Fernando Salazar Paredes 

La democracia tiene un nombre

lunes, 19 de octubre de 2020 · 00:11

La democracia boliviana moderna tiene sus raíces en abril de 1952 cuando un país semi-feudal comienza a transformarse a partir de la decisión de incorporar a la vida nacional a las grandes mayorías postergadas hasta entonces.

Sustantivamente, la Revolución Nacional es la referencia fundamental para el inicio del proceso democrático entendido como la constante aproximación a la participación popular efectiva en el proceso de toma de decisiones. Operativamente, el 9 de abril 1952 es la demostración cierta de cómo la intransigente vocación democrática de un individuo puede viabilizar un proceso de transformaciones de gran alcance.

Por otra parte, la democracia contemporánea tiene, en octubre 1982, un referente esencial. Hay que recordar lo que era el país durante la dictadura. Hasta ese entonces, nunca se había experimentado una conjunción tan oprobiosa de totalitarismo, corrupción y desprecio a los derechos humanos. Fue una larga noche en la que nuestras convicciones democráticas fueron puestas a prueba. 

En medio de esa pesadilla, un hombre, que treinta años antes, fusil en mano, había liderado al pueblo para hacer posible el más importante de proceso de transformaciones del país, nuevamente salta a la palestra, para dirigir, esta vez pacíficamente, el tránsito del autoritarismo a la democracia.

Cuando Hernán Siles Zuazo retornó a Bolivia en 1978, encontró un país atemorizado por años de dictadura represiva. Inmediatamente empezó a articular una estrategia para efectivizar el retorno de la democracia. Tuvieron que pasar más de cuatro largos años para que el objetivo se cumpliera.

La falta de madurez democrática de prácticamente todos los sectores fue el ingrediente retrógra do en el proceso. Ello mismo no permitió una política económica coherente y Siles Zuazo, dentro de su soledad de demócrata, estuvo cercado por la ausencia de mentalidad democrática de propios y extraños.

El proceso tenía que avanzar. Siles, el político, lo sabía. Hizo lo que pocos, en función de gobierno, se atreven: Recortó su mandato para que el proceso continuara. Pudo haberse quedado, como le aconsejaban algunos, y hubiera sumido al país en una mayor crisis. Sin embargo, dio prueba de su vocación democrática deponiendo lo personal en función del interés mayor.

Aún se escuchan referencias negativas al gobierno de Siles. Ellas no ayudan al análisis sereno y objetivo. Con mezquindad se retacea la obra que, en su momento, dio como resultado la iniciación de un proceso democrático de largo alcance, a pesar de todas sus imperfecciones.

Pocos se atreven a resaltar el rol de Siles Zuazo dentro del desarrollo de la democracia. Sin el aporte de don Hernán, no se hubieran dado los gobiernos posteriores, buenos o malos. Y es que, en democracia, como en las matemáticas, todo comienza con el uno, y, luego, viene lo posterior. Lo difícil es empezar y lo generoso es permitir que se llegue al dos y, así, sucesivamente. Siles hizo lo uno y también lo otro.

El país ganaría mucho si los políticos, tan ufanos de una democracia que la consiguieron otros, se ocuparan menos de justificar sus acciones con lo negativo de gobiernos anteriores. Hemos alcanzado cierta madurez como democracia y es preciso continuar por esa senda. Si queremos retroceder, dediquémonos a generalizar denostando indiscriminadamente a pasados gobernantes, a manera de tapar nuestros errores y disimular la mediocridad crónica en la clase gobernante.

Dentro de ese contexto es justo y oportuno reconocer la positiva contribución política de Hernán Siles a la democracia boliviana, porque, en un último análisis, él fue artífice y también la víctima de su insurgencia. Los pueblos se nutren de las obras positivas de sus dirigentes para proyectarlas al futuro. Si no rescatamos lo bueno, tendremos que resignarnos a ser un pueblo sin memoria, lo que equivale a tener muy poca perspectiva como país. Mirémonos en el espejo de la historia y comprobaremos que la vida de este gran hombre fue, nada más ni nada menos, un homenaje indeleble a la democracia. Sigamos su ejemplo para que la democracia perdure.

Han pasado 68 años desde la epopeya que dirigió en abril de 1952 y 38 desde que lideró el retorno a la democracia. Un libro de Alfonso Crespo le confiere el nombre de El Hombre de abril. Muy acertado, aunque amerita modificarlo por uno más preciso: de El Hombre abril y… de octubre. Eso sí, si tuviéramos que descubrir el nombre de la democracia boliviana, éste sería, sin lugar a duda, el de Hernán Siles Zuazo.

Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.

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