Lupe Andrade Salmón

Construyendo, de nuevo, el país soñado

miércoles, 22 de enero de 2020 · 00:11

¿Qué oficio puede existir, más noble y positivo, que el de constructor? Desde el albañil que eleva muros de ladrillo uno a uno, para luego techarlos con humilde calamina y crear una nueva vivienda en El Alto, o en Yungas, hasta los constructores que crean y mantienen las carreteras que nos llevan por todo el país. Es decir, lo que nos comunica, une, protege y da vida es la construcción, desde casas a hospitales, desde calles empedradas a carreteras de cuatro vías o aeropuertos.

Abrir y mantener caminos, incluyendo túneles y puentes, para encarar nuestra desafiante geografía,  es un oficio noble y esencial para Bolivia.  Levantar casas, edificios, urbanizaciones o represas, nos permite vivir, y vivir bien.  Sin el arquitecto que diseña, el ingeniero que construye, el maquinista que maneja la grúa y el obrero que sufre de frío, calor, alturas y dificultades, no tendríamos nada.

Mire a su alrededor, estimado lector, y verá que su entorno, sea casa, oficina o transporte, depende de los y las personas que trabajan en construcción.  Sin ellos y ellas ¿dónde estaríamos?  

Lamentablemente, en los pasados años de confusión y oscurantismo en cuanto a cuentas, contratos, costos y pagos, la construcción grande: carreteras, aeropuertos, hospitales y puentes, ha sufrido en términos de reputación por el efecto de factores externos: presión para los contratos, influencias, maquinaria china que no sirve ni dura, y aeropuertos como el de Chimoré, sin planificación ni propósito sensato.  No es culpa de los constructores de alma y profesión, es problema de país, que se repitió en casi todos los ámbitos empresariales y de trabajo.  

Hoy estamos, afortunadamente, entrando a una época de reordenamiento.  Tomará tiempo, pero poco a poco se podrá ver más allá de los meros intereses y juicios, a lo realmente interesante.  Los constructores podrán volver a opinar y tomar decisiones con respecto a su oficio y las necesidades del país.  Eso lo quieren todos: empresarios verdaderos, usuarios y beneficiarios.  

En esto, me incluyo.  Sueño dormida y despierta en poder viajar a Chulumani, a modestos 120 kilómetros. de La Paz, sin tener el alma en un hilo, y enormes pedruscos colgando sobre la vía polvorienta.  Hoy podemos viajar miles de kilómetros asfaltados desde La Paz a casi todos los confines del país, y más allá.  A Chulumani, Irupana, Ocobaya, Chirca, Cutusuma, Huancané, Chicaloma, Coripata y Arapata,  sólo por despiadados caminos de polvo y piedra.  ¿Por qué?  Porque, queridos lectores, a los “mandantes de antes” Yungas les caía mal.  Era tierra antipática.

Sin embargo, Yungas tiene una tradición importante, y no menos porque los confederados del 16 de julio de 1809, los del primer grito de libertad de Bolivia, eran casi todos de familias yungueñas, tal como los guerrilleros Lanza, ocobayeños que desafiaron a los españoles durante años, plegándose en la lucha final a los ejércitos de Bolívar y Sucre.

Mi directo antepasado -Bernardo Andrade- cayó junto a Murillo, y cualquiera puede comprobarlo en los registros históricos. Así que sí, reconozco que tengo un interés personal, y válido, en ese camino y esa provincia. 

Pero no necesitamos mirar tan lejos hacia el pasado.  Ni solamente a mirar hacia Yungas.  Los caminos son las venas de un país, y la construcción civil de puentes, diques, represas y embalses, proporciona la sangre que corre por esas venas ciudadanas.  Sin constructores, casi no hay nada.  

Es tiempo, por lo tanto, de poner las cosas en claro.  Los contratos que estaban o están mal,  son una cosa que se debe corregir, pero mantener las arterias del país funcionando con flujo y comercio,  es necesario.  Quisiera ver toda La Paz vinculada con bellas carreteras, incluyendo Apolo y toda la abandonada provincia Iturralde hacia el norte, así como están interconectadas Cochabamba, Chuquisaca y Santa Cruz,  con Tarija y el Beni. 

  No más contratos truchos, ni construcciones de coliseos innecesarios, pero sí caminos productivos y seguros para que podamos viajar sin rezar Ave Marías en cada curva: quiero ver mi sueño convertido en realidad.

Lupe Andrade Salmón es periodista.

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