Luis F. Sánchez G.

El dragón acaba de curarse

viernes, 20 de marzo de 2020 · 00:10

Nunca más válida que ahora la metáfora: Cuando China estornuda, el mundo corre riesgo de pulmonía. Tenía que ser el dragón chino quien primero solucione el problema surgido de sus entrañas, después de saltar de una ciudad a todo su entorno provincial y antes de volverse incontrolable, por su masificación en el resto del país. 

Otra magna solución a un gigantesco problema, en el otrora celeste imperio. El mismo que construyera hace milenios una Gran Muralla de 9.000 kilómetros de largo, para sortear el peligro de las invasiones mongolas. Mortal amenaza para el país entonces, en parte y salvando distancias, costos y esfuerzo, similar peligro al actual coronavirus.

Fue, sin duda, descomunal la reciente operación de defensa civil para proteger a China de una epidemia en vías de tornarse incontrolable. Aislamiento de toda una provincia, Hubei, aparte del epicentro citadino de Wuhan. Más de 50 millones de personas encerradas en drástica cuarentena, sometidas disciplinadamente a un régimen temporal de restricción de todos y los más elementales derechos. Régimen en el que los sistemas  legal, económico y social se supeditaron por completo al concepto de seguridad nacional. Obvio, la salud pública de 1.500 millones de personas dependía de aislar por completo a una buena porción de sus ciudadanos. 

¿El esfuerzo?... Como se ha dicho: enorme. Como el país, su población (la mayor del mundo) y todo lo referente a China, pero un esfuerzo grandemente facilitado por el régimen político imperante allí. No fue la hazaña del tipo científico, no señor; tampoco de índole cultural, por buenos hábitos. Que mucho de ambos factores hubo, claro que sí, pero no fueron la clave del éxito, sino su actual organización política. 

No debiera sorprender el aserto este, porque se basa en una razón fácilmente entendible: mega/medidas oportunas como las tomadas, resultarían imposibles sin mecanismos de decisión política simplificados por no requerir de debates parlamentarios o deliberaciones y consultas con otros poderes del Estado. Ni siquiera con prensa libre o medios sociales de comunicación (internet) sin censurar. Lo que en ciencia política tiene un nombre: dictadura. Porque eso es el régimen chino: dictadura vitalicia; es decir, totalitarismo político/militar, coexistente con libre mercado en lo económico/social. Un perfecto “encholado” ideológico, rentable en lo económico y exitoso en lo político… como consta a todos. 

No hace falta probarlo. Basta con hacer volar la imaginación… ¿Se imaginan al presidente Trump declarando de motu proprio, por ejemplo, al estado de Michigan con sus casi 10 millones de habitantes en cuarentena total, sin previo y encendido debate en las cámaras de representantes y senadores?... ¿Qué diría la prensa, abanderada de la opinión pública?, ¿y los derechos humanos?,  ¿y sus opositores demócratas?... Imposible es hoy día adoptar ese tipo de medidas en democracia sin una previa, larga, difícil y fatigosa tramitación legal. Todo ante el acoso de la prensa, escudriñadora e indiscreta. 

He ahí la vulnerabilidad de los sistemas liberales. La razón por la que en Italia cundió tan rápido el contagio y posiblemente ocurra en otros países europeos, como España y Alemania, pese a los dos meses de prevención habidos desde el surgimiento del fenómeno viral. 

No, amable lector, no vaya a pensar que estoy sosteniendo que las dictaduras sean mejores que las democracias. Sólo manifiesto que en circunstancias de grave amenaza, como una guerra, o riesgo de catástrofe, como el fenómeno de marras, las democracias debieran hacer funcionar adecuadamente los denominados Estados de excepción: sitio, emergencia, guerra, convulsión, desastre, etcétera. Éstos son temporales y están considerados en todas las constituciones, incluyendo la nuestra, aunque muchas veces no se cumplan por ser ineficaces en su aplicación.

¿Y por qué esto en Bolivia? ¿Desidia o ignorancia?... Nones. La causa es la inexistencia de una ley/macro que norme en detalle todo el quehacer del Estado, instituciones y ciudadanos en los asuntos que importan a la seguridad integral.

La necesidad de una ley de seguridad y defensa impone su tratamiento y promulgación urgentes. En ella se definirá, puntualmente, el rol de defensa civil ante los riesgos de catástrofes naturales: sequías, incendios forestales, inundaciones, terremotos y, en este caso, epidemias que no puedan ser controladas sólo por el Ministerio de Salud y precisan del concurso militar.

 No es a la cabeza de “comités interinstitucionales” o “comisiones especiales” que deben afrontarse. Éstas funcionan mal, sólo sirven para conferencias de prensa y “hacer teatro” con los protagonistas. Además de ello, el planeamiento y organización para enfrentar riesgos y amenazas debe hacerse antes, no durante o, peor, después de su ocurrencia. Se evitará así el cómico papel de cerrar la puerta del corral cuando el lobo ya entró y se está comiendo las ovejas.
 
Luis F. Sánchez G.,
el autor, es general de la República (SP), analista e historiador.
 

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