Sonia Montaño Virreira

Del festín a la sobriedad, hacia un buen país

domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:10

Estamos saliendo de un festín de 14 años en el que han participado además de los prófugos exgobernantes,  organismos internacionales, algunos  de derechos humanos y  financieros; los aliados del actual Gobierno de transición (soyeros y agroindustriales) con toda su comparsa, abrazados de la dirigencia sindical, social, y de  una “intelectualidad”  alimentada desde la vicepresidencia del Lineras, aliada a entidades como la Clacso y el Foro de Sao Paulo. 

Esto muestra la mala conciencia de los partidarios de Morales, a quienes éste les sirvió en bandeja el relato del indígena  discriminado, mientras se fortalecía una nueva élite que no es ni indígena ni discriminada y cuyas fechorías son el pan de cada día. Paciencia y buen humor, ya nadie los convencerá.

Una de las características del populismo, de derecha e izquierda, es que detrás del concepto de pueblo se hacen invisibles las virtudes individuales  de quienes constituyen ese colectivo. Sólo vemos al “pueblo enfermo” y sus  inmerecidos dirigentes que son los protagonistas de errores,  escándalos y  delitos; mientras las personas dignas y respetables no ocupan la primera plana. 

Otro rasgo es el que supone que todos los políticos son iguales, ignorando los aportes de muchos; o, finalmente, el argumento  más cínico escuchado en  los últimos días: “Basta de recordar los últimos 14 años, no seamos superficiales y miremos lo que ocurre hoy”, implorando en tono fariseico la necesidad de “comenzar a ser buenos”.

Y es que esa manera de pensar, extendida en nuestra sociedad, se sustenta en los rasgos profundos incubados a lo largo de nuestra abigarrada historia y llevada a nivel constitucional con Evo Morales. 

Los individuos ya no cuentan, los derechos individuales tampoco. La política se parece más a un Carnaval constituido por comparsas, unas menos comparsas que  otras, pero cuya ley no es otra que la voluntad del jefe. Cierto es también que hay unos jefes  “menos mejores” que otros. El populismo en Bolivia se ha sofisticado introduciendo la noción de identidad como concepto ordenador de las relaciones sociales. Como dice la Constitución: “La nación boliviana está conformada por la totalidad de las bolivianas y los bolivianos, las naciones y pueblos indígena originario campesinos, y las comunidades interculturales y afrobolivianas que en conjunto constituyen el pueblo boliviano”. O sea, los individuos somos la nada misma.

En ese escenario de descomposición social e intelectual, la revuelta popular que tuvo en jóvenes y mujeres a sus principales protagonistas, que defendió el voto y expulsó a Morales, fue aprovechada por una derecha gelatinosa que pudo pescar en río revuelto, en el momento del vacío de poder causado por el MAS. 

La llamada Revolución de las pititas fue, durante 21 días, la reserva moral del país, la expresión de una fuerza rebelde y democrática que, sin embargo, como ocurre con muchos colectivos sociales, no tenía un proyecto de poder.

Así, entre gallos y medianoche, nos enteramos que un funcionario de Entel se fue a Miami, después de robar. Se piensa ¿estará hablando de Coca, el anterior gerente de la  “sociedad anónima nacionalizada” que convirtió a la empresa de telecomunicaciones en la caja chica del  anterior gobierno? Pero no, estamos hablando de Montes, el último gerente,  ahijado de Camacho, que estuvo 89 días y la convirtió en su monedero ante la mirada perpleja de los ministros y de la Presidenta, que ya en campaña debate si se cayó porque el api estaba caliente o estaba frío. 

Seguimos sumando feminicidios cuyos perpetradores también son defendidos por el amigo de Camacho y vivimos embriagados con los hallazgos  de corrupción, incautaciones de droga, interminables enriquecimientos ilícitos y la cabeza levantada de las exmasistas que, sin rubor alguno, se declaran inocentes y piden respeto a la ley. 

Robar es robar, robarle al Estado es robarle al Estado, pero los abusos de poder son inaceptables, vengan de donde vengan. Esto no impide que los reclamos de los anteriores gobernantes nos repugnen y que la reproducción de sus delitos por los actuales nos indignen. Por suerte, aún se respira aire fresco en el lugar que fue  el centro de operaciones del monumental fraude: el Tribunal Electoral presidido por Salvador Romero, cuyo profesionalismo y sobriedad debiera servir de ejemplo a buena parte de la dirigencia política empañada por los padrinazgos y las maniobras antidemocráticas. 

Sí, hay un Salvador, con certeza que hay muchos más y para ellos debemos construir un buen país.

Sonia Montaño Virreira es socióloga, miembro del Colectivo Mujeres por la Democracia.

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