Amparo Ballivian

Un sueño alegre

lunes, 16 de noviembre de 2020 · 00:09

“Dormía y soñaba que la vida es alegría”. Así empieza un bello poema de Rabindranath Tagore, un poeta indio, premio Nobel de Literatura en 1913, el primer ganador no europeo de ese premio. ¡Un gran indio!

Yo fui a dormir el 22 de octubre de 2019. Y empecé a soñar. Mi sueño era muy alegre. Soñé que en los días anteriores a esa fecha había salido a las calles, antes y después de la elección de octubre 20 del 2019, para unirme a una multitud de gente que reclamaba respeto a la democracia boliviana. Soñé luego que los resultados de esas elecciones habían tratado de ser robados, sin éxito y que el pueblo boliviano se alzó en una reacción espontánea, sin ningún líder visible, solo hartado del abuso. Soñé que los titanes de la revolución francesa y de la revolución norteamericana nos aplaudían a “los pititas”, ese grupo heterogéneo, sin ideología común, sin afanes ideológicos o regionalistas, sin líder, cuyo único gel aglutinador era decir “basta” a un gobierno autoritario y abusivo. Y defender la democracia en Bolivia.

Soñé después que una mujer, si, una mujer, y beniana -sí, beniana-, totalmente desconocida, increpaba nada menos que al militar de mayor rango del país, exigiéndole, vehemente, que acudiera al pedido de auxilio del Comandante en Jefe de la Policía. Soñé que, a las pocas horas, el Comandante en Jefe de los militares, le hacía caso a esa mujer e iba en auxilio de los policías desbordados. Soñé que Evo Morales renunciaba a la Presidencia de Bolivia antes que se acabara su mandato y huía del país en un avión militar mexicano.

Soñé que asumía la presidencia la beniana antes desconocida y se presentaba como una mujer (¡mujer además!, qué buen sueño) valiente y firme. Mis amigos que viven en el extranjero me escribían diciendo “¿no nos las podrían prestar por un par de semanas?”. 

Pero mi sueño empezó a cambiar. En un giro que cualquier guionista de cina envidiaría, la heroína se declaró candidata a las siguientes elecciones. Y, en otro giro, aún más espectacular, el mundo entero se vio asediado de un virus mortal, desconocido y sumamente agresivo. ¿Qué? Si lo hubiera visto en una película de ciencia ficción hubiera pensado que al guionista se le fue la mano en su imaginación y hubiera cambiado de canal.   

Ahí mi sueño empezó a cambiar en pesadilla. El virus era de a de veras veras. El gobierno de la heroína empezó a repetir los pecados de su antecesor: corrupción y autoritarismo. Aunque sus pecados corruptibles eran moco de pavo comparados con los del gobierno anterior, el comportamiento de los gobernantes era el mismo. Y el virus sorpresivo empezó a conspirar contra cualquier política pública. No había experiencias previas para las mejores políticas públicas en una pandemia de esta magnitud. Ni en Bolivia, ni en ninguna parte del mundo.

Para colmo de males, los líderes anti-azules empezaron a atacarse mutuamente, sin considerar el mal mayor. Al final de mi sueño, el MAS había ganado las elecciones del 2020 con mayoría absoluta. No habría segunda vuelta. Hubo algunas acusaciones desorejadas de fraude, sin evidencias sólidas, que le hicieron más mal que bien a la oposición. “Sore losers”, como dirían los gringos. Entonces, al final de mi pesadilla, el MAS volvía a ser gobierno. Había perdido los dos tercios de mayoría congresal, pero, en una maniobra tan genial como depravada, antes de dar paso al nuevo Congreso, cambiaron las reglas para que los dos tercios no sean necesarios para decisiones importantes, sino la mayoría simple, que las nuevas elecciones les habían concedido.

Desperté de esa pesadilla el 22 de octubre de 2020, un año después de haber empezado a dormir, cuando se empezaron a revelar los resultados de las nuevas elecciones, limpias. Aun no sabía si lo que había pasado era real u onírico. Empecé a leer explicaciones que me hicieron recuerdo a Obama: “en retrospectiva todos tenemos visión 20/20”. Un mes después de despertar, al fin me doy cuenta de que no fue un sueño. Todo fue y es real. Me tomó tiempo digerirlo.

Pero así sigue el poema de Tagore: “Dormía y soñaba que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y me di cuenta que el servicio es alegría.” Yo ya serví mucho a mi país, desde varios trabajos. Pero albergo la esperanza de volver a servirlo. Y ser más alegre aún. 

Amparo Ballivian es doctora en econometría.

 

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