Enrique Velazco

Hacer más (política) de lo mismo, no es una opción

miércoles, 22 de abril de 2020 · 00:09

En los últimos 70 años, hemos experimentado con casi todo tipo de modelos económicos y regímenes de gobierno, pero lamentablemente, de haber partido estando cerca al promedio de América Latina, caímos a los últimos lugares. He culpado nuestro estancamiento estructural respecto al desarrollo promedio regional, en una incompetencia política antes que en la falta de capacidad económica. No otra cosa explica haber adoptado al extractivismo como la fuente de rentas, en vez de construir la diversificación productiva que genera valor, ingresos, empleo, e inclusión social.

Hoy, ante la necesidad de acordar un pacto nacional para enfrentar la crisis del COVID-19 en sus múltiples dimensiones, retoma actualidad la preeminencia de las consideraciones políticas sobre la objetividad y la racionalidad necesarias para buscar alternativas y soluciones.

Enfrentamos, de entrada, una emergencia sanitaria contando apenas con un sistema de salud muy precario; en la economía, la paralización del aparato productivo –necesaria para darle un respiro a ese sistema de salud, prácticamente anula los ingresos que generan las actividades económicas; en lo social, la ralentización económica aumenta el desempleo, la pobreza y alienta la conflictividad ante el dilema de “morir de hambre o por el virus”; y en la política, antes que concertar metas y estrategias para superar las varias facetas de la crisis, destaca el doble rol de Presidenta y candidata de Jeanine Añez, la crítica fácil a las acciones de su gobierno “desde las graderías”, y la abierta obstaculización de las medidas gubernamentales por parte de sectores que buscan su fracaso con objetivos estrictamente “electoreros”.

En estas condiciones, el COVID-19 genera situaciones inéditas, y serán necesarias medidas muy creativas para combatirlo. Pero añadiendo ingredientes a la ya compleja situación, la débil institucionalidad y nuestra proverbial indisciplina social limitan aún más la posible eficacia de medidas gubernamentales, imponiendo la necesidad de improvisar; y la gestión de la crisis se obstaculiza si, lograr acuerdos parlamentarios, está condicionado por una mayoría legislativa que privilegia sus intereses políticos.

En una sociedad madura, con estructuras confiables de rendición de cuentas, en casos de “crisis dinámicas” como la presente, implícita o explícitamente se otorgan al gobierno poderes especiales, amplios y suficientes, para que la administre tomando las medidas más pertinentes en todas las áreas críticas, como salud, empleo, etc.

Pero en nuestra realidad, lograr que la Asamblea Legislativa otorgue esos poderes no estará únicamente condicionada a la renuncia de Añez a su candidatura –condición razonable en un ámbito de honesta concertación, sino por infinidad de intereses personales, partidarios y hasta corporativos: al contrario de la unidad que los políticos deberían buscar, muchos toman la emergencia como oportunidades para procrastinar y para tener balcones dónde figurar.

Reactivar la economía demandará una agenda de corto y mediano plazo, creativa y flexible, y un gobierno con poderes especiales para que, entre “miles de temas”, asuma las acciones necesarias para garantizar el consumo básico de los hogares, preservar el empleo (formal e informal), y promover la creación de nuevos puestos de trabajo bajo un esquema que permita la evolución de las metas inmediatas, hacia el aumento de la productividad y a la mejora de la distribución del ingreso a mediano y largo plazo.

Para ello, la condición necesaria fundamental es (re)establecer ambientes de confianza y de corresponsabilidad entre empleados y empleadores, empresas y Estado, y entre Estado y ciudadanía; demandará experimentar con cambios en 3 ámbitos especialmente relevantes y prioritarios: mercado interno, impuestos y normativa laboral.

Recuperar o construir la mutua confianza es una oportunidad que el COVID-19 brinda para iniciar la tarea de diversificar, para transformar, una economía que hasta ahora no ha sido capaz de derrotar la pobreza y el subdesarrollo, y que estará todavía más debilitada. Pero sería frívolo iniciar tal transformación sin articularla con las tareas de la gestión 2020-2025 (y las que sigan), es decir, sin que los políticos la adopten como Política de Estado.

En general, los planes de gobierno no precisan cuál es la esencia del cambio que nos llevaría a un proceso sostenido de desarrollo con equidad social y compromiso ambiental; parecen más bien caer peligrosamente cerca de ser “variaciones sobre el mismo tema”, como fueron las ideas de “cadenas productivas”, el “exportar o morir” o la “economía plural”, que tuvieron siempre el mismo resultado: colocarnos entre los 4 países más pobres de América Latina.

Peor. Además de no haber una propuesta que marque un nítido cambio de paradigma, para el 70% que no acepta la alternativa que el MAS encumbre otra vez en el poder a su dirigencia dura, que no honró su palabra, no actuó con ética ni respetó la vida, la ciudadanía debe escoger entre las otras opciones, no por preferencias programáticas reales, sino entre los candidatos como “males menores”, “voto útil” o “voto inteligente”, pero “en contra de”.

Por ello, todas las opciones tienen como escenario más probable gobiernos débiles con oposiciones mayoritarias (aunque no necesariamente fuertes): presagia componendas y pugnas por coyunturas, sin posibilidad de asumir reformas estructurales; nos condenan a seguir de observadores inertes de “ch’ampa guerras” entre políticos, que ocultan los reales problemas del país y frenan todo intento de desarrollo sostenible.

Es decir, nos farrearemos –por otros 5 años, la oportunidad de iniciar los cambios que permitan enfrentar, con algún grado de autonomía, las tareas elementales para el desarrollo humano productivo y sostenible. Persistiremos dentro el cómodo extractivismo –que les otorga a los políticos “el placer de controlar la billetera”, pero conlleva la maldición de perpetuar la pobreza y la exclusión… que el COVID-19 ha vuelto a desnudar.

Más de lo mismo no es una opción responsable para los gobernantes ni para nosotros –los de a pie, con respecto a nuestros hijos y nietos. Y si bien hay muchas sugerencias (y urgencias) para mitigar la crisis actual, el desafío está en aplicarlas de manera que sean el punto de partida de la ruta crítica hacia el nuevo paradigma de desarrollo que nos comprometa a todos. De otra manera, la clase política nos habrá vuelto, una vez más, al pasado.

Enrique Velazco es PhD en Física.

 

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