Fernando Salazar Paredes

Cuarentena para cuatro…hace cuarenta años

lunes, 20 de abril de 2020 · 00:12

“La vida no es la que uno 
vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para 
contarla”.

Gabriel García Marquez

Alfonso Gumucio Dargon terminaba su columna en este diario hace algunas semanas así: “Frente a la muerte de (Luis) Arce Gómez no siento alegría ni tristeza, pero lamento que no haya probado un poco de repudio de parte de sus víctimas. Nunca las tuvo frente a frente porque fue juzgado en ausencia, nunca pudo ver los rostros de los familiares de quienes hizo torturar y asesinar”.

Fui una de sus víctimas, junto con tres personas más, ademas de otros cientos que hizo torturar y asesinar. Tampoco siento alegría ni tristeza… pero tengo un ofensivo recuerdo de ese episodio de mi existencia, en el que él y sus secuaces se apropiaron de nuestras vidas y podían hacer con ellas lo que les viniese en gana.

Cuarentena es sinónimo de aislamiento, incomunicación, confinamiento, encierro, clausura; esta cuarentena que vivimos ahora y la reciente muerte de Arce Gomez despertaron en la memoria remembranzas sobre el encierro que experimentamos hacen cuarenta años cuatro personas, en manos de cuatro diferentes carceleros.  

No había pandemia alguna, pero sí una desmedida ansia de poder, dinero y un total desprecio por la vida humana, tanto de él, como de su jefe y complice, Luis García Mesa y otros que los acompañaron en ese sombrío momento de nuestra historia.

  Junto con Óscar Peña Franco fuí llevado a punta de fusil al Estado Mayor en una ambulancia. Allí nos separaron. Fui conducido a una habitación donde se encontraba Juan Lechín Oquendo. En la madrugada el coronel Rafaél Loayza, nuestro primer carcelero, ingresó y nos enmanilló juntos, pero haciendo pasar las esposas por la cabecera de un catre que había en el recinto.  Mas tarde apareció Luis Arce Gómez, el segundo carcelero, acompañado por nuestro tercer carcelero, el coronel Carlos Mena, y se dirigió a Juan preguntándole si estaba bien.  

Juan se limitó a mirar su muñeca conectada a la mía. La concesión fue que abrieran las esposas, apartarnos del catre y volver a ponernos la manilla que, curiosamente, fue una suerte de vaso comunicante entre Juan y yo por los próximos días.  Posteriormente, trajeron a Óscar Peña. Esta´bamos presos en un cuarto, al frente del despacho del jefe de Inteligencia del Eje´rcito, coronel Faustino Rico Toro.

A los pocos días, escuchamos que nuestro vecino, el padre Julio Tumiri Javier, comenzo´ a discutir y defenderse de varios personajes que lo increpaban por un manuscrito de su autori´a sobre los derechos humanos. Le gritaban y le amenazan, y el sacerdote se les enfrentaba valientemente. Todo este desgarrador episodio lo escucha´bamos y e´ramos impotentes ante la “valenti´a” de los amedrentadores de Tumiri. El sacerdote, finalmente, aunque humillado, los vencio´ con su fortaleza fi´sica y espiritual, y los matones se retiraron. 

Juan Lechín, machacona y sostenidamente, hizo gestiones ante nuestro cuarto carcelero, Faustino Rico Toro, que culminaron con el traslado del presbítero a nuestra habitación.

 Así se inició nuestra cuarentena en una celda improvisada en el segundo piso de la ciudadela militar de MIraflores. Era una pieza o´frica, con el cielo raso alto. Un catre y algunos colchones eran el u´nico mobiliario. Un ventanal, por el que nunca asomaba el sol y cuyos vidrios estaban cubiertos con pintura de varias capas y cartulina, permitía, a trave´s de las rendillas, observar un gran patiom donde oficiales y soldados formaban, marchaban y jugaban todos los di´as. Ma´s alla´ del pati´o, esta´ el picadero, donde, por lo general, se entrena la caballeri´a; era el lugar donde se originaban los gritos y lamentos nocturnos.

 Nos turnabamos para aguaitar por las rendijas, como si con ello nuestro cautiverio se redujera o que alguien nos anunciara que éste había terminado.  Nada de ello ocurrió por tres meses, en los que experimentamos sobresaltos, torturas, vejaciones y un total ultraje a nuestra dignidad. Era una cuarententa para sojuzgarnos para doblegarnos, para imponernos sus designios de totalitarismo, narcotrafico y desprecio por los derechos humanos.

Juan, Julio y Oscar, mudos testigos de esas atrocidades, ya no están aquí; sólo quedo yo para recordarlos y recordar que la democracia no nos la concedió nadie, sino que tuvimos que luchar por ella, y en ese proceso murieron muchos, desaparecieron más; pero todos pusimos nuestro grano de arena para que hoy podamos tener elecciones, Parlamento y otros privilegios, de los cuales gozamos sin valorarlos en su justo alcance. 

Ignoro la suerte de nuestros carceleros. Sé que dos fallecieron y seguramente los otros siguen vivos, soñando con sus hazañas tenebrosas…

 40 años despues, experimentamos otra cuarentena, no ya los cuatro, sino todos.  Pero es una cuarentena para protegernos, para prevenir y enmendar lo que no se hizo para el sector salud en 14 años de otro tipo de dictadura que, como hace 40 años, el pueblo supo derrotar oportunamente.

 Como la cuarentena de hace 40 años, ésta tambien pasará… Dios mediante.
 
Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.

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