Pablo Pizarro Guzmán

Sanar heridas, desterrar odios

sábado, 7 de noviembre de 2020 · 00:09

El filósofo inglés Thomas Hobbes popularizó la idea “la guerra de todos contra todos”, en latín homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). La capacidad de destruir al prójimo para alcanzar la cima del poder activando acciones de violencia (fácticas) y de miedo (simbólicas) para subvertir al otro. En fin, la depredación de nosotros mismos.

Lo señalado por Hobbes se estaría dando en el seno mismo de nuestras sociedades a través de lo que se ha venido en denominar las grietas, polarizaciones o fragmentaciones.  Estas fracturas, construyen enemigos antes que adversarios políticos, gracias al fogoneo de los líderes políticos, tanto de derecha como de izquierda. 

Las rupturas, o también conceptualizado como clivaje, se manifiesta en los conflictos de clase, religión, etnia y cultura, pero como ventana de intereses partidarios antes que a ideales del bien común.  Socialistas vs. liberales, Estado vs. regiones, izquierda vs. derecha, pro vida vs. pro aborto, a favor de las vacunas y/o en contra, y así se van reproduciendo los asuntos que, por cierto, son históricos, pero dado el impulso de grupos interesados que los plantean como divergentes y no como convergentes.

Estos discursos políticos, en primera facie antagónicos, son nada más ni nada menos que la lucha hegemónica por liderar la narrativa sobre la realidad. O también, la construcción de poder, en tanto su reproducción como fin y no como medio. Como corolario la incomprensión del horizonte y las consecuencias negativas para los pueblos.

En Bolivia, también atravesamos por este fenómeno que enciende las llamas de la violencia. Uno. La crispación de las regiones: la dualidad entre descentralización y centralización. Una tarea inconclusa de los gobernantes de turno, ya que cuando aterrizan en plaza Murillo terminan enamorados de los espejos de palacio y se olvidan de la lucha por su tierra. 

Dos. Conservadores vs. progresistas. Los primeros, desean mantener el estatuto quo, en tanto los segundos intentan, solo desde la retórica, transformar ciertos asuntos públicos. Al final, mandan las formas antes que la sustancia. Se estacionan a medio camino, porque cuando la demanda alcanza las esferas de decisión, sufren el boicot.  

Tres. Campo versus ciudad. Y lo que conlleva respecto a los posicionamientos sociales y culturales. El primero, se convierten en instrumento simbólico de la élite política, porque, al final de cuentas su realidad sigue siendo la misma. En tanto, la ciudad, que contiene a una capa gorda de clase media se mueve como un péndulo buscando escapar del abismo de la pobreza a causa de su precarización. 

A pesar de este panorama, sumada la pandemia del virus chino, solo resta continuar labrando la esperanza por un verdadero y serio encuentro/acuerdo entre bolivianos que sane heridas y destierre los dolores. Porque son más las coincidencias que las diferencias. 

Este ejercicio democrático permitirá alejar a los fanáticos, sin caer en la deshumanización del adversario.
   
Pablo Pizarro Guzmán  es periodista tarijeño.
 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos https://www.paginasiete.bo/contacto/

8
7

Otras Noticias