Gustavo Fernández

Coronavirus: América Latina, el día después

jueves, 2 de abril de 2020 · 00:05

La pandemia del coronavirus será transitoria y se puede controlar a un alto costo social y económico, a juzgar por la experiencia objetiva y reciente de la evolución de la emergencia en China, Europa y Estados Unidos. Cuando pase, se convertirá en endemia, pero ese es otro problema y otra fase, en la que ya existirán vacunas y se la podrá prevenir y combatir más eficientemente.

En todo caso, está claro el impacto inmediato de las medidas sanitarias–en una cuarentena global, jamás experimentada en América Latina. Golpeada por el derrumbe de sus exportaciones, con déficit balanza comercial, problemas de equilibrio fiscal y servicio de la deuda, recesión en sus socios comerciales y financieros, estará otra vez en el centro de una tempestad.

Goldman Sachs, va más lejos: “Esperamos que América Latina experimente una severa recesión en 2020: la actividad económica chocará contra la pared, enfrentará un freno súbito en el segundo cuatrimestre y el PIB real declinará en 3,8% en 2020, una contracción más profunda que durante la gran crisis financiera (-2.1% en 2009) y sin precedente desde la posguerra, a pesar de los severos episodios de crisis regionales y financieras (durante la crisis de la deuda de 1983 el PIB real declinó 2.4%)” (Goldman Sachs. Economi Research. 27 march, 2020).

Habrá que tomar en cuenta, a pesar del ambiente apocalíptico que se respira estos días, que las sociedades tienen una extraordinaria capacidad de reacción y recuperación, como lo trae a cuento la repetida alusión a la experiencia de la “gripe española de 1918, que causó la muerte de cerca de 33 millones de personas, mas estuvo prácticamente olvidada, hasta esta pandemia” (FernandBraudel. Citado por Rubens Ricúpero. Instituto Estudios Humanos. Río de Janeiro. Marzo 2020).

La gran pregunta es ¿en qué contexto se producirá esa recuperación?

En un mundo diferente, sin duda.

Se producirá, por la fuerza de las circunstancias, un cambio de orientación de la política económica regional. De las políticas de austeridad y ajuste se pasará a otras de incremento del gasto público, social y de subsidios a los pequeños productores. Retornarán los planes de emergencia social de la década perdida de los 80 del siglo pasado. El equilibrio fiscal tendrá que restablecerse después. Será un nuevo “normal”, otra realidad, otros objetivos. Los planes del FMI y BM tendrán que ajustarse a esta nueva situación. Sin embargo, todo será insuficiente, porque el margen de maniobra de las políticas sociales latinoamericanas, sin seguro de desempleo, servicios de salud pésimos y caída de ingresos por exportaciones, es mucho menor que las de Asia, Europa o Estados Unidos.

Pero, además, tendrá que tomar en cuenta otros factores, nuevos, que cambiarán la esencia del debate público.

Primera, la reafirmación del papel protagónico del Estado en la crisis. La imagen del Partido Republicano aprobando en Estados Unidos un programa keynesiano, de punta a punta, lo dice todo. Entierra la base de la doctrina Reagan: “El gobierno no es la solución, es el problema”. Nadie puede negar, sobre todo en estas circunstancias, que el gobierno es esencial para la vida en una sociedad organizada. Pero dicho eso, allí comienzan las diferencias entre un Estado autoritario y otro democrático. Uno, imponiendo su voluntad, otro gobernando con la sociedad.  Esa contradicción retornará con fuerza, en todo el planeta.

Segunda, la conexión entre pandemia y cambio climático. El virus, como el clima, no lleva pasaporte. Todo está conectado con todo. Es una prueba dramática de la globalización. Queda la esperanza –o la bandera- de que la emergencia abrirá el camino para las reformas del capitalismo necesarias para enfrentar los desafíos planetarios de las pandemias y el cambio climático. El reconocimiento que la humanidad es una sola. Por encima de fronteras, ideologías, religiones. Que la cadena de la vida es la primera y más importante de todas.

Tercera, el papel de los organismos internacionales. Son inexcusables. La Organización Mundial de la Salud no es el gobierno mundial, pero fue punto de referencia del tratamiento de la emergencia sanitaria. Mal que bien, todos siguieron sus “recomendaciones”, chinos, gringos, europeos, musulmanes, todos. Aunque no hay que alegrarse prematuramente. Una vez que pasó el susto,

las medidas fueron exclusivamente nacionales, con un mínimo de coordinación y cooperación, no sólo global, sino regional. El diagnóstico puede ser común, pero la terapia y las políticas son nacionales. Es que “el Estado nacional tiene valores, fuerzas financieras, organizativas y emocionales que las instituciones globales no tienen” (Gideon Rachman. Financial Times, marzo 22, 2020).

Cuarta. La contradicción globalización-nacionalismo. Cuando pase la pandemia se levantarán las barreras a los viajes. Pero es improbable que se restaure el mundo globalizado, como era antes del Codvid19 (o mejor, antes que lleguen Brexit y Trump). Los Estados dudarán mucho en aceptar una situación en la que deben importar insumos médicos críticos o los que califiquen como de “seguridad nacional”. Se reforzará la demanda por mayor proteccionismo, localización, producción y controles fronterizos más fuerte, como subraya Rachman.  De esa forma, se afectarán las cadenas globales de abastecimiento y los flujos globales de comercio.

Quinta, el cambio en la correlación global de poder. La emergencia sanitaria de 2020 se suma a la cadena de acontecimientos que jalonaban la confrontación entre Estados Unidos y China por la supremacía mundial. Fue tomando cuerpo poco a poco, desde las transformaciones propiciadas por DengXiao Ping, en la década de los 80, que desencadenaron la emergencia de una nueva gran potencia económica, política, social y tecnológica y el cambio histórico del eje de poder económico planetario del Atlántico al Pacífico.

Puede razonarse que el inesperado evento de la emergencia sanitaria de 2020 puede provocar el salto dialéctico de cantidad a calidad. China tomó ventaja, en medio de una crisis que literalmente paró el mundo, con las pantallas de todos los televisores y de todas las redes sociales, con miles de millones de espectadores atentos a su evolución, minuto a minuto, en tiempo real. Finalmente, su ejemplo - el softpowerde Nye- se vio mejor que el de Estados Unidos. Sufrió, controló y venció su crisis; marcó pautas globales sobre las medidas preventivas; tomó ventaja en la investigación de la vacuna y, finalmente, llevó cooperación técnica y científica a Italia y Europa, para combatir su emergencia, con una puesta en escena que hubieran envidiado los productores de Hollywood, con médicos y enfermeras, en uniformes de campaña. En cambio, la respuesta de Estados Unidos, de la mano de Trump, pareció parroquialmente absorta en el comportamiento de la bolsa y sus efectos en las elecciones de noviembre. Europa, de su lado, vive en el ojo de la tormenta, debilitada notoriamente, defendiéndose, sin articular un programa común para combatir la crisis y sus consecuencias económicas y sociales. Saldrá de esta crisis, confundida y con muletas.

El nuevo peso de China en el escenario mundial parece confirmarse en un incidente que va más allá de una anécdota, en el durísimo tono de la nota de su embajador en Brasilia, exigiendo disculpas públicas y explícitas del congresista Eduardo Bolsonaro por tuits en los que acusaba a la potencia oriental de haber provocado la emergencia sanitaria. El incidente obligó al presidente de la República, Jair Bolsonaro, a contactar personalmente al Presidente Xi Ping para reafirmar el interés de su país de mantener y profundizar las relaciones de cooperación bilateral, y dejar constancia de que las declaraciones de su hijo no interpretaban la postura oficial del gobierno brasilero.

De esa manera, más allá de los hechos de la coyuntura, se puede advertir que las señales de una profunda reconfiguración del sistema económico y tecnológico mundial, en dos campos, el asiático y el occidental, organizados en torno a un eje que articula las cadenas de valor (la idea de las “fábricas”, que menciona Cepal), toman un carácter más definido. China se coloca en el centro de gravedad del sistema en el Asia, Alemania en Europa y Estados Unidos en América. Como fracasaron los intentos de reforma sustantiva de las instituciones multilaterales mundiales, no debe extrañar que las potencias emergentes de Asia prosigan la construcción gradual de réplicas de los organismos financieros, económicos, tecnológicos, culturales, políticos, de Bretton Woods.

 Si esa tendencia se prueba correcta, la globalización continuará su marcha en dos campos, en los que la competencia, a diferencia de la Guerra Fría del siglo XX, será económica, científica y tecnológica, antes que nuclear o militar (por lo menos por el momento).

Así se ven las cosas en esta tarde latinoamericana de cuarentena.

Gustavo Fernández fue Canciller de Bolivia.

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