Pablo Pizarro Guzmán

Mesa y Morales, enemigos íntimos

lunes, 5 de octubre de 2020 · 00:08

“Soy yo y mis circunstancias”, decía el existencialista Ortega y Gasset. A dicha frase, agregaríamos, y mis relaciones políticas. Idea que se enmarca en el tiempo histórico que les supo ocupar a Carlos Mesa Gisbert (CMG) y Evo Morales Ayma (EMA). Actores claves de la política boliviana contemporánea desde principios del siglo XXI. Ambos protagonizaron, entre encuentros y desencuentros, amores y odios, el destino público del país durante estas dos primeras décadas.

A la vez, son el espejo de un país multilingüe y pluricultural. Diverso en su ascendencias y descendencias. Variopinto. Inequitativo. Desigual, y con serios problemas de convivencia identitaria.   

Carlos Mesa admirador del Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana (1792 – 1865), quien fuera presidente de Bolivia desde 1829 a 1839. Hijo de una familia de la nobleza colonial. Padre español y madre mestiza. Luchó por establecer la Confederación Perú – Boliviana. 

En tanto, Evo Morales, reivindica la figura de Túpac Katari (Julián Apasa 1750 – 1781). Líder de origen aymara que encabezó el levantamiento indígena, buscando la liberación del yugo español. Mantuvo sitiada a La Paz durante tres meses. Fue condenado a morir descuartizado por los caballos (1781).

Por su parte, ambos ex mandatarios, surgen de caminos paralelos, pero bajo el mismo cielo. Evo Morales nació (1959) en un pueblo de Oruro, Isallavi de la comunidad de Orinoca. Fue el quinto de siete hijos. Cuenta en su libro De Orinoca al Palacio Quemado que nació encima de un cuero de oveja y que vivió en una casa sin agua y donde se cocinaba a leña.

Mesa tuvo otra crianza. Nacido en La Paz en el barrio de San Pedro (1953). Estudió en un colegio católico ignaciano. Sus padres intelectuales de la historia del arte fueron quienes lo inspiraron para convertirse en un hombre de letras y dedicarle gran parte de su trayectoria al periodismo. Amante de la historia, el cine y el fútbol. Autor de casi una veintena de libros, director de documentales y fundador de medios de comunicación. En 1994 ganó el premio de periodismo Rey de España. 

Ante estas miradas, ambos líderes son parte de un ciclo político de la historia. Comparten un tiempo y espacio, donde las convergencias y divergencias traslucen por los pasillos del poder. 

Cuando se inicia el nuevo siglo, la política boliviana atravesó por convulsiones sociales que marcaron la clausura de una etapa. Nos referimos a los gobiernos pactados que detentaron el poder desde el retorno a la democracia (1982). Las calles mostraban la emergencia social, demandando sobre todo una nueva constitución política del Estado. Fue entonces, que la figura de Morales tomó cuerpo, como diputado, candidato (2002) y presidente de las federaciones de cocaleros del Chapare. 

Durante ese periodo, Mesa también salta a la arena política, cuando acepta la invitación de Gonzalo Sánchez de Lozada a la vicepresidencia. Gestión que abarcaría tan solo un año (2002 – 2003). Luego, asumiría la presidencia de Bolivia (2003 – 2005). Durante su paso como primer dignatario de Estado sufre la arremetida violenta del líder cocalero, con bloqueos y piquetes de huelga de hambre. Hasta que Morales logra su cometido. Sin alternativas posibles, Mesa dimite, dando paso a un periodo de transición que recae en el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Eduardo Rodriguez Veltzé, quien convoca a elecciones generales (2006). En ese momento, se inicia la historia oficial de los 14 años de poder de Morales.

Ante eso, Mesa retorna a sus faenas profesionales, produce literatura sobre su gestión gubernamental y observa con recelo la construcción de poder absolutorio que venía edificando el masismo, con Evo Morales como mito. La crítica se potencia cuando aprueban la reelección presidencial por dos periodos consecutivos. Por lo cual, el 2014 jura su tercer mandato, pero ahora con la decisión de concentrar y acrecentar su hegemonía.   

Y es ahí, cuando propicia una nueva causa política: la reivindicación marítima ante la Corte Internacional de La Haya. Entonces, ocurre lo inimaginable. Morales convoca a Mesa para que asuma la vocería internacional por la recuperación del mar. Hecho sucedido durante la guerra del Pacífico (1879). Desde ese momento, Mesa vuelve a protagonizar la escena pública. Alcanzando su rating más alto cuando fue entrevistado por la televisión chilena. Mesa, como pez en el agua, supo salir victorioso del interrogatorio, ante la mirada incrédula de los vecinos trasandinos. Ese hito en su carrera lo posiciona para tomar la decisión de llegar una vez más a la silla de Palacio Quemado de La Paz. 

Por su parte, Morales, dispuesto a entronizarse en el poder, lanza el referéndum del 21F (2016), donde el pueblo le dice que no a un cuarto mandato, sin embargo, por artilugios legales “la reelección es un derecho humano”, vuelve a ser candidato para las elecciones del 2019. Al frente competía con Mesa.

El fraude electoral marcó la tónica de las elecciones. “Resulta improbable estadísticamente que Evo Morales haya obtenido el 10% de diferencias para evitar la segunda vuelta”, según informó la OEA. A Mesa la arrebatan la presidencia, porque en segunda vuelta saldría triunfador. El resto de la historia ya la conocemos, con Morales atrincherado en Buenos Aires digitando las revueltas.    

Entramos al 2020 con pandemia y todo. Y otra vez, Bolivia se aproxima a una nueva elección presidencial (18/0). Aunque Evo no figure en la papeleta, se topará con Mesa. La tendencia de las encuestas señalan que sería presidente en el ballotage y el candidato de Evo, Luis Arce acabaría derrotado, o sea el mismísimo Evo Morales.

Ante este contexto, de cercanías y lejanías políticas, que pasará entre estos dos personajes públicos. Al parecer, Mesa estaría dispuesto a darle la estocada final a Morales. Y así, escribir la historia con su puño y letra. 

 Pablo Pizarro Guzmán es periodista y escritor.

 

 


   

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