Antonio Saravia

Desigualdad, eficiencia y Piketty: mi respuesta a Juan Antonio Morales y Amparo Ballivián

jueves, 8 de octubre de 2020 · 00:07

Sigue el debate sobre desigualdad. A la conversación con los hermanos Patiño se suman ahora dos economistas que respeto muchísimo, Juan Antonio Morales y Amparo Ballivián, con sendos artículos en Página Siete. Agradezco a todos ellos y a los lectores por dedicarle tiempo e interés a este tema. Es un gusto y un honor seguir la conversación.

Juan Antonio sorprende titulando su artículo “La equidad no está contra la eficiencia.” Y digo que sorprende porque uno de los hechos estilizados más robustos en macroeconomía es precisamente el “trade-off” o conflicto que existe entre estos dos conceptos. Como explico en mis artículos anteriores, en el margen, la generación de mayor equidad o igualdad a través de impuestos, puede comprometer seriamente los incentivos a producir y aumentar el tamaño de la torta. El reconocimiento empírico de este trade-off es más antiguo que el hilo negro, pero su formulación más clara es probablemente la de Arthur Okun en su famoso libro de 1975.

Pero más allá de la validación empírica de este conflicto, lo que es crucial entender es que insistir en la eficiencia, o en incrementar el tamaño de la torta, independientemente de cómo se distribuya, no es un capricho liberal, es la única forma sostenible de reducir la pobreza, que es lo que realmente importa. El ejemplo de Juan Antonio de “jóvenes talentosos que no pueden cosechar los frutos de su talento porque provienen de familias pobres,” que es similar al de Amparo, relatando las vicisitudes de una niña que “nació en una comunidad rural, de familia campesina”; son ejemplos de los perversos efectos de la pobreza, no de la desigualdad. Lo que queremos es que esa niña y esos jóvenes tengan mejores ingresos y más demanda por su talento de forma sostenible. Eso se logra solamente produciendo (incrementando el tamaño de la torta), no sacándole plata (e incentivos) a los que tienen más.

Juan Antonio también pregunta de dónde saco que el libro de Piketty está desprestigiado. Podríamos llenar varias páginas citando lo que se ha escrito en revistas de mucho prestigio, mostrando que las bases teóricas y la estrategia empírica de Piketty están equivocadas. Por ejemplo, Acemoglu y Robinson, en el Journal of Economic Perspectives, expresan su frustración con “las radicales predicciones de Piketty que no se plasman en la realidad, tal como pasó con las de Ricardo y Marx, que también fracasaron en el pasado.” Incluso economistas que se consideran “igualitarios”, como Blume y Durlauf, se muestran “perturbados” porque “Piketty haya socavado el argumento igualitario con argumentos empíricos, analíticos y éticos débiles” (Journal of Political Economy). Por mi parte, sólo mencionaré aquí uno de sus muchos errores. Piketty pone el grito al cielo porque considera que el porcentaje de la torta que se lleva el 1% más rico de Estados Unidos se incrementó súbitamente a mediados de los 80. Pero como muchos autores han mostrado (Reynolds y Winship, por ejemplo), esto se debió simplemente a un cambio en las leyes impositivas que hicieron que muchos ingresos corporativos pasen a ser contados como ingresos personales. Si Piketty hubiera tenido el cuidado de verificarlo, concluiría que el porcentaje de la torta del 1% más rico en Estados Unidos no es 50%, sino algo más cercano al tradicional 35%.

Finalmente, a Juan Antonio le sorprende que yo “esté alineado con las posiciones más conservadoras del Partido Republicano”. Eso me sorprendería a mi mismo. He escrito mucho a favor de mantener las fronteras abiertas, no sólo para comercio sino también para personas, a favor de legalizar las drogas y a favor de frenar el intervencionismo militar de Estados Unidos. Veo muy difícil que con esas credenciales sea del pleno agrado de los republicanos más conservadores.

El artículo de Amparo hace una muy buena distinción entre las desigualdades de resultados y las de oportunidades. Todos estamos de acuerdo en que es un despropósito que el Estado trate de eliminar las primeras, pero muchos (entre ellos, Amparo) piensan que sí se debe tratar de eliminar las segundas.

Es muy tentador estar a favor de la igualdad de oportunidades. Un niño que nace en la pobreza tiene menos oportunidades que otros sin tener culpa alguna. Nuestra primera intuición, por tanto, es corregir esa desigualdad. El problema es que esa corrección nos lleva inevitablemente a corregir también la desigualdad de resultados. Los hijos de Jeff Bezos, por ejemplo, tendrán muchísimas más oportunidades que los míos, y si queremos corregir esa desigualdad tendríamos que cobrarle impuestos a Jeff Bezos y dármelos a mi, para que yo los transfiera de varias formas a mis hijos. Es decir, generar igualdad de oportunidades para los hijos nos lleva inevitablemente a generar igualdad de resultados para los padres. Y dado que mucho de lo que los padres hacen en la vida está destinado a generar mayores oportunidades para sus hijos, redistribuir ese esfuerzo removería mucho de los incentivos que tienen para ser productivos.

Al final del día volvemos a lo mismo. Lo que preocupa a todos en este debate es la pobreza. Y el mejor antídoto contra ella es el crecimiento económico, es decir, el crecimiento de la torta que se produce sostenidamente en un proceso de libre mercado. Como decía en mi artículo anterior, eso no quita que se puedan paliar los efectos de la pobreza en el corto plazo con mallas de seguridad y subsidios a la educación a través de vouchers.

Antonio Saravia es PhD en economía.

 

 


   

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