Erick Fajardo  Pozo

La partida del que no debió ser

miércoles, 11 de noviembre de 2020 · 00:10

Se fue el plebeyo irreverente y desbocado, el ignorante de los protocolos de Estado, el cholo de dudosa fortuna colado sin invitación a la fiesta del selecto Country Club del Potomac; el que tuvo la osadía de desafiar a las súper PAC e imponerse en una interna del partido Republicano sin siquiera ser miembro, y luego sacar de carrera a la predestinada demócrata del continuismo bipartidario en las presidenciales de 2016. 

Finalmente se fue esa broma de presidente que no sabía de qué lado de la reina británica ponerse para la foto. Ese que tuvo la osadía de no sólo romper la “tradición” de venerar a la media cuál transfiguración de “el público americano”, sino además de correr a los empleados de Ted Turner de las conferencias de prensa de la Casa Blanca; el que se atrevió a desafiar la religión de compostura política del refinado círculo capitalino, subvirtiendo a los electores contra la otrora sacrosanta liturgia de las encuestas.

Se fue el desubicado que decidió cancelar el redituable negocio de la élites demócratas de entregarle el control comercial a China, y reemplazar al mecenas y socio pekinés de los Pelosi, los Biden y los Clinton por su amigote ruso Vladimir Putin.

Se fue el indeseable que osó cuestionar la narrativa y el orden de la geopolítica internacional sobre la que estaban programadas décadas de inversiones de esos capitales de Wall Street y la banca que hacen funcionar la maquinaria de sucesión y sostenimiento del orden político en Washington desde hace 50 años.

Se fue pero no veo masas celebrando su partida, ni regocijo en las calles o las redes, con excepción de los notables esfuerzos de la industria del entretenimiento, sus empleados, sus expertos y sus figuras, para producir un clima de “fiesta” en el prolegómeno del retorno a esa “normalidad” quebrada hace cuatro años por este entrometido.

No hay millones posteando “aleluyas”, quizá porque en su gobierno no hubieron mártires americanos ni gloriosas guerras imperiales, ni asesinatos políticos de terrorista alguno de mérito. No “liberó” a ninguna democracia en peligro del yugo de un warlord extremista musulmán, marxista o simplemente odiador de los EEUU, y no escribió su propia apostilla del Libro Azul de la Doctrina Monroe.

Y mientras un mundo que cree conocer América del Norte porque mira CNN o lee el Washington Post le asiste al “uno por ciento con la mitad de la riqueza de los EEUU” en armar el framing del “alivio americano” por la partida de Trump, el rust belt, Florida, Texas y la mitad de cada estado “clave” en las definiciones electorales, lamentan como suyo el final de esa interrupción de cuatro años en una agenda progresista con la que sólo progresaron las costas, mientras se empobrecieron los poco instruidos de los estados mediterráneos.

Trump fue un populista, un maverick, un asistémico, un político rogue, un millonario evasor de impuestos (cuál si hubiera de otro tipo en Estados Unidos o el mundo); un womanizer tan amigo como Bill Clinton del infame Jeffrey Epstein; un bellaco sin filtro ni apego a la corrección política. 

Trump fue eso y más. Sin embargo, lo único que él no fue es precisamente lo que el establishment bipartidista y sus dinastías (léase los Bush y los Pelosi por igual) pretenden hacerle creer al mundo: un accidente, algo que jamás debió ser. 

Trump no fue una casualidad o un percance; no fue un siniestro, sino la opción democrática consistente y sostenida de la mitad más o menos uno de los estadounidenses.

La suya no fue una administración ni más ni menos viciosa o virtuosa que la precedente. Ciertamente fue una disrupción en el orden de las cosas pero con su partida no retornará la añorada “normalidad” de las élites culturales y políticas liberales, porque quebrarla no fue una imposición suya sino un grito de subversión electoral de esa mitad de América que estaba ahí mucho antes, y seguirá estando mucho después de Donald Trump.

 

Erick Fajardo  Pozo es máster en Comunicación Política y Gobernanza por GWU.
 

 

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