Jorge Patiño Sarcinelli

Navidar para olvidar

viernes, 25 de diciembre de 2020 · 06:04

Después de las últimas elecciones, la reputación de nuestros encuestadores está muy venida a menos; y con mucha razón. Ellos no tienen a quién culpar por esa mala imagen más que a su osadía y al empedrado de las inesperadas curvas de la realidad.

A tal punto han llegado el desprestigio y las dudas que ensombrecen dicha profesión, que se discute si se debe exigir acreditación y licencia para su ejercicio o si de plano prescindimos de sus especulaciones y acudimos más bien a los adivinos de antaño.

Los que defienden lo primero argumentan que quien tiene el poder de dar vida a esperanzas debe tener una licencia, como los ginecólogos. Pero éstos nunca hacen nacer falsos bebés y si los padres se hacen sobre ellos falsas ilusiones, no es culpa de los galenos.

Por su lado, los de la corriente “tradicionalista” arguyen que los augures, vates, pitonisas, yatiris, gitanas, oráculos y otros dignos practicantes del arte de presagiar ofrecen un margen de error menor que el de los modernos encuestadores, a un costo muy inferior (aunque sin gráficos, claro).

Veo mérito en ambas posiciones y, mientras las autoridades no se pronuncian, aprovecho el vacío regulatorio para especular sobre el presente, leyendo en mi bola de obsidiana negra, donde sólo se ve lo que se quiere ver.

Para quienes no lo saben, la obsidiana negra “es una piedra protectora que absorbe las energías negativas del entorno, vitaliza el alma, elimina los bloqueos energéticos y estimula el crecimiento, animando a explorar lo desconocido”. Lo desconocido es justo lo que me interesa, así que mi preciosa bola negra me viene de perillas.

La he puesto a prueba y lo primero que me dice mi maravilloso artefacto es que 99 de cada 100 bolivianos creen que estas fiestas serán peores que todas las anteriores. El lector protestará con toda razón, observando que no hay mérito en hacer predicciones sobre el presente. Cierto, pero fíjense que a días de las elecciones, nuestros vates cuantitativos seguían asegurando que el MAS no ganaría en la primera vuelta.

Son unas fiestas atípicas, no hay nada que hacer. Llevamos nueve meses bajo el peso fúnebre de la pandemia, con nuestras vidas patas arriba, muchos de nosotros más solos y aburridos que nunca, yendo al mercado como quien atraviesa un campo minado de trinchera a trinchera, tratando de evitar todo contacto con esos peligrosos semejantes que nunca sabemos si son fatídicos portadores del virus. Por primera vez, quizá desde la Guerra del Chaco, nos sentimos culpables de festejar mientras otros sufren.

Todo esto sabe a una guerra sin pólvora contra el funesto ejército microbiano de la Covid-19; guerra que seguro perderemos, pero en esto somos duchos los bolivianos. No debemos, pues, dejarnos abrumar por las malas experiencias del año ni dejar que los titulares tremendistas nos quiten la alegría de sobrevivir.

Han muerto más de nueve mil bolivianos por el virus, es cierto, pero todos los años parten demasiados seres que quisiéramos que se queden. Si comparamos estos fallecidos con los de todas las otras causas, los de la Covid no llegan a tres en cada mil familias, mientras que por todas las otras causas son 22 en el año. La muerte es un dato de la vida y la vieja tiene muchos disfraces.

Es cierto también que muchas personas se han quedado sin trabajo, sin negocio y sin ingreso, y esto es terrible. Números aparte, debemos sentir cada tragedia ajena como un dolor prójimo. Ya quisiéramos que haya año sin ninguna, pero saber vivir es saber aceptar.

Con todo, estemos contentos de estar vivos, de poder estar con los que podemos estar y de poder alimentar la esperanza de que el próximo año sea mejor que este que termina (peor sería imposible). Carguemos las pilas con el amor que podemos dar y celebremos que haya quien lo quiera recibir y retribuir.

A todos mis lectores y sus seres queridos mis mejores deseos de que puedan dejar atrás las frustraciones del año y que el próximo les toque venturoso. Mi bola de obsidiana me dice que así será y creo que en esto no me va a fallar.

Jorge Patiño es matemático y escritor.

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