Abdel Padilla

La salud en Bolivia está enferma

viernes, 3 de abril de 2020 · 00:05

La salud pública en Bolivia tiene un mal crónico: nadie confía en ella. Ni el resignado afiliado a la Caja que lleva semanas en busca de una cama, ni el último Presidente, que para sus controles elige La Habana.

Desconfía el paciente que paciente hace fila desde las tres de la mañana para que a las diez le digan: “vuélvase mañana”. Y ahora desconfía cualquiera, que en las últimas horas ha visto morir a un empresario por falta de una unidad de terapia intensiva.

Al respecto, tengo una sola pregunta, su señoría: ¿habrían la Presidenta, el ministro, el Gobernador o el Alcalde permitido que se traslade a algún familiar suyo de una clínica privada, con terapia intensiva, a uno público, sin ella, sólo por cumplir el protocolo?

Nadie cree en la salud pública de Bolivia porque miente: no es pública, es privada.

Cuánto cuesta una vida en un hospital de Bolivia. Hace algún tiempo, en El Alto, una madre de un niño de 10 años habló de un precio: 3.500 bolivianos (500 dólares), el costo de una cirugía de apéndice. Cuando le dijeron que su hijo debía operarse de emergencia, ella respondió: “Que se muera nomás… Si apenas vivo con 10 o 20 bolivianos al día (menos de 3 dólares)” (Página Siete).

Porque no es lo mismo morir, que morir de hambre. Y de hambre murió también hace algún tiempo una niña de 12 años, con desnutrición extrema y en extrema pobreza. Coincidencia o no, también en El Alto.

Cuando un niño muere, triunfa el mal, pero cuando muere de hambre, el mal se ha encarnado… en todos nosotros.

De nosotros –y no de las instituciones del Estado– dependen muchas vidas en Bolivia: del corazón amigo y la mano generosa, del trabajo silencioso de los voluntarios, de las trabajadoras sociales y de los médicos en los hospitales, de las campañas solidarias en medios de comunicación y redes sociales.

Y si la desconfianza es crónica, la falta de atención es terminal, criminal.

“Al final –como dicen las abuelas– la plata se consigue”, pero en nuestro país algunos servicios de salud no se obtienen ni con dinero, porque simplemente no existen.

Lo que hay son equipos quirúrgicos de museo y museos expresidenciales que valen como equipos de última generación.

Quizás la mejor prueba de que la salud boliviana está en terapia intensiva no son nuestros subcampeonatos regionales de mortalidad materna e infantil, sino la cantidad de “exiliados” –hombres, mujeres y niños enfermos–, que todos los días son “expulsados” a otros países por un sistema que los desahucia prematuramente. Muchos de ellos con cáncer.

Los que dejan el país –porque no todos lo logran– deberán enfrentar un doble drama: la enfermedad y el destierro. De la primera, se encarga el Estado amigo; de lo segundo, sólo Dios.

Como fuere, salir es siempre mejor que quedarse. Pregúntenle a cierto candidato presidencial.

La salud pública en Bolivia está enferma porque todos la hemos abandonado: los gobiernos ausentes y los políticos presentes, los sindicalistas que se hacen ricos a nombre de los que siguen pobres, y los medios que hoy cuentan enfermos y mañana contarán muertos.

Si Bolivia necesita una revolución, es por la salud. Más hospitales no significan necesariamente mejor salud. Pero al menos comencemos por los hospitales.

Y si bien es cierto que algunos tienen mayor responsabilidad que otros, lo único que falta para desconectar el respirador de nuestra salud pública es caer en la arrogancia mortal de culpar al otro en lugar de preguntarse: “qué puedo y debo hacer yo”.

Tuvimos que esperar a que un virus nos ponga en regla, y una cuarentena para vernos al espejo.

En este momento, en especial en este momento, cada uno de nosotros tiene una piedra en cada mano: una para lapidar y otra para construir. Cada quien elige qué mano usar.

Abdel Padilla es periodista.

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