Fátima López Burgos

Entre fuegos

miércoles, 7 de octubre de 2020 · 00:08

El MAS jugaba con fuego. Aprobaba titulares de tapa en un ministerio, mantenía un grupo de editorialistas a sueldo, compraba medios con préstamos extranjeros y luego sin ruborizarse los transfería a privados. Para cerrar el círculo, los premiaba con publicidad estatal y separatas voluminosas.

El periodismo boliviano fue amordazado por más de una década, los periodistas fueron sustituidos por esbirros de la profesión y devotos del Proceso de cambio que cumplían órdenes y seguían a pie juntillas los lineamientos del partido.

La censura a medios independientes se aplicaba mediante la pauta publicitaria, los periodistas contestatarios tenían precio y se afectaba al medio para lograr su salida, mientras los apadrinados azules recibían jugosos cheques por torcer la verdad.

Los “paraestatales”

El libro Control remoto del periodista Raúl Peñaranda, fue la voz de alerta que permitió conocer que los canales PAT, ATB, FullTV, Abya Yala y el periódico La Razón, formaban parte de los privilegiados medios “paraestatales” controlados desde la Vicepresidencia, además de desentrañar un plan para acosar a la prensa independiente.

Lo que Peñaranda desconocía es que La Razón-Extra y la Red ATB, fueron adquiridos por Bolivia a través de un préstamo venezolano de  16,1 millones de dólares mediante el programa Evo Cumple y que estos medios terminaron en manos privadas del venezolano Carlos Gill y el boliviano Marcelo Hurtado, según un informe de la Unidad de Investigaciones Financieras del Estado (UIF), al que tuvo acceso Brújula Digital.

El periodista, Eduardo Chávez Ballón, con 16 años de trabajo ininterrumpidos en La Razón realiza unas confesiones dignas de inventario:

Revela, por ejemplo, que Carlos Gill, un dentista de profesión, fue presentado como un millonario venezolano con raíces paraguayas; nos regala un episodio que confirma las denuncias de Peñaranda: “Un exjefe, al dejar el cargo, sintió alivio de no tener que reportar los titulares de tapa del periódico al Ministerio de Comunicación para que dé luz verde a su publicación”.

Confiesa además que el periódico lo dirige una fanática de El Chavo del 8 y una entusiasta seguidora de la metafísica popular: “Los que quieran irse, bienvenidos”. Delata que el sistema de trabajo imperante en esa redacción es el CHE-VE-RE: Chequéalo, velo y resolvelo, descontando los ajos y cebollas proferidos por los comandantes de las jefaturas hacia los periodistas.

Tropelías masistas

El masismo despreciaba la prensa libre. Las entrevistas en los medios afines y favorecidos con publicidad estatal abusaban de las entrevistas pactadas, laxas y sin cuestionamientos. La lista de medios azules es larga, pública y tiene nombre y apellido.

Me pregunto: ¿Desde cuándo la entrevista, el género más importante y completo del periodismo, dejó de ser un dialogo respetuoso de ida y vuelta para convertirse en una guillotina para interrogar, nublar la verdad y agredir al entrevistado?

La fórmula del triunfo requiere: maquillaje en exceso, peinado impecable, ropa de temporada y luces como elementos esenciales para la puesta en escena. El apuntador en el oído es el oxígeno que permite permanecer al aire y en vivo a la interrogadora apadrinada, en busca de rating que le permita elevar las tarifas.

El escenario

Un escritorio de utilería forma parte del set que permite marcar distancia entre la “Interrogadora” y sus eventuales invitados situándolos en un plano diferente. La conductora está amaestrada y cumple fielmente el libreto.

El prestidigitador del programa se camufla bajo el sugestivo nombre de productor, en la práctica es el que afila los cuchillos y prepara los dardos envenenados detrás de cámaras. Cuando las cosas se salen de control, mandan a corte y cumplen con los anunciadores, que ahora son pocos.

Participación controlada

El espacio televisivo se muestra democrático y participativo, pero no lo es. Las opiniones reales del público pasan por un filtro y muy pocos ven la luz, los mensajes, de fuentes dudosas, mal redactados y con pésima ortografía invaden “la pantalla táctil”. No se trata de opiniones, son acusaciones, descalificaciones e insultos en contra del entrevistado que además está obligado a responder.

Noche a noche, se transgreden las normas básicas del periodismo y se viola de manera sistemática el Código de Ética. Se descalifica y cuestiona a destacados periodistas que intentan buscar la verdad, además de exigirles, sin rubor, que revelen sus fuentes informativas.

La interrogadora no disimula su agresividad cuando los entrevistados no entran en su juego. El Tribunal de Ética de la Asociación de Periodistas debería intervenir de oficio para frenar este tipo de arbitrariedades que ofenden a la audiencia.

El masismo, durante años, contribuyó al desprestigio del trabajo de la prensa, eliminó la pluralidad, el derecho a réplica y violó la sagrada Columna Sindical; pero más pudieron los colegas contestatarios, quienes, con la verdad en la mano, se llevaron al proceso por delante y lo combatieron desde otras trincheras digitales, echando mano de las herramientas nobles del periodismo.

El poder tiene razones que la prensa no comparte; el periodismo tiene el deber de frenar al poder y limitar los abusos.

Fátima López Burgos es periodista tarijeña.

 

 


   

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