William Herrera Áñez

La democracia como forma de gobierno

sábado, 10 de octubre de 2020 · 00:09

La democracia ha revolucionado buscando cualificar el ejercicio del poder para garantizar las libertades ciudadanas. Las formas de gobierno se vinculan con las formas que son designadas las autoridades que conducirán el Estado. La democracia entonces es sinónimo de soberanía popular, como fundamento del ejercicio del poder que ejercen los ciudadanos. Esta forma de gobierno significa ausencia de jefes y equivale a autogobierno, a gobierno consentido y no impuesto por una voluntad ajena. 

El consentimiento de los gobernados es la fuente última de legitimación del poder, verificable fehacientemente mediante elecciones limpias, fiables y competitivas. Sin embargo, la democracia no se reduce sólo a la legitimidad de origen o cómo se accede al poder, sino que a esa legitimidad de origen se suma la legitimación de ejercicio, porque la democracia es también una respuesta a la pregunta de “cómo” se gobierna no sólo de “quien” gobierna.  En los Estados socialista o comunista también hay elecciones periódicas, y no son democráticas. 

Los gobernantes siempre deben tener presente que en democracia las formas, los modos, los procedimientos, los ritos, los gestos, las palabras, los mensajes, los silencios, son tan importantes como los contenidos. En general no sólo se debe poner atención al reclamo ciudadano que se moviliza en las calles, sino fundamentalmente se tiene que escuchar a esa inmensa mayoría silenciosa, que se queda en su centro de confort pero que tiene el poder de hacerse escuchar con el voto en las urnas.

A diferencia de los gobiernos autoritarios, que no admiten a los “libres pensantes”, y son incapaces de procesar las demandas de cambio en forma pacífica, la democracia ha sabido renovarse y reinventarse. La democracia política es condición necesaria para construir cualquier otra forma de democracia: social, económica, etc. La libertad de elegir en función de las preferencias personales, es como puede avanzarse hacia la igualdad y la justicia, y cuando se ha invertido la dirección no se ha recuperado nunca la libertad. Lo que cuenta es la libertad aquí y ahora, no la libertad prometida en un futuro paradisiaco, como la que prometieron los marxistas-leninista y los ideólogos del socialismo del siglo XXI.  

  Los países en los que se han alcanzado mejores niveles de calidad democrática, libertad, igualdad, bienestar y prosperidad, son países democráticos. Y cuando se ha abandonado el camino de la tolerancia y la libertad, de la democracia y se ha tomado el camino del totalitarismo, populismo o el fanatismo, la dignidad humana ha sido pisoteada hasta la barbarie como ocurre en Venezuela. 

La democracia asegura los principios de libertad, igualdad y dignidad individual, ya que encarna o comporta en sí mismo la afirmación de ciertos valores sustanciales y universales: quien no crea en la igual dignidad básica de los seres humanos, sin excepción, difícilmente creerá en la democracia; es decir, quien no respeta la dignidad de las personas, no es demócrata ni aceptará las reglas del juego de este sistema.

 A estas alturas, pocos se atreven a discutir seriamente el principio de que el poder último de decisión en materia política corresponde al pueblo en su conjunto, y cuando ya hemos avanzado casi dos décadas del nuevo siglo, la democracia goza de consenso y se ha convertido en una palabra honorable que todos invocan, aunque no la conciban de la misma manera.

 En las elecciones, todas las opiniones valen exactamente lo mismo, todos tienen el mismo poder de decisión; esa igualdad encuentra su más alta expresión en el sufragio universal: un hombre, un voto, con independencia de su preparación, formación o capacidad económica. En todo tiempo y lugar, la democracia significa que el pueblo tiene el legítimo derecho de aceptar o rechazar a las personas que han de gobernarles.

La historia de la democracia está llena de pequeñas miserias humanas, de imperfecciones, de frustraciones, pero la historia del fascismo, del comunismo, del totalitarismo, del populismo, es sencillamente un horror.

 
William Herrera Áñez es jurista y autor de varios libros.

 

 


   

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