Carlos Derpic

Hubo un tiempo

viernes, 21 de febrero de 2020 · 00:09

Hubo un tiempo en que los partidos encarnaban ideologías. Sus militantes se adherían a principios y programas, no cambiaban de camiseta y luchaban por llegar al poder y poner en práctica lo que pensaban. 

Hace casi 50 años, dos enemigos irreconciliables, MNR y FSB, se aliaron al dictador Banzer, para echar del poder a Juan José Torres. Dos días después del golpe, perseguidos y perseguidores, torturados y torturadores, bailaban de la mano en Plaza Murillo.

Los partidos de izquierda resistieron militantemente a la dictadura, sin transfugios, salvo excepciones, como un exmirista apodado  Crápula, que en Europa se volvió comunista, negó ayuda a otros miristas que la necesitaban, y volvió a ser mirista.

Centenares de militantes fueron fieles a sus partidos y entregaron tiempo, profesión, bienestar, felicidad y su vida, a la causa. El proyecto personal no se concebía al margen del proyecto político.

En 1978, uno de los partidos comunistas se alió al MNR; un partido marxista olvidó el marxismo para llegar al poder. En 1989, año de la caída del muro de Berlín, el MIR Nueva Mayoría cruzó los ríos de sangre que lo separaban de ADN y ambos conformaron el “Acuerdo Patriótico” para llegar al poder. El transfugio se convirtió en moneda cotidiana, los rojos se destiñeron y se volvieran rosados, otros rojos añadieron el blanco y el negro a su estandarte. La política volvió un festival multicolor y multisigno.

El fundador de la Unión de Campesinos Pobres (Ucapo – “El poder nace del fusil”) fue candidato a vicepresidente del ex - dictador de la operación “Cóndor”; varios del puño en alto, pasaron a levantar el dedo pulgar derecho; los partidarios del vodka, se volvieron fanáticos de la cerveza; los disciplinados lectores de Marx, se convirtieron en hinchas del folklorista y presentador de TV.

Años después llegaron los azules, portando la más grande esperanza de los excluidos para mejorar su situación y ser protagonistas de su historia y de la historia de este país. El puño izquierdo en alto y la mano derecha tocando el corazón fueron el símbolo, sin embargo, de una de las mayores frustraciones de la historia nacional. El afán de poder, la corrupción y el matonaje se impusieron a la construcción de una nueva sociedad y un nuevo Estado. Los azules cooptaron las organizaciones populares y destrozaron desde el Estado toda expresión sindical y popular, y toda disidencia; incorporaron a sus filas a los que antes pateaban indios …, todo para construir un esquema que creyeron eterno. 14 años después, cayeron, pero dejaron tremenda huella de sus barbaridades.

Ahora, a la caída del tirano, los dueños de partidos o de siglas, se ofrecen a candidatos ávidos de poder; cívicos dejan el civismo que usaron para fines personales; una mujer carismática, se enamora pronto del poder y cede a las presiones de sus conmilitones; un historiador cree que puede prescindir de las organizaciones populares y dirigir las cosas en medio de su círculo íntimo; un alcalde, sin rubor, se suelta de la mano a la que se aferraba (en el pasado había estado sujeto a otra) y se amarra a la de una mujer que rápidamente le hace saber que el honor de ser su vicepresidente no será posible. 

Camaleones a la orden del día, inexistencia de programas, aspiraciones personales y de grupo se justifican a nombre de la unidad y la patria. Grupos fascistas, alentados por fachos regresados al país, espantan a la gente de pollera. La lucha de las pititas traicionada por inescrupulosos dirigentes políticos. El quilombo en su máximo esplendor. Es el legado de lo ocurrido en 1971, en 1979, en 1989 y en los 14 años de masismo.

 

Carlos Derpic es abogado.

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