Pedro Portugal Mollinedo

La derecha de la izquierda y viceversa

sábado, 29 de febrero de 2020 · 00:09

Ser de derecha o de izquierda parece evidente… cuando nos referimos al otro. Pero, definirlas es complicado por la controversia que genera. Es sabido que esos términos tienen fecha y lugar de nacimiento. Un día de septiembre de 1789, en la Francia sacudida por la Revolución, los radicales se sentaron -seguramente por pura casualidad- a la izquierda del presidente de la Asamblea. Quienes defendían al Rey llegaron luego y tuvieron que sentarse a la derecha. Esa es la anécdota. Pero, sin duda, esas sensibilidades existieron antes de que los calificativos fuesen inventados.

Se trata, creo yo, de enfoques sobre la naturaleza y los derechos de los individuos en la sociedad y de actitudes cuando se trata de gobernar. Esa dicotomía es tan vieja como la misma humanidad. La izquierda tiene vocación de igualdad y su referencia es la colectividad. La derecha alude más a la individualidad, minimiza la equidad en provecho del progreso que “los mejores dotados” acarrean para el grupo y, especialmente, para ellos mismos.

Sin embargo, las realidades sociales y sus conceptos no son estacionarios en el tiempo, sino que varían históricamente. Nuestra época está todavía marcada por el sentido que a esa dicotomía dio el análisis marxista. De ahí que el colapso del Socialismo Real, a fines del siglo XX, haya agudizado la dislocación entre ideología y gestión entre sus adherentes.

El análisis marxista presenta como irreconciliable el antagonismo derecha-izquierda y -al teorizar sobre el sentido de la historia- predijo el inexorable colapso del capitalismo y el triunfo del comunismo. La realidad contradijo esa visión. 

Ese enfoque muestra al capitalismo intrínsecamente perverso y al socialismo, básicamente virtuoso, lo que es valoración moral y para nada verificación objetiva. Los países del socialismo real se esforzaron obsesivamente por eliminar cualquier tipo de capitalismo. Mientras este -cuyo nacimiento estuvo sellado con las peores manifestaciones de injusticia, explotación y expoliación-, para asegurar sobrevivencia y crecimiento, no tuvo escrúpulos en asimilar lo que originalmente eran reivindicaciones de la izquierda: derechos sociales, mejoras salariales y materiales para sus proletarios.

El más notable país comunista que escapa a la alergia al capitalismo es China y quizás ello explique su sobrevivencia y su éxito. Con justicia hay que señalar que el comunista Viet Nam -único país que venció militarmente a Estados Unidos- a principios de los años 90 abrazó ya la economía de mercado.

Ese pragmatismo no tiene parangón con la práctica de los partidos de izquierda en países donde el capitalismo es el sistema dominante. Allí se da un desequilibrio entre la obligación de administrar el capitalismo y la fidelidad con su discurso, remanente de la ideología de la época de la Guerra Fría, esperando zafarse al adoptar como si fuese característica privativa de la izquierda los “nuevos derechos” que son, precisamente, fruto material y exigencia ideológica del triunfante liberalismo capitalista, como lo refleja el eslogan de algunas feministas: “Es mi cuerpo, yo decido”. 

Ello provoca la cómica situación en la que los socialistas del Primer Mundo se desahogan y alivian la presión de sus bases electorales, apoyando míticos gobiernos revolucionarios del Tercer Mundo, prestando a esas caricaturas virtudes que solo existen en el vacío de su propio existencialismo.

¿Es la dicotomía derecha-izquierda solo un factor cultural, que se manifiesta diferentemente según de qué sociedad se trate? El ayllu precolombino parece haber permitido la expresión individual y sus consecuencias materiales en un marco institucional comunitario. Quizás por ello sus descendientes son especialmente enigmáticos, como en El Alto, donde el individualismo económico se conjuga con una irrefrenable adhesión a las formas políticas llamadas de izquierda.

Optar la derecha o la izquierda no implica eliminar al otro. Sí, definir opciones.  Aquello que Miguel Hernández expresaba en uno de sus conocidos poemas: “Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién?, ¿quién levantó los olivos? No los levantó la nada, ni el dinero ni el señor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor”.

Pedro Portugal Mollinedo es autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia y actual director del periódico digital Pukara.

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