Javier Torres-Goitia T.

Política, salud y desarrollo

sábado, 14 de marzo de 2020 · 01:10

 La salud nunca ha sido considerada como problema de Estado en el sentido que le dan los sociólogos a los asuntos que reclaman atención prioritaria en una política determinada. En octubre de 1996 tuvimos la oportunidad de reunir en Bolivia, en la ciudad de Santa Cruz, la Primera Conferencia Panamericana de Médicos Parlamentaros que adoptó como lema “Salud como cuestión de Estado”. Fue el primer intento panamericano de combinar el saber médico con la actividad política para defender la importancia de la salud en el desarrollo económico y social de los Estados. 

Los excelentes trabajos presentados y el rico debate sirvieron para enriquecer el contenido humano de la política en general, pero como todo comienzo tuvo diferentes proyecciones, según las circunstancias de cada uno de los países.

 Bolivia ahora está a un paso de ser el primero de los países que introduzca oficialmente el concepto de que la salud es una cuestión de Estado y que aplique tal principio a su práctica democrática para responder a las agudas necesidades de su población. Más allá de los cambios cosméticos para mejorar el rendimiento de los servicios, está en condiciones de ratificar que precisamente por su menor grado de desarrollo puede generar cambios estructurales innovadores de gran aliento para superar su retraso y jerarquizar la importancia del cuidado de la salud. 

 Un estudio del doctor Rolando Costa señala que el promedio de vida de  la gestión de un ministro de Salud en nuestro país no llega a un año de duración, como promedio. Notoriamente, las pocas gestiones prolongadas son las más eficaces y los periodos más cortos, los menos productivos. 

 Casi todas las fuerzas políticas consideran la salud como la simple ausencia de enfermedad y no reconocen la capacidad productiva del ser humano mayor cuanto mejor desarrolle su potencial genético y perfeccione su calidad de vida. El capital humano al que se refiere el Banco Mundial, que más propiamente es la capacidad humana, rinde más que cualquier otra inversión de capital creado.

Tal como muestra Amartya Sen, el ser humano es el agente productor más importante y simultáneamente el destinatario natural del desarrollo.

 En los casi 14 años de oscurantismo que no acabamos de superar se llegó al extremo inaudito de la desvaloración de la salud. Depreciación que lamentablemente no se produjo solamente por el desmantelamiento de los centros de salud, sino en convertir la atención médica en instrumento de propaganda política, que culminó con la oferta electoral del Sistema Único de Salud, que pasará a la historia como la mayor mentira y el engaño inmisericorde a la gente más pobre que se ilusionó con su creación.

 Se degradó tanto el concepto mismo de la defensa de la salud que ahora mismo estamos sufriendo las consecuencias de la desorientación con el pánico exagerado que está provocando el coronavirus y la serie de especulaciones comerciales, y también electorales, por la inevitable difusión de una enfermedad de baja letalidad, cuya prevención no requiere de equipos costosos ni hospitales, sino de educación y honestidad política. 

El peor daño a la salud es utilizar la enfermedad para ganar votos o dinero irresponsablemente con alarmas que más que ayudar a la solución del problema lo agravan.   

 Ahora hay la posibilidad de mostrar que un Gobierno de transición no es de inacción, sino, al contrario, de valiente y activa construcción de la democracia. Parar en seco las pretensiones desestabilizadoras del MAS demanda la unidad nacional y el fortalecimiento de políticas sociales solidarias. Un buen comienzo fue fortalecer la gestión en salud incrementando significativamente su presupuesto. 

Pero tal aumento anunciado por la Jefa del Estado requiere garantizar su eficiencia. Para ello  una innovación que puede ser histórica está a punto de concretarse con la creación por el Ministerio de Salud de un sistema boliviano autónomo de la política contingente, de carácter estatal, con una gestión compartida y concurrente de todos los recursos humanos y materiales  existentes en el país, adecuadamente potenciados e integrados, con activa participación social en todas sus fases de ejecución, profundamente enraizada en la aspiración colectiva de vivir mejor, transparentemente manejada con un solo objetivo: promover la salud y el bienestar de toda la población, con discriminación positiva hacia los más necesitados.

 

Javier Torres-Goitia T. fue ministro de Salud.

 

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