Juan Antonio Morales

La arrogancia

jueves, 02 de enero de 2020 · 00:12

La arrogancia, el sentirse superior a los otros y mirarlos con desdén suele perder a los políticos y a los gobiernos. México la ha estado sufriendo en carne propia por varios años por parte de   Estados Unidos;  a su vez, la ha estado repitiendo a los países centroamericanos. Cree además que es el único portador de valores morales para el resto del continente como lo viene ilustrando el tratamiento del gobierno de López Obrador (AMLO) a nuestro Gobierno. 

 El presidente AMLO ha definido a nuestra revolución de las pititas como un golpe de Estado condenable. Esa descalificación le caía muy bien para desviar la atención de los problemas internos. La economía mexicana no crece y lo único que aumenta es la inseguridad ciudadana. Se sigue hablando de los dos Méxicos (Informe McKinsey, 2014), el uno, moderno plenamente integrado a la economía internacional;  el otro, pobre, más informal y de muy baja productividad. Este México está todavía en la época de  Los hijos de Sánchez, el clásico de la antropología de Oscar Lewis, publicado en 1968. AMLO hasta ahora no ha hecho nada significativo para superar los problemas internos y el clivaje. Ha dedicado más bien su tiempo y esfuerzo a buscarnos querella.

Pablo Stefanoni, en su magistral  Los Inconformistas del Centenario  (2015), nos recuerda la enorme influencia intelectual mexicana en el pensamiento social boliviano. La influencia mexicana no era solamente intelectual, su inserción en la cultura  popular era muy grande.  No se puede olvidar tampoco que México acogió generosamente a una gran cantidad de nuestros compatriotas en épocas de las dictaduras militares. 

México nos es tan querido y  claramente tiene que disminuir la animosidad entre nuestros países. Pudiésemos dar el primer paso

otorgando salvoconductos a los asilados en su embajada, por lo menos a los que no tienen orden de aprehensión. Sería una decisión inteligente. En contrapartida, AMLO debe dejar su belicosidad en el vestuario. Tenemos igualmente que investigar serenamente el rocambolesco incidente, de película de serie B, del viernes 27 de diciembre. 

La arrogancia  con nosotros del  gobierno de Alberto Fernández tampoco tiene justificativo. La Argentina sigue siendo un misterio para todos los estudiosos del desarrollo económico. Para nuestros abuelos, Buenos Aires era el summum de la civilización. Su educación y sus universidades estaban entre las mejores del mundo. Aún ahora, ninguna ciudad latinoamericana le gana en cuanto a vida cultural. Nuestras clases medias eran tangueras y fanáticas del fútbol argentino. La altanería  de los porteños con sus compatriotas cabecitas negras y con los sudamericanos como los llaman a sus vecinos (como si la Argentina no estuviera en Sudamérica) es más objeto de chistes gallegos que de enojo.

  Esa  tierra prometida se arruinó con el populismo peronista en sus varios tintes, que van de la izquierda radical a la derecha más ortodoxa, y con las pestilentes dictaduras militares que le hicieron perder mucho de su capital humano. Desde entonces  la economía argentina sufre un estancamiento secular y  recurrentes catástrofes financieras. Los gobiernos sensatos, que los ha habido, heredaban situaciones inmanejables.

El presidente Alberto Fernández tiene que vencer ahora una monumental crisis, que le exigirá un pilotaje muy cuidadoso. Por de pronto tiene que estabilizar el tipo de cambio, sanear las cuentas  fiscales y renegociar una gigantesca deuda pública, tareas nada fáciles.  Está en su interés  tener buenas relaciones con sus vecinos, incluso con nosotros. No debe seguir pensando  altaneramente que los bolivianos somos todos bolitas de verdulerías o cocaleros  y debe aceptar que tengamos una inteligente (y bella) presidenta constitucional. Bolivia tiene más influencia que la que se sospecha. No haber invitado a la presidenta Añez a su posesión fue una grosería diplomática y proteger a Evo Morales, suponemos a expensas del alicaído erario argentino, tendrá costos no sólo pecuniarios sino también  de imagen. Si no quiere indisponer a los mercados financieros, no le conviene andar de ñañas con el Evo.

Juan Antonio Morales es economista y expresidente del Banco Central de Bolivia.
 

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