos los cánceres son iguales en gravedad o perspectiva de cura) cuyo tratamiento es complejo, muy caro y no siempre con buenas perspectivas. Esto no lo cambiará ninguna ley.

El otro aspecto que debe llamar la atención es la priorización del cáncer frente a otras enfermedades. Naturalmente quisiéramos tener recursos para si es posible prevenirlas y curarlas todas. Pero no los tenemos y el Estado debe repartir los magros dineros destinados a salud entre todas las enfermedades, sobre todo las que aquejan a la población de menos recursos.

Desearíamos asignar a la salud todos los recursos hoy despilfarrados en malas obras, perdidos por corrupción y en publicidad estatal, y por qué no los hoy destinados al Ejército. Pero todo esto no bastaría; no nos hagamos ilusiones. Incluso un presupuesto de salud así aumentado sería insuficiente para dar atención a todas las enfermedades con la efectividad que quisiéramos (y que ahora los enfermos de cáncer creen que tendrán).

Solo con un estudio que informe qué enfermedades son las más prevalecientes en el país, cuáles son los métodos y costos de prevención y cura apropiados para cada una y los beneficios esperados de hacerlo, podríamos intentar una asignación equitativa, racional y apolítica de esos pocos recursos. 

Y si este problema ya plantea los típicos dilemas complejos de tener que quitar a uno para dar a otro, hay que recordar que parte de la gran ecuación de la salud es la necesidad de invertir en el futuro. La desnutrición infantil que se traduce en mayores gastos más tarde y los males causados por no tener agua potable siguen siendo aspectos fundamentales de la salud en un país en desarrollo. 

Todo país, y más uno pobre como el nuestro, tiene que decidir entre asignar recursos para combatir una u otra enfermedad, y para sacar adelante una niñez sana, que es el futuro del país, o cuidar de aquellos que han trabajado toda su vida construyendo el país. Una decisión nada trivial impuesta por la fría lógica presupuestaria, pero que la política se permite esquivar con discursos y promesas.

Jorge Patiño es matemático y escritor.

Confidencial

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