Fernando Salazar Paredes

Otro 23 de marzo sin acceso al mar…

lunes, 23 de marzo de 2020 · 08:17

Han pasado 141 años desde el 23 de marzo de 1879; 116 años de la suscripción del Tratado de 1904; 100 años desde la demanda presentada ante la Liga de las Naciones; 70 años de las notas reversales Ostria Gutiérrez; 58 años de la primera ruptura de relaciones; 47 años de la Declaración de Charaña; 41 años de la Resolución de la OEA de 1979; 37 años de la Resolución de la OEA que Chile acompañó; 33 años del la negociación del enfoque fresco; 14 años de la Agenda de los Trece Puntos y casi dos años del fiasco de La Haya.

En todo ese tiempo no nos hemos acercado ni un centímetro al Pacífico.  Salvo en los últimos 14 años, se actuó en función de los altos intereses de la patria y tuvimos negociadores de gran valía. En el gobierno del señor Morales la política exterior fue ideologizada y el tema marítimo fue utilizado para fines de política interna, confiándola, además, a ignaros en el arte de la negociación.

Chile siempre manejó una política de Estado basada en que los tratados se cumplen, por lo que no existen asuntos pendientes. Bolivia tuvo un comportamiento asentado en ciertas premisas que, con el pasar del tiempo, probaron ser inconducentes a nuestro objetivo de retornar al Pacífico.

No sé si razonadamente o, más bien, emocionalmente, se ha actuado dentro de una suerte de estrategia del todo o nada. Pretendemos no solamente una salida al mar, pero ésta debe ser libre, soberana, útil y con conexión territorial. Planteamos siempre el todo y hasta ahora hemos conseguido el nada.

Considerábamos que la ruptura de relaciones iba a ser el instrumento para “forzar” a Chile a negociar. Ha pasado más de medio siglo y ese instrumento ha probado ser inútil para nuestros fines, pero muy cómodo para Chile, que lo esgrime para obviar hablar temas políticos.

Se optó por la vía de la constitucionalización y judicialización de la demanda.  Nos pusimos un chaleco de fuerza en la Constitución y en la Corte de La Haya nos derrotaron desastrosamente.

Omnipresente estuvo una perniciosa emotividad que a momentos se tornaba en una hostilidad impropia de un ambiente de acercamiento, como el que se requiere para tener buenas relaciones con un vecino con el que se pretende negociar.

En este estado de recogimiento forzado en el que nos encontramos, tal vez sea el momento propicio para meditar, reflexionar y preguntarnos: ¿no estaremos equivocados en nuestro accionar…?

¿No sería apropiado y oportuno evaluar la estrategia del todo o nada que en más de cien años no han dado los resultados que buscábamos? Quién sabe si adoptáramos una estrategia gradualista, con soluciones intermedias o suboptimas, avancemos más de lo que hasta ahora hemos avanzado, sin perder de vista el objetivo final que aspiramos.

La ruptura de relaciones ha fracasado como instrumento de coerción e, inclusive, de demostración ante terceros de que hay un problema pendiente.  ¿Por qué insistir? Seguramente con una significativa embajada en Santiago podríamos persuadir –desde luego con diplomáticos idóneos, no con ahijados, o milicos improvisados– no sólo al gobierno de Chile sino y, en especial, a la opinión publica chilena de lo justo de nuestra causa y de las posibilidades y beneficios de un futuro entendimiento.

Siempre hemos sostenido, mucho antes del fiasco en La Haya, durante el proceso mismo y también ahora, que la solución al problema marítimo no es jurídica – el fallo nos ha dado la razón – sino, mas bien, política y para ello se requieren un aparato institucional serio, recursos humanos entrenados en el arte de la negociación, una estrategia clara y tener consciencia de que negociación no es imposición.  Es un toma y daca.

Hagamos una necesaria autocrítica que nos permita enmendar el rumbo. Transitemos de una política marítima ineficaz e inconducente a una política marítima realista y con posibilidades ciertas, de manera que los próximos 23 de marzo podamos comprobar que no nos hemos inmovilizado y que estamos, en efecto, avanzando, más allá de los slogans, los desfiles y los discursos plañideros.

Al final de cuentas, como lo he sostenido siempre, con Chile si la historia nos separa, la geografía nos une y la economía nos complementa.
Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.

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