Luis Fernando García Arce

Llorar sobre leche derramada

jueves, 05 de septiembre de 2019 · 00:09

Ladrillos de 1854, Quinta presidencial de Olivos, Argentina, una oficina en silencio, Río de la Plata, testigo mudo. Solitario, con una sola idea en la mente, remontar la preferencia electoral perdida, pocos días para lograrlo. 

El Presidente argentino en las elecciones primarias se ha pegado un piñazo. Cuando asumió el poder Macri, el compromiso inicial era moverse a un régimen de moneda flotante, retirar circulante antes de dejar libre la moneda, y lanzado como trompo el tipo de cambio, que baile el dólar y la economía. 

La gradualidad que marcó la música, al paso de políticas de ajustes insoportablemente lentas, llegó a los tropiezos a la fiesta, inoportunos movimientos hicieron que el crecimiento termine en manos de la inflación y el desempleo. Más que cura, el largo plazo volvió a atrapar la economía en una enfermedad, obligados a terapia intensiva:  necesitaba de oxígeno del Fondo Monetario Internacional. Prestarse, exigía recetas de austeridad e impuestos. ¡Para que todo cambie y todo siga como está, o peor! Medicar, luego de un sistema populista, demandaba  medidas para incentivar, no para reducir la producción. 

Diferenciar la política de la economía era otro de los desafíos que envenenaba a la administración, con su gigantismo y con interrogantes sobre la desigualdad de rentas, seguridad laboral -una torta difícil de digerir-. La fiesta democrática demostró que medidas mal aplicadas, sumadas a un retroceso con contramedidas económicas, echan por tierra lo trabajado. Ahora el desconcierto tiene a la sociedad al borde de pasar de un hospital general a uno psiquiátrico. 

La democracia liberal se abrió paso, y el mercado con los nuevos paquetes económicos que presentó el Gobierno de manera precipitada. A la vuelta de la esquina, dichas medidas podrían ser un detonante para que aparezca la sombra del totalitarismo que necesita de incertidumbre para instalarse y amenazar la democracia… Otra vez.

Elevadas tasas de interés -más del 50%- una servidumbre impositiva mayor al 60% de carga, penalizan cualquier oportunidad. Sobrevivir en esas condiciones se vuelve una labor titánica. 

La economía se empezó a arrastrar a un hueco, creer que nada pasaría si la reforma era gradual estuvo lejos de ser suficiente. Desatornillarse de políticas sindicalistas, explicar a la gente que la tabla de salvación necesita del esfuerzo y que tienen que trabajar para vivir, era una compleja tarea porque había que martillar incontablemente sobre este punto. 

Al otro lado de la acera está la sociedad incrédula, asustada, que mira, que paga impuestos y vive de su laburo. Cree que “evidentemente” fue un error pensar que al argentino se lo podía convencer de vivir en un país mejor, dándole agua potable, cloacas, autopistas, rutas,  estaciones de trenes, combatiendo la inseguridad, tratando de equilibrar un presupuesto con un déficit fiscal que financió al populismo durante décadas. Tratar de mejorar la vida de personas cuyo único horizonte es el asadito del domingo y poder ponerse borracho (en pedo dirían ellos) mientras ven el fútbol gratis, quizás haya hecho que muchos crean que un vaivén económico es producto de una decisión de pagar los platos rotos tomada hace tres años, luego de décadas de saqueo y mala administración. Ni hablar de intentar explicar cuánto de los desequilibrios económicos de los que hoy se quejan, son herencia de quién ahora es candidata a la vicepresidencia, y lo peor…, ¡quieren que vuelva! No les bastó siquiera ver filmaciones de cómo robaban y lanzaban bolsas de dinero escondidas en un convento o que ni los jardineros de los funcionarios de gobierno puedan explicar el origen de sus patrimonios.

En esta oscuridad, nunca se había visto que unos candidatos como Alberto Fernández y Cristina Fernández a la presidencia y vice presidencia, amenacen a los jueces, por seguir investigando a la anterior administración. Hay pocas cosas más desalentadoras que tener que trabajar a las órdenes de alguien bajo sospecha, como la expresidenta argentina, con la inhibición y el miedo que inevitablemente encierra la revancha dentro de sus palabras. Si nuevamente el peronismo regresa a la Casa Rosada, el populismo abarcará el poder judicial y electoral, como en Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia, y el sistema político arrastrará hacia afuera a la democracia. Si se creyó que las cosas estaban mal en Argentina, lo que viene a continuación podría empalidecer al más morocho de los gauchos. Los argentinos, optando por este rumbo, resultan incomprensibles. De continuar los resultados electorales, con todo el dolor hay que entender, que, en Argentina, la balanza se inclinó definitivamente por la condena a la miseria, y ya de nada va a servir “llorar sobre leche derramada”.

 

Luis Fernando García  Arce es analista.

Confidencial

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