Rodrigo Ayala Bluske 

La Ivermectina, Hugo Sigman y los médicos provinciales bolivianos

jueves, 10 de diciembre de 2020 · 00:09

Hugo Sigman es el CEO del grupo farmacéutico argentino Insud, entre cuyas acciones se encuentra, por ejemplo, la producción de uno de los componentes de la vacuna que próximamente comercializará AstraZeneca. Sigman dio una extensa entrevista a Infobae, hace una semana más o menos, y refiriéndose en específico a la Ivermectina dijo textualmente: 

“El otro proyecto … es la  Ivermectina, un viejo producto que se usó en sanidad animal. … Ahora, un conjunto de investigadores desarrolló una Ivermectina de calidad humana. Tenemos mucha experiencia en utilizarla en altas dosis.  Realizamos un estudio y vimos que la carga viral baja sustancialmente.  Tenemos una satisfacción muy grande. La investigación se publicó en  preprint er  The Lancet (una de las revistas científicas de mayor prestigio)  hace tres semanas y desde entonces se encuentra en el Top 10 de los artículos presentados… Es muy interesante para el futuro, sobre todo aplicado en pacientes que hayan presentado sus síntomas no más allá de los cinco días”. 

Lo que el equipo patrocinado por Sigman (y varios otros que están realizando investigaciones en Argentina y Chile) está corroborando, tampoco es algo nuevo en Bolivia. La Ivermectina es uno de los productos que durante este año se han utilizado en nuestro país  con mayor éxito, según diversas experiencias observacionales.

Quien comenzó a promocionar el producto con insistencia  fue el médico cruceño Herlan Vaca Diez, gracias a cuyo trabajo fue adoptado por varias entidades públicas. Por su parte la clínica privada Santa Rafaela desarrolló cuatro protocolos para su uso en distintas etapas. Diversos sistemas municipales de salud, como el de Montero, también implementaron su uso, como un elemento central en sus protocolos. Los mismos grupos de voluntarios muy activos durante la pandemia, como “Ángeles Contra el Covid” de Santa Cruz. 

Las experiencias fueron múltiples y en general los informes sobre sus resultados similares a los que menciona Hugo Sigman, en la entrevista señalada: “la carga viral baja sustancialmente… sobre todo aplicado en pacientes que no hayan presentado sus síntomas más allá de los cinco días”. 

Gracias a la labor de los médicos mencionados, y al “boca a boca” que este año funcionó mejor que varias de las políticas oficiales, la Ivermectina se masificó en varias regiones y sectores de Bolivia; pero lo hizo de manera desordenada, sin un apoyo oficial consistente y sin orientación por parte de las instancias pertinentes. 

Este año, junto a la pandemia, a los bolivianos se nos reveló la tragedia de un organismo estatal cabeza de sector inoperante, de universidades donde la investigación es una ausencia ya naturalizada, y de círculos médicos, no todos, pero sí muchos, reacios a la innovación y el cambio. 

Las experiencias observacionales bolivianas sobre la Ivermectina, hechas al calor de la lucha desesperada contra una enfermedad desconocida, nos recuerdan de alguna manera a los combatientes de la Guerra del Chaco, que desplegaban su creatividad en las trincheras, mientras en la retaguardia los generales se ocupaban de poblar las cantinas y hacer distintos negocios (¿nos acordamos del tema de los respiradores españoles?).

La industria argentina, merced a las condiciones con las que cuenta, ha podido hacer lo que a los bolivianos nos está vedado; tomar como base los indicios que presenta la realidad e impulsar un estudio que profundice y valide científicamente esos hallazgos. Pero el problema es que  en Bolivia  no solo las condiciones materiales son más difíciles, sino que no ha existido la voluntad para profundizar, ni ésta  ni otro tipo de iniciativas.

 En estos meses en los que nos debatimos entre la incertidumbre de una segunda oleada y la expectativa por el arribo de alguna(s) de las vacunas, sigo creyendo que la masificación del uso de la Ivermectina puede ser un instrumento útil, si se adopta como parte de las políticas oficiales de salud. 

En todo caso la experiencia, además, debería servirnos para iniciar un debate urgente, que por lo menos nos permita imaginarnos que algún día podremos superar la extrema precariedad en la que nos encontramos. 

Rodrigo Ayala Bluske  es cineasta y antropólogo.

 

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