Luisa Fernanda Siles

«El extravío, la falsa vía y el guía seguro»

sábado, 10 de octubre de 2020 · 00:08

El 20 de octubre de 2019, los bolivianos acudimos a votar, tomado el corazón de incertidumbre, nutríamos la esperanza que, a través del sufragio, recuperaríamos la democracia verdadera, no aquella vacía, tramposa, que no es otra que una fantochada criminal.

Con lapicero propio marqué la papeleta electoral, y con ojos avizores, como queriendo cuidarla, la deposité en el ánfora. Intuía que el fraude llegaría por algún lado. Estaba cantado que el MAS no renunciaría al poder detentado desde hace 14 años. Con la victoria, el jefazo, oleaba y sacramentaba su reelección indefinida a la primera magistratura del país.

Siempre saltó a la vista que el dictador de marras sentía que el destino de nuestra patria le pertenecía como una herencia obligatoria, una deuda impaga. Desde las alturas de su avión privado o de su torre faraónica de la Plaza Murillo, se encargó de ningunear, exiliar y descabezar a cualquier opositor que despuntara. Lo hacía empuñando la absoluta convicción del triunfo, ya fuera por el voto o por el fraude, renunciar a la gloria, al dinero y al poder no entraba en sus planes. ¿Cómo iba a hacerlo si tenía todos los poderes y las arcas del Estado a sus pies y a libre disponibilidad? Después de todo, había erigido una estructura perfecta que lo apuntalaba blindándolo por todos los flancos. Amañar era lo suyo, borrando lo que se le viniera en gana a fuerza de propaganda y acaparamiento de los medios. Apañado por sus correligionarios, torcía las leyes, como si fueran de plastilina. De la misma forma, se pasó por encima un plebiscito, propició masacres, asesinatos y negociados incontables sin ningún resabio de conciencia. Qué fácil es arrasar cuando se es “Yo el Supremo”.

Así Aleksandr Lukashenko gobierna Bielorrusia desde 1994, Putin máximo representante del Partido Comunista de la Federación Rusa a cargo del país desde hace veinte años y podría permanecer hasta 2036. Tampoco es diferente en Cuba, donde al Partido Comunista, martiano y marxista-leninista, no lo mueve nadie desde 1959, ni en Nicaragua donde Daniel Ortega carga con 651 muertos, 518 secuestrados y 853 desaparecidos por la brutal represión a su régimen sandinista afincado por seculo seculorum. China, Venezuela, Vietnam, Irán, Siria, Corea del Norte, Somalia, Libia entre otros, comparten el mismo lastre: la tiranía, y sin miras a liberarse de ella.

Desafortunadamente, 32 países en el mundo sufren las “democracias autoritarias”, que no son otra cosa que absolutismos abyectos en las que un grupo político emplazado en el poder decide imponerse 500 años para cobrarse “viejas deudas” o injusticias sociales. Semejantes joyas antidemocráticas muestran gran expertise en la aniquilación de la independencia de los poderes del Estado, son maestras en el silenciamiento de los medios de comunicación, artistas en las violaciones a los derechos humanos y en las irregularidades electorales más descaradas. Ilegalidades facilitadas por la caja de Pandora que proporciona la apertura de la Carta Magna y sus arreglos -pret à porter- de tal suerte eliminan límites de plazo a la presidencia, reducen porcentajes de votos para acceder a ella con comodidad, refundan y refunden países a su antojo. Modus operandi patentado por el autoritarismo mundial con el fin de mantener secuestrada al 28% de la población global.

A partir de la “victoria electoral” dolosa del Movimiento al Socialismo del 20 de octubre de 2019 y del máximo representante de las seis federaciones de los cocaleros de Bolivia, nuestro país engrosaría la trágica lista de Estados rehenes bajo dictadura. Queda a la vista que el autócrata de Orinoca, sindicado hoy de pedofilia, no nos ahorró ni un ingrediente de la receta dictada por los déspotas castrochavistas.

Nos salvó el hartazgo nacional detonado por el informe de la OEA ante semejante bribonada electoral, la emergencia en la que ingresaron los Comités Cívicos, el Comité Nacional de Defensa de la Democracia y la convocatoria a la resistencia civil a través del paro nacional indefinido acatado por la ciudadanía. Es innegable que sin las “Pititas” ni Camacho y su memorable carta, el apoyo de la Policía, las gestiones de Tuto Quiroga, Carlos Mesa, el verdadero vencedor de las elecciones, Jeanine Añez y el granito de arena puesto por cada uno de los bolivianos, no se hubiera logrado correr a los jerarcas masistas ni a su jefazo.

Hace un año exactamente, miles de ciudadanos, cansados de la ignorancia canjeada por bonos y canchas de fútbol que se disuelven frente a la necesidad oprobiosa de un servicio de salud digno y tantas otras necesidades irresueltas, salieron a las calles clamando democracia. El boliviano se merece entrar en un nuevo milenio creyendo en la justicia, está hasta el copete de la corrupción, el padrinazgo, el nepotismo, el favorecimiento desleal, en el que el Estado es siempre el damnificado ,y por ende, lo somos todos. Pretende un Estado amigo, que vaya de la mano de los trabajadores y emprendedores, un país sin rencores raciales ni de clases en el que la reconciliación, el favorecimiento de los más necesitados sean la primera prioridad; demanda la reversión de todas las hectáreas regaladas a cambio de votos y de las tierras fiscales traficadas como vulgar mercancía, flora y fauna son nuestro más grande caudal para el mañana.

Las elecciones son el ejercicio democrático por antonomasia, un acto de responsabilidad y madurez, el pronunciamiento libre y saludable de un país por un determinado gobernante. Llegamos a los comicios generales con los fantasmas del fraude, la rebelión de octubre pasado, los incendios de nuestros bosques y el contagio del Covid. Expectantes, asistiremos a las urnas detrás de nuestros barbijos, embadurnados de alcohol y rogando a Dios cero ausentismo electoral. Cada voto cuenta, nos decimos con ansiedad renovada.

Como lobo disfrazado de cordero, Luis Arce Catacora, pretende, sin conseguirlo, hacer olvidar las andanadas y mentiras de García Linera, los exabruptos de Quintana, las malignidades de la cejijunta y agriada Gabriela Montaño y del despótico clan azul que se atrinchera en el falso discurso indigenista, de prebenda y complicidad con el narcotráfico y la delincuencia. Parece un sueño habernos quitado de encima el dedo sindicador del cocalero, sus amenazas, mientras negaba el engaño y veía desmoronarse sus antojadizos desvaríos como un castillo de naipes.

Podrá estar la oposición fragmentada, sin embargo, es el soberano quien decide si opta por un gobierno calcado a las tiranías en las que los corruptos – impunes y llenos de rencor- manejan los hilos del poder desde bambalinas, o por una democracia que abra las puertas a nuevos líderes cada que un presidente, cumplido su mandato, se vaya a su casa.

Desde mi niñez tengo la sensación de que nuestra Bolivia está al borde de caer en la hondura más profunda. Por alguna gracia divina siempre se salva. La verdad es que la unión nos preservó de ser absorbidos por el nefasto universo de países sometidos a una dictadura que responde a órdenes e intereses internacionales, y el cual – sino hubiera sido por la insurrección de octubre- sería propietario de nuestro futuro. Es decir, de nuestro no/futuro. Sometimiento vil en el que el opresor destruye la moral del oprimido y lo despoja de sus derechos y libertad más elementales. Horrorosa realidad.

Seremos tan fuertes como unidos estemos y tan débiles como lo divididos que estemos, dijo alguien, lo cierto es que la unidad nos hizo gigantes, ella materializó el milagro, conservarlo es un acto de patriotismo, una herencia para nuestros hijos que no debería convertirse en una cuestión de regionalismo ni un ensayo político. Que quede claro que nos rifamos el destino del país y no nos alcanzará el futuro para lamentarlo si dispersamos el voto.

No me queda duda que en las Elecciones de este 18 de octubre, Bolivia seguirá diciendo NO al narcotráfico, a la delincuencia de los de carteles que gangrena todos los niveles de nuestra sociedad, a la bandera hipócrita del socialismo del siglo XXI que deshonra a los verdaderos desposeídos, los utiliza para su propio enriquecimiento y sed de poder, por esa razón, el candidato que tenga más posibilidad de vencer al ex mandatario huido, tendrá mi voto. Ganar en la primera vuelta con un parlamento balanceado sería lo más saludable para Bolivia.

Creo firmemente que el momento de marcar la papeleta tendremos presente el triunfo de “Las Pititas”, las lágrimas de felicidad vertidas por haber movido lo inamovible y conquistado la libertad. Entonces, solo entonces, nosotros electores, habremos concluido nuestra “Revolución Pitita” y sentado en claro, de una vez por todas, que escogemos la verdadera Democracia.

 
Luisa Fernanda Siles es escritora

 

 


   

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