Pablo Ivankovich Ortler

La promesa que mantiene despierta a Italia

miércoles, 18 de marzo de 2020 · 00:09

Forli, 16 de marzo de 2020. En medio de la Emilia Romana, Forli es una ciudad cercana a Bolonia, de más de cien mil habitantesi y hogar de uno de los campus de la universidad más antigua de occidente. Acá me encuentro estudiando, en el corazón de la segunda región más rica de Italia y la segunda más afectada por el coronavirus, detrás de Lombardía. Hace tres semanas que las clases son íntegramente en línea y hace exactamente una semana nos encontramos atrapados en la cuarentena de extensión nacional que el gobierno ha impuesto con la esperanza de contener el virus y darle oxígeno a un sistema de salud colapsado.

La vida en tiempos de cuarentena es difícil de aceptar y comprender. La soledad se hace inevitable y uno empieza a comprender la necesidad que tenemos del contacto, por fugaz que sea, con el otro. En este sentido, las seis de la tarde se ha convertido en un momento emblemático para todos los que estamos acá. Es el momento en el que los vecinos de todas las ciudades y pueblos del país comienzan, primero de manera tímida, a poner canciones clásicas de la cultura italiana que corean. 

Nos encontramos con los vecinos para preguntarnos cómo estamos, si necesitamos algo y a recordarnos que mañana nos volveremos a encontrar: “¡A domani!”… Y regresan al interior de sus casas y el ritual continúa con la revisión del informe diario de la Protección Civil Italiana, por Angelo Borrelli. 

Estar encerrado, y de forma forzosa, es particularmente difícil, pero ha resaltado el  espíritu italiano de saber que juntos es posible y más llevadero. Como dijo alguna vez Borges, nadie es la patria, pero todos lo somos. Se ha difundido así la esperanza de que estará todo bien, como reza el eslogan impulsado por el gobierno. En los monumentos, como Porta Schiavonia en Forli, se ha dejado escrito el mensaje “Estará todo bien”. Queda implícito que la frase cuelga sobre estructuras  que se erigieron ante el ascenso del imperio romano, que vieron pasar todas las pestes y plagas que golpearon Europa, y mañana volverán a ver a la ciudad levantarse detrás del virus, que presenta el desafío más grande desde la posguerra.

Es claro que cada uno sobrelleva estos momentos como mejor puede. Mi novia y yo, confinados juntos, hemos recurrido a las cartas, juego que no jugábamos desde que éramos niños, y a  consumir series, a una razón de una cada tres días. La música también es una gran compañera, no sólo por cómo nos une a todos bajo una sola bandera, a las seis de la tarde, sino también por cómo hace más llevadera la espera. 

Así podemos sentir a media mañana a una familia vecina de origen chino cantar canciones de cuna de la región de Sichuan a su pequeño bebé para darle momentos de normalidad,  o nosotros cantando a viva voz Tusa o la música latina que más nos acerque a otros momentos más normales.

Las calles también han adoptado una postura heroica, inimaginable para cualquiera que entienda Italia sólo por los estereotipos. A diferencia de otros ejemplos que vemos con temor de España, Francia, Bolivia, Argentina o Perú, la gente ha adoptado con orgullo el desafío de permanecer en casa y de no salir por el bien de todos.

Para hacerlo, el gobierno ha publicado un certificado de declaración jurada con todos los datos personales y la justificación para romper la cuarentena, que la Policía no duda en solicitar cuando ve gente por las calles.

Nosotros salimos dos veces por semana para hacer las compras, un momento que se ha convertido en el más ansiado de la semana. Cuando lo hacemos, encontramos los supermercados llenos, sin productos que falten, y nos hacen comprender el compromiso de los italianos con sus compatriotas de asegurar el bienestar general. 

En el camino de ida y vuelta vemos cómo las calles de esta ciudad, de más de mil años, han cedido su propiedad al silencio y a la esperanza, que se manifiesta en las banderas que flamean de las ventanas. La gente nos ve caminando y sale  a gritarnos que nos quedemos en casa; después de la aclaración de salida por compras, nos piden cuidarnos.

El desafío es grande, pero la cuarentena es el camino que todos los expertos insisten como la forma más efectiva, no para detener el virus, pero sí para separarlo en el tiempo, de forma tal que los hospitales y trabajadores de la salud no agoten sus capacidades, y aseguremos salvar la mayor cantidad de vidas posibles. 

Hablar con mis abuelos es un bálsamo en estos momentos de incertidumbre; miran con esperanza el verano para volver a encontrarnos y nos recuerdan la promesa que nos lleva a cumplir con tanta determinación este encierro: volveremos a abrazarnos.


Pablo Ivankovich Ortler es un boliviano que radica en Forli, Italia.

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