Lupe Andrade

Héroes y villanos

miércoles, 1 de abril de 2020 · 00:06

Hoy, amigos, no escribo sobre cowboys ni crimen y castigo.  Escribo de todo corazón sobre los héroes y villanos del coronavirus.  Me refiero a los bolivianos que salvan, apoyan y arriesgan sus vidas, y también aquellos antipatrias que por razones políticas, personales, criminales (o pura ignorancia) se niegan a obedecer las normas,  poniendo a la población en peligro.  

Estos días de cuarentena están poniendo a prueba la fibra de nuestra nación y de nuestra gente, porque ésta puede ser la peor peste desde la infame influenza de 1918, que se llevó millones de vidas.  El mundo moderno tiene antibióticos y otros medicamentos (que en este caso poco sirven), mejores sistemas de detección, mejores equipamientos y comunicaciones efectivas, pero este nuevo virus invisible se dio modos de mutarse y atacar en silencio, de forma frecuentemente mortífera.  Estamos todos –los más y los menos- en peligro.

Para Bolivia es casi increíble que habiendo salido de una crisis de elecciones tramposas y heroicos paros cívicos, estemos hoyen una especie de obligada parálisis nacional, encerrados en nuestras casas o departamentos, esperando inermes a que pase la ola de peligro.  El gobierno ha reaccionado enérgicamente con efectivas políticas de contención, declarando aislamiento ciudadano, cierre de carreteras, trabajo virtual de oficinas, y reglamentando el complicadísimo tema del abastecimiento de alimentos y materias primas.  Ha hecho un trabajo excelente, y es importante reconocerlo, así como obedecer dichas normas.  Estamos viendo también, que las conocidas deficiencias en instalaciones hospitalarias fruto de una larga mala gestión están saliendo a luz, y debemos impulsar, presionar, forzar a los gobiernos (éste y los futuros) a mejorarlas. 

Todos se preocupan, con razón, por el abastecimiento de alimentos.  Sin comida no hay vida.  Los combustibles: gas natural, o gasolina, son igualmente necesarios, y también es esencial mantener los servicios de electricidad, de distribución de gas domiciliario, de comunicación,  agua potable y recojo de basura, entre otros muchos.  Es decir, hemos paralizado nuestras ciudades, pero, y esto es admirable, sin paralizar los servicios básicos, que incluyen además de mercados y abastecimiento, a hospitales, clínicas, funerarias, policías,  vigilancia de fronteras y carreteras, cárceles (siempre hacinadas) y otros.

Es decir, para que la nación sobreviva, no todos pueden quedarse en casa.  En beneficio de la mayoría, algunos se deben arriesgar.  Y afortunadamente, hay quienes cumplen con estas tareas como verdaderos y silenciosos héroes no reconocidos. 

Entre estos héroes están militares y policías, que a veces protegidos como astronautas (máscaras, guantes, chalecos, etc.) o a veces con un mínimo de protección, vigilan para que los espacios citadinos cumplan con normas de salud y de distanciamiento personal. Héroes son los trabajadores  de emergencia de YPFB, de las Alcaldías, de telecomunicaciones, disposición de deshechos y otros.  En especial, los médicos, enfermeras, camilleros, técnicos y administrativos son heroicos, exponiendo con increíble desprendimiento sus vidas en el afán de proteger las vidas de otros bolivianos, pero dentro de un sistema sin institucionalidad, sin infraestructura, sin intensivistas, ni reglas claras.  Cada uno de ellos es un héroe anónimo, y con frecuencia subvalorado: les debemos admiración y agradecimiento, pero es momento de reconocer que hay reformas urgentes que llevar a cabo.

He visto críticas (y críticas razonables), pero no he visto ni leído reconocimiento a aquellos que arriesgan la propia vida en bien de los demás, y son muchos, en clínicas, hospitales, postas de atención de emergencias y otros.  Pueden tener deficiencias, pero no son villanos.

Hay villanos, por supuesto, pero son otros.  Son quienes nos dejaron con un sistema con fallas estructurales, quienes no pensaron en la patria.  Los malos son quienes desobedecen las reglas y niegan el peligro; son los que buscan socavar los sistemas de protección, los que impulsan (como en El Alto, y en el Plan Tres Mil) la desobediencia a reglamentaciones y leyes.  Ellos, que se creen invencibles, son ciegos con pistolas invisibles.  Niegan el peligro, pero lo reparten, lo llevan consigo, y pueden ser instrumentos de contagio y muerte.  Esos son los quienes merecen censura y hasta juicios, especialmente si sus actos de desobediencia son motivados por políticas sectarias o revanchismos.

Seamos equilibrados.  Reconozcamos la virtud del trabajo, del coraje, de la entrega y valentía.  Condenemos la maledicencia, la desobediencia civil, y el afán de destruir a nuestras instituciones por motivos políticos.  Sobre todo, seamos humanos, unidos, comprensivos; perdonemos errores involuntarios, celebremos el esfuerzo, la generosidad y la hermandad.  Seamos buenos bolivianos primero, luego civilizadamente disciplinados, y sobre todo, hermanos que se apoyan y protegen.

Lupe Andrade es periodista.

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