Wallie Tellería

El encono a la Casa Grande del Pueblo

miércoles, 2 de diciembre de 2020 · 00:09

Ciertos personajes, como Carlos D. Mesa y su vocería, constantemente arremeten con despectivas adjetivaciones contra este edificio de gestión pública, más allá de que su arquitectura no sea del gusto del culto señor descendiente de españoles migrantes. Lo que visiblemente les irrita  es su simbología y significados. Sumidos en oscuros sentimientos no reparan en que su reprensión trae el no reconocimiento a la ciudad de La Paz, Chuquiago, como sede del Gobierno del Estado.

Poco después de la creación de la República, La Paz desarrolla actos  administrativos de alcance nacional, desde aquí se emiten convocatorias, se gobierna y se hace gestión pública nacional y es donde se construye el primer y único Palacio de Gobierno, el Teatro Municipal, escenario de estreno del Himno Nacional, etcétera, y continúa ejerciendo, de hecho, su función de sede del Gobierno de la República, que se consolida en el siglo XX, cuando un presidente chuquisaqueño intentó, vanamente, revertir los hechos.

 Y en el presente, como sede del gobierno plurinacional, La Paz es de hecho y derecho, el centro de acontecimientos y decisiones político-administrativas del país. 

Sin embargo, emerge una sombra de indiferencia a esta realidad urbana. Muy poco los alcaldes se han ocupado de fortalecer la importante función que la naturaleza y la historia le han concedido a esta ciudad y que genera parte de su economía. Ni siquiera se les ocurrió dotarle de espacios para el ejercicio de la máxima función administrativa del país, que deviene de cobijar la gestión de gobierno. Hasta, paradójicamente, le han endilgado condición de inquilino municipal, cuando el  municipio, como institución, se beneficia de la plusvalía urbana de ser la ciudad de La Paz Chuquiago, sede del Gobierno.

Los centros urbanos se deben a sus funciones económicas, base de la construcción y proyección de su hábitat, que requieren infraestructura, redes y macro equipamientos. Esto lo percibe el gobierno plurinacional del siglo XXI, que lanza propuestas de impacto social y económico en los centros urbanos del país. 

La Paz tiene necesidades urgentes que se expresan en varios requerimientos: red de edificios para la administración pública, un mejor aeropuerto, una mejor terminal terrestre, espacios y facilidades a su función de intercambio comercial, un espacio para concentraciones urbanas (ya se destruyó San Francisco).

El erróneo imaginario social de no reconocimiento al rol protagónico de La Paz conduce a una irrelevante discusión e irreverente utilización político-partidaria en torno al nuevo equipamiento de gobierno: la Casa Grande del Pueblo, construida por el indio urbanista para alojar la función urbana de gestión gubernamental, antes encajada en el añejo Palacio del siglo XIX.

Es miope, mezquina y carente de fundamento, la interpelación a la necesidad de una nueva casa de gobierno para que la ciudad sede desarrolle sus funciones. La Casa Grande del Pueblo tampoco es un intento de romper el pasado ni destruir la República ni el patrimonio tangible cultural que representa la ciudad colonial de blancos, vale decir, el centro de La Paz, que mantiene su trazo urbano de tablero de ajedrez, ni tampoco afectar el perfil tipológico de la era republicana, que caracteriza a La Paz. Nada más aberrante.

De hecho, el Estado Plurinacional no anula el concepto de República (cosa del pueblo), que lo menciona varias veces el texto de la Constitución Política del Estado Plurinacional. Se trata de rectificar el lamentable olvido –por decirlo suave– de los fundadores, de 1825, que no incluyeron a actores importantes, las mayorías originarias, cuyos ancestros no son los Pizarro ni los Almagro…

Cambiar el uso del Palacio Quemado, convertirlo en el museo de registro vivo de la dramática historia republicana, respetando sus significados y preservando el patrimonio histórico, no es contradictorio con la nueva estructura que mitiga el impacto de otras que fueron dominantes: varios edificios privados de uso comercial, construidos en los años 60 y 70 bajo el dominio del señor Mercado, que tuvo la sartén y el mango del uso y tenencia del suelo urbano, y el propio edificio del Banco Central, de esa misma época, que sólo simboliza fríamente a la economía y a las finanzas públicas.  

En La Paz, cuya crónica dolencia es la carencia de espacios, lograr tan importante edificio de gobierno en  un pequeño terreno (menos de la cuarta parte del manzano, la otra mitad la ocupa la catedral católica) nos induce a reflexionar sobre dos temas concretos:

 Primero, que la Casa Grande del Pueblo exige un entorno mejorado con un espacio anterior de tributación sobre la calle Potosí para el desahogo del  constreñido lugar, como lo es la propia ciudad, y el merecido y olvidado tratamiento de la plaza Murillo. Y, segundo, si la simbólica dominante que irradia este edificio al conjunto urbano paceño corresponde a su proyección ¿será de otros dos siglos?

Wallie Tellería es arquitecto urbanista de Profesionales Sartañani.

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