Juan Pablo Guzmán

La decadencia de la verdad

lunes, 23 de noviembre de 2020 · 00:11

La discusión sobre la verdad, como concepto filosófico y como actitud ante los hechos de la vida, comenzó con la humanidad misma, cuando en los fundadores de nuestro planeta germinó la primera duda y, luego, brotó la primera respuesta, a la que siguió otra, diversa. 

La filosofía se encargó, después, de pensar y repensar sobre el significado de la verdad, como acto inspirador de gestas, pasiones y revoluciones que transformaron el planeta, pero también de decisiones triviales en la rutina diaria del ciudadano común, sustentadas en algún grado de certeza.

En el presente pocos conceptos como el de la verdad  generan tanta controversia, alimentada por el vertiginoso crecimiento e influencia de las redes sociales que han convertido la información en un maná infinito de datos, en el que hay que navegar con destreza para identificar a la mentira.

Pero aunque la inquietud y hasta la angustia por la verdad atormentan hoy al mundo, el debate está lejos de ser reciente. Cuando los años cincuenta estaban a punto de expirar, la BBC entrevistó al filósofo inglés Bertrand Russell y, en parte del diálogo  le pidió un consejo para los jóvenes sobre la búsqueda de la verdad. 

“Cuando estudies un tema pregúntate cuáles son los hechos, y cuál es la verdad que los hechos sostienen. Nunca te dejes desviar por lo que deseas creer (…) Observa únicamente cuáles son los hechos”, respondió con voz pausada, pero segura. 

Ante la misma BBC, pero hace pocos días, el expresidente estadounidense Barack Obama  habló de lo que denominó “la decandencia de la verdad” y la asoció con “locas teorías conspirativas”, manejadas con total ligereza por muchos  medios y “turboimpulsadas por las redes sociales”.

Obama encontraba evidencias de la decadencia de la verdad en, por ejemplo, la creencia de millones de estadounidenses de que el presidente electro Joe Biden es socialista, o en la idea de otros millones sobre la pertenencia de la ex primera dama Hillary Clinton a “un culto maléfico que estaba involucrado en bandas de pedófilos”.

¿A quiénes interesa la mentira? En el caso de Estados Unidos, lógicamente al maestro de ella, Donal Trump. ¿En el caso del resto del mundo y en Bolivia? A los primos hermanos de Trump, es decir a quienes saben, íntimamente, que la verdad es un riesgo para sus ambiciones y sus proyectos políticos, por lo que prefieren suprimirla para narrar la realidad bordando una mentira tras otra, hasta tejer una telaraña en la que atrapan a las masas.

“Los súbditos aprenden que la verdad es lo que declara el Estado. La realidad es el dictado del poder político”, reflexiona el politólogo argentino  Juan Russo, para quien “hoy asistimos a la degradación del valor de la verdad y también a un debilitamiento de las democracias”. Nada más cierto.

Bolivia está repleta de mentiras alentadas por intereses que abrazan en su discurso a la democracia, pero la aborrecen íntimamente. La mentira se fabrica en muchos salones herméticos donde los actores políticos toman decisiones, en el teclado de quienes  describen la realidad a su antojo, en la narrativa de algunos medios que repiten consignas, en muchos circuitos de las redes, pero también en la propia conducta del ciudadano que toma por cierto casi todo lo que recibe, sin indagar sobre su origen y veracidad.

La mentira, hoy, es un complejo fenómeno que amenaza silenciosamente el corazón de la democracia. Según el caso (y las urgencias de sus autores) la mentira puede alimentar el odio al otro; convertir al delincuente en héroe, bendecir la corrupción como un “mal menor”, manipular la justicia  y hasta santificar a los demonios. Un pozo en el que, según las palabras de Obama, los “hechos simplemente no importan”.

“Verdad y democracia son parte de la misma sustancia y se fertilizan recíprocamente. El ocaso de una puede implicar el decaimiento de la otra”, advierte Russo.

Una vez más, queda en el ciudadano la responsabilidad de ser actor de una  nueva cruzada, larga y agotadora,  que apunte a identificar a la mentira y a sus autores. No por un fin absolutista de fundar “una” verdad, sino por el derecho democrático a crear una comunidad de iguales en el que uno escuche al otro: un espacio en el que las decisiones surjan del acuerdo o el desacuerdo, pero siempre fundadas en el parto de la lucidez.

El camino contrario sólo conduce a la decadencia de la verdad y de la democracia misma.

Juan Pablo Guzmán es periodista.
 

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