Verónica Ormachea Gutiérrez

14 años de resistir a Evo Morales

viernes, 28 de febrero de 2020 · 00:11

Cuando Evo Morales ganó las elecciones de 2005, los bolivianos y el mundo quedamos asombrados. Por primera vez un indígena ganaba la elección de forma legítima con el 53% de los votos.

Fue un hecho histórico. El mundo lo abrazó y lo vio como un Mandela  o un mesías salido de la pobreza que tomaba el poder para mitigar las diferencias sociales y económicas en un país donde la mayoría de sus habitantes son indígenas.

Se reeditó el populismo de Getulio Vargas en Brasil y de Domingo Perón en  Argentina.

Hugo Chávez implementó el Socialismo del Siglo XXI apadrinado por Cuba, del que fue parte Morales. La izquierda nostálgica había logrado su objetivo.

Su gobierno se desarrolló en un contexto excepcional. Implementó el modelo económico extractivista y los precios, principalmente del gas, se fueron al cielo y los ingresos fiscales se multiplicaron.

Era una danza de millones. El Gobierno aprovechó la bonanza a pesar de que no diversificó las exportaciones para realizar transformaciones estructurales de fondo, ni aplicó políticas públicas en favor de los marginados.

El poder lo obnubiló. Cometió el error de seguir siendo presidente de las seis federaciones cocaleras del Chapare y permitió el aumento de cultivos de coca. También hizo la vista gorda al contrabando, al mercado informal y empezó a gastar el dinero de los bolivianos como nuevo rico, como si fuera suyo.

Obtuvo mayoría parlamentaria y cambió las leyes a su favor. Quitó la independencia de los poderes Judicial y Electoral. Empezó a perseguir a las voces disidentes, atacar a sus adversarios, coartar la libertad de prensa y a enjuiciar a sus opositores sin verdadero justificativo.

Muchos oponentes se autoexiliaron por temor a los juicios. Jóvenes que habían estudiado en el exterior se quedaron allí porque sólo los masistas eran empleados en el Estado. Fuimos testigos de una generación perdida.

A esto se sumó la corrupción desmedida y hoy se han iniciado procesos a los masistas y muchos están siendo detenidos.

Sólo un ejemplo. Gastó siete millones de dólares en la construcción del Museo Orinoca en el lugar donde nació, que hace culto a su imagen, en vez de invertir esa suma en su pueblo, ubicado en medio de la nada, que carecía de luz, agua y servicios básicos.

Otro acto de egocentrismo fue cuando mandó a hacer bustos con su imagen y los colocó en plazas, al estilo Hussein y Stalin. También mandó a construir la “Casa del Pueblo” y otros edificios innecesarios en lugar de hacer hospitales y colegios. A esto su sumó la compra de aviones y se hizo cientos de otros gastos absurdos.

Aquel carismático pastor de llamas sin instrucción, que apenas hablaba español, desvaneció aquellos deseos de hacer una Bolivia incluyente y plural, y todo acabó en retórica.

¿En que quedó lo fundamental que es el acceso a la salud, la educación, servicios básicos y sacar a la mayoría de la pobreza y el marginamiento?

La oposición temerosa y sin liderazgo quedó inerte ante la dictadura. La ira de bolivianos, sin embargo, creció a pasos agigantados.

Todo estalló el 21 de febrero de  2016, cuando Evo convocó a un referendo para su reelección (que además era ilegal) y lo perdió. Éste, sin embargo, se presentó a las elecciones de octubre pasado e hizo un fraude monumental que fue comprobado por la OEA y éstas se anularon.

Aquello indignó a los bolivianos y toda la rabia contenida de 14 años fue expresada de forma espontánea cuando los bolivianos salimos a las calles a protestar de forma pacífica durante 21 días, a lo que se llamó “Las Pititas”.

El movimiento fue encabezado por la nueva generación de jóvenes -que no habían conocido a otro presidente- y las mujeres. Fue tan genuino que dio resultados. Morales se sintió tan acorralado que terminó renunciando y huyendo. Fue la sociedad civil la que lo hizo caer y no un golpe, como sigue afirmando.

Hubo una sucesión constitucional, y hoy contamos con una presidenta legítima, Jeanine Añez, que ha convocado a nuevas elecciones presidenciales para el 3 de mayo próximo. Después de la dictadura, recuperamos la democracia y la libertad.

 

Verónica Ormachea Gutiérrez es periodista y escritora.
 

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