Lupe Andrade

Pido un día de nubes y tormenta

miércoles, 04 de septiembre de 2019 · 00:10

Estoy en nuestra vieja casa yungueña en la cima de una pequeña montaña.  Desde aquí se divisa un panorama increíblemente extendido: hacia el sur, el Mururata, fulgurante como joya con su planicie nevada; luego están las serranías del Tijerani, y más abajo aún se ve Chulumani, justo frente a nosotros.

Hacia el este, en la lejanía se pierden las estribaciones de la cordillera que baja hacia La Plazuela y Miguillas.   Se pierden, hacia el noreste, las nacientes del Alto Beni; hacia el suroeste se yergue el poderoso Uchumachi sobre Coroico, y de noche, la luminosidad de La Paz y El Alto ilumina las siluetas de las montañas con un extraño color dorado. Tenemos un paisaje inmenso, maravilloso; casi sin paralelo en la región. 

Pero me expreso mal.  Teníamos ese paisaje.  Hoy todo está gris, malamente borrado por una goma sucia.  Apenas divisamos Chulumani; Irupana es un fantasma en la lejanía.  Lo demás: Mururata, cordilleras, montañas, valles y la promesa de La Paz-El Alto, ha desaparecido detrás de una cortina densa que irrita los ojos y hace llorar a los niños. Esa larga apertura geográfica hacia el Alto Beni que antes disfrutábamos,  funciona hoy como conducto a la humareda de la tragedia amazónica.  No hay escape, no hay donde mirar que no esté afectado por esa cortina maléfica.

En términos de kilómetros, en Yungas estamos lejos de los incendios chiquitanos, pero tenemos nuestros propios chaqueos: hace poco un joven bombero falleció en Coroico, apagando un incendio que, afortunadamente, no llegó a propagarse demasiado.  En cuanto a la Amazonia, estamos indefensos ante su efecto climático; vemos cómo se oscurece nuestro futuro, cómo se enturbia el porvenir de la nación sin que podamos hacer nada.  Nada.

El presidente Morales tendrá sus razones para negarse a declarar formalmente el desastre nacional.  No soy yo quien lo discuta.  Sin embargo, cuando me levanto en la mañana y abro mis ventanas hacia la luz, viendo un infinito mar gris que se extiende hasta perderse, quiero llorar.  ¿No es esto desastre? Aquí en Yungas estamos –por el momento- lejos del fuego, pero el humo que cubre todo es aterrador.   Lo hemos sufrido antes: los chaqueos en Santa Cruz: las quemas de la zafra de la caña o de la soya.  Fueron terribles, pero nunca llegaron a cubrir todo con este tul de hoy, ceniciento y triste como velo de muerto.

Hace dos noches llovió un poco; un par de horas.  Por la mañana, el cielo estaba diáfano, los colores eran brillantes: el velo se había levantado.  Eso creía.  A las 10 de la mañana volvimos a estar envueltos en velos fantasmales, con el sol oscurecido y colores sin intensidad.   Hoy estuve pidiendo lluvia al cielo, mirando al celular con insistencia por si el pronóstico cambiaba y prometía una lluvia bendita como agua bendecida por la mano del Papa.  Nada. Nada.

En tiempos normales, cuando uno habla de tranquilidad, felicidad y buen ánimo, es común decir que se desea “un día sin nubes”.  Hoy no.  Extraño a las nubes; hoy, las deseo intensamente.  No hay paz en mi alma si debo dormir con los bosques en llamas y despertarme ante la indiferencia de los poderosos.  

Por esa parte, quizás la negativa del Presidente tuvo una base colérica, de frustración.  Cualquiera de los millonarios asistentes a una cumbre política del G-7 pudo donar –personalmente- 10 o 20 millones de dólares (o euros) al rescate sin tener cosquillas.  Ni se diga de sus países. Su ofrecimiento era y es, un poco mezquino.  Los súper-ricos bien pudieron haber creado un fondo de emergencia de 200 millones de dólares o más, para comenzar.  Ellos, que hablan en miles de millones, podrían haber comprometido más, incluso, para apagar este fuego donde se juega la salud del planeta.

¿Qué esperamos, con este mundo tan extraño?  Bolsonaro dio la espalda a la Amazonia.  Trump ni siquiera hizo un gesto de molestia con su boquita de pez.  Simplemente nos ignoró.  Boris Johnson probablemente no sabe dónde queda Bolivia.  Por todo eso y más, hoy, al ver el cielo, me consume la ira, así como el fuego consume al bosque. No sirve de nada, lo sé, pero así estoy, ardiendo de frustración y furia.

 

Lupe Andrade es periodista.

 

Confidencial

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