Lupe Andrade

No toques, no abraces, no acaricies, no beses...

miércoles, 18 de marzo de 2020 · 00:10

No, amigos lectores, esta no es una columna amargada, no es una diatriba contra el cariño, es una queja al infinito por la crueldad emocional que viene incorporada en las restricciones del coronavirus (aunque no tan letal como el dengue, con el cual convivimos sin alharacas en todo el oriente boliviano).  No solamente puede enfermarte, y si te enferma podría matarte; eso no es lo más difícil.  Lo difícil es cambiar toda nuestra convivencia habitual, porque, nosotros los bolivianos, somos abrazadores natos, cariñosos, besuqueadores irredentos, enamorados irreverentes.  Somos aficionados a andar en grupos, clubes, asociaciones, gremios y amigables pandillas, y esta plaga nos prohíbe lo que más nos gusta: estar juntos, apretados, hombro contra hombro, como en el fútbol; uno pegado al otro en las fiestas.  

Somos seres eminentemente sociales, “pertenecedores”. Yo conozco a quienes pertenecen (simultáneamente) a la asociación de barrio, a su asociación profesional (Colegio de Abogados, Sociedad de Ingenieros Civiles, etcétera), su club deportivo preferido, al sindicato de trabajadores de su oficio,  la junta vecinal; a su grupo musical, su pasanaku, la asociación de padres de familia del colegio de sus hijos, a la sociedad protectora de animales; a los Amigos de la Ciudad; a la comunidad de derechos humanos, a la fundación de su elección (hay muchas, como Sartawi, por ejemplo), a su centro comunitario, al voluntariado del hospital, a su cofradía o parroquia, y, aún así, se dan tiempo para estar con la familia y amigos. 

Yo misma soy emotiva, demostrativa, criollísima en mis aficiones; me gusta abrazar a mis hijos, besar a mis nietos hasta el cansancio, estar pegadita a la familia extendida, y compartir de cerca con los amigos, en casa tanto como en locales públicos.  ¿Cómo lo hacemos? No sé, pero somos gregarios, solidarios; tenemos el afán de pertenecer y sentirnos respaldados.

  Recuerdo, hace bastantes años, haber recibido una comunicación oficial de la Asociación de Refresqueras de la esquina calle Colón y Mercado.  El memorial portaba siete sellos distintos (de dos colores), cinco firmas y sello seco.  Quedé atónita.  Averiguadas las cosas, eran nueve o diez mujeres miembros formales de la asociación, inscritas en la municipalidad, quienes, con fuerza y orgullo, insistían en ser reconocidas en su derecho a vender refrescos en esa dicha esquina: ellas y nadie más. 

Esto es parte de nuestro carácter nacional y citadino.  Ahora, tenemos que ser prudentes, sin cambiar nuestra visión de vida.  En La Paz, cualquier alcalde sabe esto, lo toma en serio, y lo menciono solamente para lamentar que el coronavirus vaya así, flagrantemente en contra de nuestras fibras íntimas sociales además de familiares.  Pero es por eso, porque en el fondo somos disciplinados, que obedeceremos todas las reglas, haciendo que la plaga de marras no progrese mucho en nuestra bella La Paz.  

La altura no le agradará al virus, la fuerte irradiación ultravioleta -el mejor desinfectante de la naturaleza-  no lo dejará expandirse en objetos ni sobrevivir en el escaso aire. Se irá, y volveremos a respirar el aire más puro de América.  

El coronavirus, que desaparecerá o pasará, como pasaron tantas otras calamidades en la historia (pestes, plagas o guerras encarnizadas) siendo terrible, no es lo peor que ha enfrentado la humanidad.  Este virus pasará, con costos emocionales, altos costos económicos y sociales, pero no acabará con nosotros. 

Es una plaga espantosa, por supuesto, sobre todo porque es nueva, y lo desconocido nos atemoriza, pero, como dice el refrán: “Guerra avisada no mata moros”.  El mundo se enteró desde su inicio. Se encontrará la vacuna o los medicamentos apropiados. Estamos a tiempo para tomar medidas paliativas y disminuir su impacto.  La medicina, cuando venza este nuevo reto, habrá avanzado también.  

Luego del embate, los esfuerzos de reconstrucción darán un nuevo empuje al trabajo social y económico, y el mundo, incluyendo a Bolivia, seguirá su curso, quizás con mejor ciencia, con algo más de consciencia y algo más de impulso para defender lo valioso de nuestra vida boliviana, variada, difícil, pero sin hogueras o trincheras.  

Unidos para defendernos, disciplinados para obedecer las normas,  compasivos para los que sufren y previsores para asegurar un mañana mejor luego de la tormenta, debemos también pensar en el 3 de mayo: ¿iremos a votar con barbijo? Sí, y con desinfectante de manos y una plegaria en la boca, porque allí también se definirá nuestro futuro.
 
Lupe Andrade es periodista.

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