Carlos Derpic

El olvido del hombre nuevo

viernes, 03 de enero de 2020 · 00:10

El comunismo fue el sueño de una sociedad igualitaria, sin Estado, sin clases sociales, libre de explotación, opresión e injusticia. Marx lo imaginó como “una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social”. 

  Fue también el sueño de un hombre nuevo. Marx hablaba con admiración de los obreros comunistas, portadores del futuro, en quienes la fraternidad no era una frase vacía. (…) Eran la negación determinada del burgués, al que Marx definió en La cuestión judía. Lenin aseguraba que el comunismo crearía una nueva generación de hombres libres y el Che Guevara afirmaba que la tarea suprema y última de la revolución era crear un hombre nuevo, un hombre comunista, negación dialéctica del individuo de la sociedad capitalista, sistema en el cual el hombre es enemigo del hombre.

El partido o el sindicato o la confederación revolucionarios debían anticipar, con su ejemplo, la sociedad que se quería establecer, y el revolucionario  debía también anticipar, con su ejemplo, el hombre nuevo que gobernaría la nueva sociedad. 

Sin embargo, las cosas no ocurrieron ni ocurren así. Los partidos, sindicatos o confederaciones supuestamente revolucionarias, y los pseudo-revolucionarios  no fueron ni son germen de nada nuevo, sino reiteración y profundización de los males que se critican al capitalismo. 

De ahí por qué, las experiencias del socialismo real  resultaron un tremendo fracaso, que intentó ser “interpretado” por sus ejecutores, como Stalin que justificó los privilegios y ventajas de los dirigentes del partido comunista de la ex-URSS, de las cuales no gozaban sus militantes ni los proletarios.

Ignace Lepp, comunista francés en su juventud y después sacerdote católico, se decepcionó del socialismo cuando acudió, en 1935, a una recepción de los dirigentes comunistas en Odesa (ex-URSS), burguesa en toda la línea y muy distinta de las sencillas reuniones de los obreros. “El caviar, la mantequilla y otros raros manjares eran servidos con profusión, el vodka corría a mares, y ni siquiera los buenos vinos de Crimea y el Cáucaso se escatimaban”, cuenta en De Marx a Cristo. Cuando preguntó por qué los burócratas del partido ganaban 20 o 30 veces más que un obrero, se puso ante sus ojos un discurso de Stalin, en el cual “el padre de los pueblos” condenaba formalmente el igualitarismo como una utopía pequeño burguesa. 

Similar cosa denunció Milovan Djilas, sobre el socialismo en la ex-URSS y en la ex-Yugoslavia. Decía que la propietaria oficial de los medios de producción era la nación, pero la propietaria real era la “nueva clase”, la clase conformada por los dirigentes del partido comunista. 

Esto ocurrió y ocurre también en países en los que no triunfó el socialismo. Los “comunistas” son en realidad, capitalistas, y lo justifican de mil maneras. De este modo, los lujos de Evo Morales, García Linera y varios otros en Bolivia, los de Pablo Iglesias en España y los de los inefables “activistas de derechos humanos” argentinos, que llegaron a nuestro país hace unas semanas, se justifican por su condición de “salvadores” de los pobres, aunque en realidad son una indiscutible muestra de incoherencia y de negación de lo que dicen querer construir. Todos ellos son buenos para   criticar a los capitalistas y mejores para vivir como ellos.

¡Qué lejos están del inspirador del socialismo, Karl Marx, que vivió austeramente y ayudado por su camarada Federico Engels!

 

Carlos Derpic es abogado.

 

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