Gastón Ledezma Rojas

Tanto va el cántaro a la fuente

sábado, 26 de diciembre de 2020 · 00:09

Es conveniente recordar los principios que estructuralmente apuntalan la génesis del vocablo justicia como irrecusable expresión de garantía de la seguridad y libertad ciudadana en orden al proceso en que se manifiesta la ajenidad del juez a cualquier interés o sometimiento que no sea su independencia e imparcialidad en el resultado del juicio. 

Bajo esta premisa es lamentable reconocer que el esplendor y magnificencia del vocablo justicia está, en nuestro país, en el vórtice de su descrédito y abyección a causa de quienes –con salvadas honrosas excepciones-, juzgadores y coadyuvantes, comprometen la elevada misión que conlleva cada función que ostentan con singular desparpajo. 

La justicia es el equilibrio entre la moral y el derecho con un valor superior al de la ley porque lo justo es siempre moral. El insigne polígrafo José Ingenieros, en una de sus ensalzables obras, Las fuerzas morales decía: “Y es por falta de Justicia que los Estados se convierten en confabulaciones de favoritos y de charlatanes, dispuestos a lucrar de la patria pero incapaces de honrarlas con obras dignas”.

Es cierto que en momentos de crisis es cuando más se habla de justicia. Se vitupera, denigra, recrimina y condena a la justicia. Y, coincidentemente, es entonces que se descubren y revelan todo género de delitos cometidos desde el Estado, con y fuera de él. En medio de esos ilícitos, surgen los que fungen de salvadores e impolutos, autores de salomónicos proyectos, manipulando ”soluciones”, pidiendo la “urgente” reforma judicial, ensayando una nueva farsa de voto popular para magistrados.

Si existe una advertencia, prima facie, es la que se trata de una redundancia, porque como dentro del panorama cultural actual la característica de independiente es connatural a la condición de juez junto a la de imparcialidad procesal. El juez es y no debe dejar de lado su independencia.

No es posible que a título de “independiente e imparciales” dirija sus pasos al latrocinio, que bien se llamaría “rapacidad judicial”.

La independencia del juez no es una abstracción ni una entelequia, sino una realidad ontológica de naturaleza jurídica que se debe estudiar en función del ser. A este efecto surgen algunas preguntas acerca de para qué sirve, ante quién se debe demostrarla y con qué medios o instrumentos se garantiza esa independencia. La respuesta es personal.

Un otro aspecto que también debe primar es el respeto a la independencia del juez cuando éste se declara sin ligaduras con nada ni nadie que pueda ser, en alguna forma, instrumento de presión sobre él. No es esta la independencia que la moral le permite. 

Ahora vivimos entre el eufemismo y el circunloquio. Se habla de “reforma” judicial para dentro de tres años, “mientras tanto iremos pensando cómo se van portando los jueces designados por voto popular”, expresó el Ministro de Justicia. Recuérdese que el mismo ex Presidente del MAS dijo el año 2016 con amargura y desengaño: “Quiero decirles, hermanas y hermanos, que uno de los problemas que tenemos no solamente como Estado, sino como pueblo boliviano, es la justicia boliviana. No sé si es error de la nueva Constitución la forma de elección, lamentablemente no todas y todos están respondiendo a un gran pensamiento o sentimiento de los bolivianos sobre nuestra justicia” (sic. 23.I.2016). Esta reforma constitucional fue el iluminado consejo de su entorno para incorporar el “voto popular” en ella. 

“Entre tanto, el país tendrá que seguir bajo el arbitrio de jueces corruptos, interesados y manipulados”, como bien lo dice la conclusión del editorial de este matutino  en su edición del 18 de este mes.

Y tanto se habla de reforma a la justicia que el cántaro no volvió.

Gastón Ledezma Rojas es abogado  y fue presidente del Ilustre Colegio de Abogados de La Paz.

 

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