Robert Brockmann

El Alto y el Nobel de la Paz

jueves, 5 de marzo de 2020 · 01:42

En mi época universitaria ayudé a pagar mis estudios vendiendo repuestos automotores. Mis clientes estaban en la Ceja de El Alto y en San Pedro en La Paz. Vender cosas nunca fue lo mío, pero me gustaba hacerlo en El Alto, porque mis clientes eran gente cálida, amable y receptiva, a diferencia de mis clientes sanpedrinos, que eran difíciles de satisfacer. 

Como es sabido, en recientes días, una turba atacó el Hotel Alexander, en El Alto, donde el candidato vicepresidencial Marco Pumari hacía un anuncio que resultó controvertido por la forma en que creó expectativa. Pumari tuvo que ponerse a buen resguardo ante la agresión multitudinaria y el damnificado resultó el dueño del hotel.

El episodio hizo que la presidenta del Senado, Eva Copa, sugiriese a los candidatos presidenciales Luis Fernando Camacho, Carlos Mesa y Jeanine Añez, ella nada menos que presidenta del Estado, no hacerse presentes en El Alto. El solo pedido causa indignación, a pesar de haber demostrado Copa ser una mujer razonable y del ala “moderada” del radical MAS que nos gobernó por casi 14 años. 

Copa argumenta que El Alto tiene “heridas abiertas” por las muertes de 2003 y 2019, por las cuales se responsabiliza, en forma abstracta   a Mesa y Camacho respectivamente. Pero nadie explica que Mesa renunció por eso en 2003 y que en 2019 Camacho no tenía responsabilidad ejecutiva alguna, cuando los alteños agredieron a gente a sola sospecha de ser cruceños desde antes de la llegada del líder cívico cruceño a La Paz. 

Imaginemos la indignación que causaría si los habitantes de Miraflores, en La Paz, sugiriesen a los alteños no asistir al estadio Hernando Siles porque les ofendiera el intento de hacer volar la planta de combustible de Senkata, que es de todos los bolivianos, o por bloquear constantemente las carreteras que conectan a La Paz con el resto del país. La indignación no es patrimonio exclusivo de El Alto.

El Alto que conocí y en el que trabajé a mediados de la década de los años 80  es una ciudad completamente distinta de El Alto de 2020. La diferencia diametral de actitud la marcaron tres lustros de un  Gobierno cuyo eje argumental fue poner énfasis en las diferencias entre los bolivianos y alimentar resentimientos que más bien pudieron y debieron ser allanados. 

Allanar esas diferencias, reconciliar a la sociedad de pasados agravios entre sus partes y reconducir los resentimientos hacia la reconstrucción de la sociedad fue lo que Nelson Mandela hizo en Sudáfrica y lo que demostró su categoría de gigante moral, por lo que mereció el Premio Nobel de la Paz en 1993.

La construcción de la Paz nos lleva a Adolfo Pérez Esquivel, quien propuso a Evo Morales (otra vez) al premio Nobel de la Paz. Morales, sobre cuyo liderazgo sindical se produjo la atroz muerte de los esposos Andrade; Morales, que ordenó la masacre del Hotel las Américas; Morales, bajo cuyo gobierno “democrático” hubo 1.300 exiliados; Morales, quien dejó arder la Chiquitania, quien primero amenazó y luego ordenó el cerco por hambre a las ciudades y quien quisiera haber tenido milicias armadas a la venezolana para mantenerse en el poder. Morales, cuyo nombre nunca debiera ir separado de Chaparina; Morales, cuya única forma de hacer política es alimentar el resentimiento. 

Morales todavía es y será depositario de poderosas simbologías que opacan los hechos concretos de su muy humano e imperfecto gobierno. Como ser humano, Morales es mucho más Robert Mugabe que Nelson Mandela. Pero sus aliados ideológicos son potentes y se niegan a verlo en esa dimensión. Prefieren apegarse al mito. ¡Qué consuelo! Al menos, nadie está proponiendo su canonización. Todavía…

 
Robert Brockmann es periodista.

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