Sonia Montaño Virreira

La culpa es del empedrado

domingo, 15 de marzo de 2020 · 00:11

La llegada del  coronavirus ha puesto en evidencia muchos de los rasgos que nos caracterizan como sociedad. Nos movemos entre la incredulidad y el pánico, el egoísmo y la solidaridad, el oportunismo y la serenidad, aunque a momentos algunas características se mezclan de tal modo que sus efectos pueden ser mortales.

Nada de lo que estamos  (vi)viendo es completamente nuevo, pero hoy  no podemos mirar a un costado. Por un lado, como lo señala Luis Gonzáles Reyes, en El Salto diario, “La infección comenzó en el mundo urbano. En uno de sus territorios de mayor desarrollo y, desde ahí, se está expandiendo a sus equivalentes marcando casi a la perfección cuales son las venas por las que corre la globalización”.

El mundo financiero y “los mercados”, como se autodenominan los dueños del capital, ya están preparando acciones de salvataje a la crisis que se avecina, tal como lo hicieron en 2008, con costos inevitables para la gente. 

En nuestro país constatamos lo que ya sabíamos: que el sistema de salud no está preparado ni para el virus, el dengue, el cáncer, ni nada que evoque la muerte. Aunque la educación no se mida, queda claro que seguimos siendo un país de  semianalfabetos, incapaces de entender los mensajes de cuidado y precaución, que de manera cotidiana nos envían  autoridades y expertos.

Si nos dicen lavarse las manos, nos lavamos sólo las palmas y olvidamos las uñas; es probable que los demás hábitos de higiene se mantengan, y ocurra como con el  taxista, que escuchó que había que llevar barbijo y tenía uno colgando del espejo retrovisor.

El virus  nos ha brindado también la oportunidad para que los candidatos puedan evitar mitines costosos e inútiles, lo que, como ya se  venía venir, no influirá drásticamente en los resultados electorales.  En el mundo del miedo nada como una palabra de fe. No me extraña que en ese contexto sean los candidatos fundamentalistas los más beneficiados, pues si bien todos apelan a las emociones, los religiosos la tienen más fácil y les bastará con volver a sacar la Biblia para recordar que todo esto ya estaba escrito.

Excelente oportunidad para fortalecer la fe en el más allá, mientras en el más aquí nos agarramos a trompadas. 

Una buena parte de la gente no cree, aunque lo vea, y la otra, furiosa, se ha dedicado a hacer lo de siempre: acción directa de masas al borde del vandalismo.

Gente que no quiere que “sus” hospitales acojan enfermos, es la misma que arriesga su vida trepando por las paredes de una escuela para “rescatar” a sus niños y que esperan milagros del Estado. Personas que se sienten discriminadas, y ayer marcharon contra el racismo, hoy exigen que se cierre el aeropuerto para prohibir el ingreso de extranjeros.

Personas que exigen reconocimiento a sus derechos, son las primeras en pisotear los ajenos. La pandemia es la luz que ilumina nuestras  maldades  multiplicadas por la ausencia de instituciones. 

El pedido de que un hospital no admita sospechosos de virus, el rechazo a acoger a una mujer en cuatro hospitales y las riñas entre clientes de farmacias por un frasco de alcohol  son la expresión del me da la gana como única forma de actuar. 

Los excesos de los que somos testigos, en realidad son parte de la forma cotidiana  de resolver problemas por las buenas o las malas. Acostumbrados a desconfiar de los políticos  y las autoridades, preferimos colgarnos, crucificarnos, tomando drásticas medidas y, como siempre, amenazar con ir  hasta las últimas consecuencias. No sabemos cómo convivir sin empujar al prójimo y menos reconociendo la autoridad superior.

En el marco de una globalización que muestra sus límites, el pánico de los mercados y la crisis del sistema político, el coronavirus nos está brindando la oportunidad para una catarsis colectiva, en la que podemos autodestruirnos, echándole la culpa al empedrado.

Sonia Montaño Virreira es socióloga, miembro  del Colectivo  Mujeres por la Democracia.

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