Jorge Patiño Sarcinelli

Instinto o razón, ¿qué vale en la urna?

miércoles, 04 de septiembre de 2019 · 00:09

La calidad del proceso democrático está atada a la calidad de las decisiones colectivas que son, en última instancia, la suma de las elecciones de los ciudadanos. Es decir, la cadena democrática parte de la calidad de decisiones individuales. Hasta ahí, Perogrullo.

Pero ¿cómo decide la gente? La respuesta a veces olvidada es que en las decisiones humanas, electorales o cotidianas, intervienen en proporciones variadas: instinto, estómago, corazón, y la mente a través de dos facultades: la razón y la imaginación. 

Nuestra capacidad de elegir entre candidatos y programas analizando su impacto probable en nuestras vidas y la de nuestros hijos es tan absurdamente limitada, que lo más racional es renunciar a la razón para ello. De hecho, quien se diga racional confiesa que no lo es del todo. 

La segunda facultad mental que interviene en una decisión es la imaginación. Esto es particularmente importante en política, donde candidatos, programas, ideologías y futuros posibles pueblan el imaginario de las personas. No es solo que la gente vota por quien le despierta sueños, como Obama o Mandela, sino que los candidatos son personajes de ese imaginario, muchas veces con virtudes y defectos que solo existen ahí. 

Los grandes líderes son los que son capaces de proyectar imaginaciones que trascienden la realidad. En esto hay una gran distancia entre Evo y Mesa en el imaginario nacional. Mientras que Evo es para sus seguidores un gran líder que trasciende lo ordinario, para los de Mesa, este es un intelectual de primera. Guardadas muchas distancias, Evo es como Stalin y Mesa como Lago. Por eso las próximas elecciones parecen tan desequilibradas (además, claro está, de la muy real abusiva ventaja financiera y mediática de Evo). 

En la anatomía y en la jerarquía tradicional, “debajo” de la mente están los sentimientos. “El corazón tiene razones que la razón no entiende” dijo Pascal, reconociendo que los sentimientos intervienen en las decisiones con lógica propia. 

En un libro reciente,  Estados nerviosos, su autor, William Davies, dice que “las democracias están siendo transformadas por el poder de los sentimientos, y nostalgia, resentimiento, bronca y miedo se están apoderando del mundo”. Dice también que los pobres y los viejos son menos racionales que los ricos y los jóvenes, respectivamente. Un comentarista del libro caracteriza este fenómeno como una “falla cognitiva del electorado”. 

No se puede decir que los sentimientos sean novedad en política y que por tanto estén ahora transformando la democracia. Otra cosa es que se esté reconociendo este fenómeno como propio del nuevo populismo. Por otro lado, hay una insuficiencia cognitiva en autor y comentarista si creen que pobres y viejos deberían tener más fe en la razón pura para elegir entre programas y candidatos. Hay mucha sabiduría en no confiar demasiado en la razón.

Para seguir con la lista de facultades que intervienen en las decisiones, nos quedan el estómago y el instinto. Dijo Brecht que “primero viene la comida y después la moral”, poniendo en evidencia lo poco que cuentan los ideales cuando el estómago está vacío. No hay candidato que lo ignore: el hambre vota y causa revoluciones.

Queda el instinto. ¿Juega este un papel en las decisiones electorales? Creo que sí: cuando en la soledad de la urna o antes, la razón se nubla, el hábito titubea, la memoria calla y los sentimientos se hacen ensalada, nos salva el instinto político; esa razón visceral que combina todas las demás en una respuesta inexplicable pero indiscutible. 

Cuando se dice que alguien es un animal político o que ruge la multitud, la metáfora es apropiada, y por más orgullosos que seamos de ser bípedos pensantes sin plumas, es posible que nuestro lado instintivo sea el que más pesa en las elecciones, y que la política sea aun más circense de lo que se dice.

 

Jorge Patiño es matemático y escritor.

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