José Gabriel Espinoza Yañez

Inconsistencias y desequilibrios que debemos dejar atrás

jueves, 06 de febrero de 2020 · 00:09

La principal función del Banco Central de Bolivia (BCB) es determinar y ejecutar la política monetaria, mientras que el principal objetivo es mantener el poder adquisitivo de la moneda. En palabras simples, esto significa que el BCB es el que se encarga de determinar cuánto dinero va a haber en la economía.

La tarea no es simple, ya que mucho dinero en una economía, cuando el aparato productivo y comercial no es capaz de responder de manera efectiva al incremento de la demanda, puede llevar a procesos inflacionarios y presiones para la devaluación.

En cambio, poco dinero en manos de los agentes económicos resulta en un enfriamiento de la economía, las actividades empiezan a frenarse y dado que el dinero se vuelve un bien escaso, las tasas de interés también empiezan a subir, por lo que la inversión se vuelve más cara y se dificulta el crecimiento.

Si vemos lo que ha sucedido en Bolivia, a grandes rasgos, en los últimos 14 años hemos tenido dos periodos claramente marcados en cuanto a la política monetaria. El primero de ellos, entre 2006 y 2014 (con algunos momentos de excepción), en los que los ingresos eran altos y crecían de una manera más acelerada que lo que lo hacía el gasto (público y privado).

En este escenario el BCB debía recurrir a una política monetaria contractiva; es decir, retirar dinero de la economía para evitar que este exceso de dinero lleve a un incremento de precios y, por lo tanto, a procesos inflacionarios. Como buena parte de los ingresos venían por exportaciones de gas, minerales y granos, también se pudo acumular Reservas Internacionales Netas (RIN).

Sin embargo, todo este escenario cambia desde 2014, cuando los ingresos ya no sólo dejan de crecer, sino que empiezan a ser cada vez menores; mientras que los gastos seguían creciendo (en particular los del sector público). En este contexto, la política monetaria debía responder a dos problemas serios: el primero tiene que ver con la falta de liquidez en la economía y el segundo con las expectativas, cada vez más altas, respecto a una devaluación.

Ahora bien, en un contexto como éste, viniendo de más de ocho años de haber constituido reservas y recursos necesarios como para inyectar liquidez a la economía, se podía pensar que el BCB tenía la potencia de fuego necesaria como para responder a esta situación. De hecho, las respuestas desde el BCB se ajustaban a la receta clásica (inyectar liquidez para dinamizar la economía); sin embargo, la actividad se desaceleró, la tasas de interés se incrementaron y los niveles de precios han estado muy por debajo de lo esperado (así como la inflación alta es mala, una cifra muy baja de inflación, en un contexto de crecimiento bajo, también es un problema).

Entonces ¿qué pasó? Pues la respuesta es simple: el mal manejo de la política fiscal y la dominancia que ejercía el Ministerio de Economía sobre la política monetaria.

La historia es la siguiente: cada vez que el BCB inyectaba liquidez a la economía a través de diversos canales, el ministerio, que no había dejado de incrementar su gasto, salía al mercado a captar esos recursos. Para hacer esto ofrecía bonos y letras a tasas de interés cada vez más altas, por lo que al mismo tiempo que absorbía la escasa liquidez del mercado, dejaba señalizadas tasas de interés más altas en el sistema financiero. La consecuencia: crédito cada vez más caro para el aparato productivo, con movimiento económico cada vez menor.

Al mismo tiempo, la anterior administración usaba estos recursos para seguir impulsando el programa de inversiones del Estado, que en gran medida dependen de bienes y servicios importados, por lo que la política de inversión, más allá de generar crecimiento, hacía crecer las importaciones y por lo tanto la caída de las RIN, generando mayores temores de una devaluación.

A esto hay que agregar un hecho mucho más preocupante: las autoridades anteriores nunca estuvieron dispuestas a corregir el origen del problema, porque el origen era su propia política. Más al contrario, era evidente que se iba sostener el gasto público a cualquier costo, y ese costo no era otra cosa que generar los desequilibrios macroeconómicos que se vinieron generando desde 2014.

En retrospectiva, quienes criticaban la política monetaria expansiva por sus escasos efectos erraron en el diagnóstico, ya que no era un problema de la política monetaria, aunque la crítica era acertada. En cambio, quienes estaban a favor de la intervención del BCB para generar crecimiento obviaron la inconsistencia de la política económica que se impulsaba desde el Ministerio de Economía, además de exigirle una función que no debe tener.

 Por eso la meta primaria de la actual política económica es eliminar esas inconsistencias a partir del diseño de la política económica que apunta a dar señales claras y eficientes sobre el manejo de la economía, lo que no es otra cosa que mantener coherencia entre las acciones y los discursos, tanto del Ministerio de Economía como del BCB.

José Gabriel Espinoza Yañez es economista, director del BCB.

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