Odette Magnet

Derechos humanos, de ríos, mares y pesadillas

lunes, 19 de octubre de 2020 · 00:08

La imagen de Anthony, tendido boca abajo a orillas del río Mapocho, me estremeció. El joven de 16 años participaba en una manifestación cuando fue lanzado al vacío desde el puente Pío Nono. El autor, el carabinero Sebastián Zamora Soto (22 años) fue formalizado por presunto delito de homicidio frustrado, quedando en prisión preventiva por 120 días, mientras dure la investigación.

Anthony quedó con traumatismo encéfalo craneano y sus muñecas fracturadas. Tiempos de represión desatada mientras la autoridad institucional se escuda en el silencio elocuente y la política en la complicidad velada. Un nombre más que se suma a la larga lista de víctimas del abuso policial sistemático y desmedido. Imposible no recordar a Gustavo Gatica, quien quedó ciego durante el llamado estallido social, después que otro carabinero, Claudio Crespo, le reventara los ojos con una ráfaga de perdigones. También en las inmediaciones del Puente de Pío Nono. Ambos viven para contarlo.

Tantos otros no corrieron la misma suerte.

En cuestión de segundos me asalta el recuerdo de esa foto en blanco y negro, que tuve en mis manos tantas veces, de Sergio Verdugo Herrera -padre de la periodista Patricia Verdugo- con sus nietos Diego y Felipe.

Verdugo Herrera fue secuestrado por carabineros el 20 de julio de 1976 desde su hogar de la calle Bucarest 187 y, al día siguiente, murió por las torturas que sufrió (en incontables ocasiones su cabeza fue sumergida en un tambor con agua). El certificado de defunción señala: asfixia por sumersión. Su cuerpo fue trasladado al cuartel de la Dirección de Inteligencia de Carabineros, y desde allí al Mapocho. A la altura del Hotel Sheraton, lo lanzaron al cauce del río, simulando un suicidio.

Han pasado más de 40 años y ahí está el mismo río, el mismo puente. Son cientos los cadáveres que flotan en las aguas del Mapocho en los días y meses posteriores al Golpe. Las gaviotas que levantan el vuelo sin rumbo fijo, qué hacen aquí en este río marrón, sucio, revuelto, que arrastra piedra, lodo y también muertos arrojados durante la noche por los criminales de la dictadura.

El Mapocho, un cementerio improvisado, el barrio feo de los vecinos enmudecidos por el terror, el silencio de los inocentes. Sin embargo, permanece intacta la memoria fresca de aquellos que lo vieron y escucharon todo. Un vertedero que muestra las huellas de la barbarie, el olor penetrante de la putrefacción, la basura que tapa a medias los cadáveres, descompuestos, ultrajados.

Parece increíble que hasta hoya algunos chilenos -refugiados en la negación- no sean capaces de asumir ese pasado reciente. Ciegos, como Gatica.

Los ríos sirven para ocultar a los muertos. También los mares.

Me tropiezo con otra imagen, inevitablemente. Otra foto en blanco y negro: la de mi hermana María Cecilia, socióloga, abrazada a su marido, el médico argentino Guillermo Tamburini, a la orilla de algún mar. Los años felices, antes de que fueran secuestrados desde su departamento de Buenos Aires, en 1976. Ella tenía 27 años; él, 32. Hasta ahora permanecen desaparecidos.

En mis peores pesadillas veo a mi hermana suspendida en el aire, como esas bellas mujeres que parecen flotar en las pinturas de Chagall. De pronto, su cuerpo cae vertiginosamente desde el cielo azul intenso y, como una flecha veloz, se hunde en un mar oscuro, un mar que no reconozco, amenazante, profundo. Entonces despierto, con la respiración entrecortada, como si luchara por mantener mi cabeza fuera del agua. Aterrada.

Muchos prisioneros de la dictadura militar argentina fueron arrojados al Río de la Plata desde los aviones de las fuerzas armadas en los llamados “vuelos de la muerte”. Los testigos recuerdan que los cuerpos mutilados flotaban hacia la costa uruguaya para luego ser incinerados en crematorios de hospitales estatales.

En el delta del río del Paraná sucedió algo parecido. Algunos lugareños vieron cadáveres colgados de árboles, que no habían caído al río. Hubo cuerpos en esas aguas con una frecuencia espeluznante. En ciertos períodos, los vecinos presenciaron vuelos diarios. Principalmente en los primeros años de la dictadura, los de la represión más cruenta y despiadada. Los cadáveres en el Río Bravo (un brazo del delta del Paraná) eran lanzados y enredados en los juncales. Una zona de enormes áreas de pantanos que podían tragarse un cuerpo en segundos. “Recuerdo haber visto cómo helicópteros o aviones lanzaban bultos. Abrían la escotilla y se les veía caer desde el aire”, dijo un hombre de la zona.

Instruidos en la Escuela de las Américas, los militares de Argentina, Chile y Uruguay compartieron las mismas prácticas de exterminio. Una de ellas, arrojar los cuerpos (vivos o muertos) al mar. Unos al Atlántico, otros al Pacífico.

En Chile, el protocolo se repitió de norte a sur con escasas variaciones. Todos los vuelos quedaban registrados. Los prisioneros eran envueltos en sacos paperos, amarrados con alambre, un trozo de riel adosado al cuerpo, sujeto con más alambre, de modo que no pudiesen subir a la superficie. Luego los transportaban en camionetas hasta el lugar donde esperaba el helicóptero. Este despegaba con su carga, enfilaba hacia la costa de la Quinta Región y se internaban mar adentro para soltar su carga, usualmente a la altura de Quintero. A veces, frente a Rocas de Santo Domingo, San Antonio o Tunquén.  En el norte, Caldera, Pisagua.

Según declaraciones judiciales de suboficiales y mecánicos del Comando de Aviación del Ejército (CAE) entre octubre de 1973 y agosto de 1977, al menos 500 cuerpos fueron arrojados al mar desde helicópteros del ejército. En otros vuelos eran aviones de la FACH. Varios declarantes coinciden en que al menos hubo 40 vuelos, entre ocho y quince cuerpos transportados en cada uno.

En Argentina, buena parte de los detenidos estuvieron en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Desde allí fueron trasladados en aviones de la Marina de Guerra y la Prefectura Naval y arrojados con vida al océano Atlántico Sur durante los años 1976 y 1977.

Se hablaba de “el vuelo” y “el traslado”. Algunos de los centros clandestinos de detención fueron situados cerca de los aeródromos de modo de hacer más expedito el macabro plan. A los prisioneros se les decía que serían evacuados a un penal del sur y por ello debían ser vacunados.

Según los organismos de derechos humanos, se calcula entre cuatro a cinco mil víctimas de esta práctica.

Al regresar de los vuelos, los capellanes confortaban a los oficiales que habían participado -varios regresaban visiblemente alterados- por medio de la lectura de citas de los Evangelios sobre la necesaria separación del yuyo del trigal.

Tengo miedo de volver a dormirme y tengo miedo del insomnio. No sé cuál es peor: despierta o dormida, no puedo sacudirme de aquellas imágenes que me persiguen desde hace décadas.

Porque yo sé. Sé que un médico les inyectaba pentotal sódico a los ´prisioneros antes de que subieran a bordo. La dosis era reforzada por una más potente durante el vuelo. Quedaban totalmente sedados, encapuchados y atados de pies y manos. Usualmente se les desvestía desmayados y, cuando el comandante del avión daba la orden, se abría la portezuela y eran arrojados desnudos uno por uno.

Sé que algunos de los cadáveres que volvieron a la costa tenían marcas de haber sido electrificados. En el caso de las mujeres, los restos demostraron que habían sido violadas y torturadas antes de ser lanzadas al mar.  

Sé que a muchos detenidos en la ESMA les cortaban los dedos con una sierra de modo que no fueran identificables por las impresiones digitales.

Sé que algunos muertos permanecieron con sus ropas y cuando el mar los devolvió a la orilla, se encontraron algunas posesiones en los bolsillos de sus vestimentas. La acción del agua salada y la voracidad de los peces los habían desfigurado a casi todos.

Cualquiera de estas noches reanudaré mis pesadillas. Las conozco de memoria. Escucho el golpe seco cuando el cuerpo de mi hermana impacta contra el mar. Tiene la cuenca de los ojos vacíos, está desnuda. Casi puedo tocarla. La miro con la mirada fija, sin poder hacer nada desde mi cama. Entonces ella me da la espalda y desaparece en silencio bajo el agua, en una fracción de segundo, en el momento justo en que yo estiro mi brazo derecho hacia ella y una ola choca contra la roca y la espuma estalla en mil pedazos. Entonces vuelvo a despertar.

Odette Magnet es escritora chilena.

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