Javier Torres-Goitia T.

El totalitarismo, sus secuelas y los desafíos de la libertad

sábado, 29 de febrero de 2020 · 00:11

 La democracia participativa y la educación masiva de la población se complementan. Una requiere de la otra y viceversa, pero no en círculo vicioso. Paolo Freire, desde el Brasil, Luis Ramiro Beltrán, meritorio compatriota nuestro, han mostrado que la educación dialogal no necesita de aulas y recursos costosos. La conquista de la libertad abre caminos para que la gente aprenda a trabajar trabajando y a pensar pensando. El gran aporte de Amartya Sen es mostrar que el desarrollo conflictivo ha sido superado por el pacífico y coordinado. El desarrollo como expansión de las libertades muestra caminos novedosos que no podemos ignorar.

 Esta verdad, corroborada por una práctica nacional, la vivimos cuando el país derrotó a la dictadura en 1982. Una política de salud democrática y participativa con los médicos Piaas y los comités populares de salud alcanzó logros indiscutidos y bien conocidos.

Los médicos Piaas recibieron una capacitación intensiva de apenas un mes y los comités populares de salud se organizaron por decisión propia cuando aprendieron que la salud es un derecho a conquistar y no se mendiga ni se compra. No fue difícil descubrir que mucho de lo que entonces se necesitaba para disminuir las muertes evitables estaba al alcance de la población organizada e informada. 

Poco a poco, en pleno andar, el pueblo fue aprendiendo lo que podía hacer y nos enseñó lo que necesitábamos saber. De este modo, sin costo alguno, sin protocolos sofisticados, todos fuimos asimilando lo que la práctica cotidiana, la vida misma, nos enseñó más que cualquier libro.

 Estas claras realidades fueron tergiversadas por la cúpula semianalfabeta del masismo sometida al populismo internacional chavista, con cuya ayuda conquistó el poder, especulando con la pobreza secular de un pueblo que todavía no alcanzaba a valorar las virtudes de la Ley de Participación Popular ni del SUMI, que hasta hoy son los cambios más profundos y claramente promotores del desarrollo y la salud.

 Como todo populismo empezó ofreciendo paraísos en la tierra que nunca llegaron. Los comités populares fueron reemplazados por los movimientos sociales dogmáticos y alienados. El culto a la personalidad y a un partido único convirtió la sociedad en un presidio donde sus habitantes fueron víctimas de una inversión total de los valores humanos: el odio étnico contra el no indio fue consagrado como dignidad, la corrupción como reivindicación de los “originarios” contra los k’aras.

El narcotráfico como defensa contra el imperialismo norteamericano, la lucha política fue convertida en cruel enfrentamiento a matar o morir, sin conciliación posible. La intimidación estatal acumulada provocó, simultáneamente, la sumisión envilecida y brotes de violencia intrafamiliar con las mujeres y los niños como sus víctimas inocentes. 

 Los feminicidios e infanticidios, incrementados desproporcionadamente durante el régimen totalitario, cuyos coletazos persisten, son una patética muestra de esta situación, lamentablemente no exclusiva del masismo. La sociedad entera se hace violenta, la política se deshumaniza, la guerra sucia aleja a los ciudadanos que se estiman y no aceptan embarrarse en tales lides, pero este puritanismo aun siendo honesto es suicida.

Peca por omisión y al abstenerse abre una vía ancha para el retorno de la opresión, el engaño y la mentira, ambiente en el cual es difícil competir porque hay gente cuyas mayores ventajas están en el barro. Como los batracios, de él viven, en él crecen y es ahí donde encuentran su alimento.

 Pero no todos son narcos o delincuentes. Hace años surgieron los “pensantes”, ahora los “conciliadores” y la gente humilde puede ser fácilmente engañada, pero  es menos corruptible. Gómez Vela, con gran acierto, señala los tres elementos que mantienen la cohesión masista: La identidad indígena, el sentimiento nacional popular y la condición de clase marginada.  (Página Siete. 23-02-2020). 

Sin contaminación populista, ninguno es defecto, ni se supera con la violencia. La sanción a las élites corruptas es imprescindible, pero también es indispensable acercarse a los marginados con beneficios reales, políticas responsables claras que, sin engaños, abran caminos para superar la pobreza. Cuanto más mentirosa y envilecedora fue la política del “Evo Cumple”, más necesaria es ahora la solidaridad sincera con los engañados y una política de participación social genuina, con bienestar, justicia y libertad para todos.

  
Javier Torres-Goitia T. fue ministro de Salud.

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