Juan Cristóbal Soruco Q. 

Otra columna escrita antes de un hecho y publicada después

lunes, 28 de diciembre de 2020 · 00:11

Este año, además de los hitos que ha tenido y que no olvidaremos, en mi caso ha presentado una característica casual: escribir mi artículo sobre un determinado hecho antes de que éste suceda, sabiendo, además, que será publicado después de que suceda. 

Esto me pasa ahora. Escribo esta columna sobre Navidad el jueves 23, pero se publicará después del 25.  O sea, después de que pase la Noche Buena y la festividad de la Navidad. Gajes del oficio… 

Se argüirá que escribir algo novedoso en esta festividad es muy pretencioso, pues el mensaje navideño, de profunda esperanza, no varía con el correr de los años. Pero, como todo lo que ha sucedido en este año, la Navidad tendrá una especial connotación. De hecho, por la pandemia la misa de gallo que presidirá el Papa Francisco en El Vaticano será celebrada más temprano y sin gente. Y se puede asegurar que buena parte del mundo espera interesada en escuchar su palabra, sin importar si se es católico o no. Es que su mensaje será recibido no sólo como un consuelo en las angustias que estamos pasando, sino que también tendrá ciertas orientaciones sobre cómo actuar en el próximo futuro.

En todo caso, en lo que no puede haber duda es que lo que diga el Papa nace de un proceso de reflexión intenso en El Vaticano. Ahí hay un fraile, hoy convertido en cardenal, Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, que ha dado tres “predicaciones” ante la curia, y con la presencia del Papa.

Antes de abordar el tema de la Navidad, se ha referido al contexto signado por la pandemia, señalando que “nuestra meditación hoy sobre la eternidad ciertamente no nos exime de experimentar con todos los demás habitantes de la tierra la dureza de la prueba que estamos experimentando; sin embargo, al menos debería ayudarnos a los creyentes a no sentirnos abrumados por ella y a ser capaces de infundir valor y esperanza incluso en aquellos que no tienen el consuelo de la fe”. 

Y en cuanto a la Navidad nos dice que “el amor crea dependencia respecto de la persona amada, una dependencia que no humilla, pero que hace feliz” idea que sustenta que dos frases recurrentes en la Iglesia como son “Dios es amor” y “Dios es humildad”, son “como dos caras de la misma moneda”. Para agregar, luego que la “Navidad es la fiesta de la humildad de Dios. Para celebrarla con espíritu y verdad debemos hacernos pequeños, como debemos abajarnos para entrar por la estrecha puerta que introduce en la basílica de la Natividad en Belén”.

Y es probable que el Papa utilice estas reflexiones en sus homilías navideñas (la misa de gallo y la del 25 de diciembre). Pero, más allá de lo que diga el Papa en las dos misas, es posible presumir que creyentes y no creyentes necesitamos en estos tiempos palabras de consuelo y esperanza. Más aún cuando en muchas regiones del planeta una serie de gobernantes y líderes siguen mirando su ombligo sin percatarse (salvo cuando se trata de encontrar adherentes o más poder) de las angustias que la gente pasa y la falta de impulsos para superar los problemas más acuciantes que se están enfrentando.

De una u otra manera, y como han señalado muchos analistas, el mundo está sufriendo dos pandemias devastadoras: la del coronavirus y la de una crisis de liderazgo mundial que pone en vilo nuestra existencia planetaria (pensar en lo que está haciendo y deshaciendo Donald Trump en Estados Unidos es suficiente para temblar, como seguramente lo hicieron nuestros antepasados en los 30 y 40 del siglo pasado por la emergencia de Hitler).

De ahí que muchos esperamos que el mensaje del Papa refuerce nuestros sentimientos de comunión y solidaridad, que en sí simboliza la Navidad, que nos permitan renovar la esperanza en que la humanidad, como lo ha hecho a lo largo de la historia, sea capaz de avanzar más que de retroceder.

Ese es mi deseo navideño, escrito antes de la Noche Buena y que ustedes leerán después de la festividad…

Juan Cristóbal Soruco Q.  es periodista.

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