Jenny Cárdenas Villanueva

Leer en cuarentena

lunes, 6 de abril de 2020 · 00:10

Leer en cuarentena puede también ser como pasar un paño suave a la superficie empolvada de una mesa delicada que queda brillando en el acto. Y digo empolvada porque después de tantas sugerencias de lectura que nos llegaron – con certeza a todos, en esta cuarentena mundial- decidirse qué leer es un poco decidirse como emprender eso que es siempre leer, entrar en la aventura del libro, y ante tantas alternativas, a veces es buena idea, buscar la mesita antigua, y otro poco lo que mejor nos queda. Para mí, el libro en papel sigue siendo la mejor opción para leer literatura… a pesar que he leído un par de novelas - El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura (Cuba) y Estrella distante, de Roberto Bolaños (Chile)- en PDF gratuito en internet.

Pasar el paño a la mesita empolvada implica, para mí, una aventura de ebanista: leer un viejo literato. Eso estoy haciendo. Decidí leer a Miguel Ángel Asturias. Tengo tres libros de este escritor guatemalteco y no me acuerdo cómo exactamente eran estas novelas. Empecé con El Señor Presidente y  ahora continúo con su  Week-end en Guatemala, Premio Nobel de literatura de 1967.

 Al comenzar El Señor Presidente me quedé helada. Sólo el comienzo es ya algo maravilloso, verdaderamente increíble. Cito: “…¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de oídos persistía el rumor de las campanas a la oración, maldoblestar de la luz de la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedra lumbre,¡ Alumbra, alumbra, lumbre de alumbre…., alumbre…, alumbra…, alumbra… alumbra, lumbre de alumbre…, alumbra, alumbre…” (M. A. Asturias, El señor Presidente. p.7, 1971. 2da. ed. Edit. Lozada.S.A. Buenos Aires)

Quien, en los 40 del siglo XX, escribe como una partitura de música contemporánea, un juego de sonidos que sólo importa por su sonido, pero que además en este caso, importa por lo que implicará en el camino sin retorno de esta historia tan fantástica que cuenta Asturias: una historia de amor, de una enorme crueldad, de un enorme abuso, de un poder sin igual sobre la vida y la muerte; de un enorme y horripilante abismo acechando siempre entre la muerte, el terror y la libertad: la traición.

La primera edición de esta novela, también de la Editorial Lozada, fue en 1948, casi 10 años antes que la novela del también genial escritor brasilero Joao Guimares Rosa, Gran Sertón Veredas, novela  que se publicó en 1956.

Aclaro esto porque después de leer esta novela genial, El Señor Presidente, genial por la increíble manera de contar una historia sin complicaciones, sencilla, un testimonio casi, sin mayores argumentos retóricos, y con una manera tan única de decir, una invención de palabras inencontrables en el diccionario, de un lenguaje poético único, sólo suyo (que al decir de Javier Aparicio Maydeu “… lingüísticamente denso, no es precisamente una perita en dulce…”), creado para expresar una historia tan obscura y terrorífica de aquellas dictaduras de nuestros infelices y bellos países, en este caso, la Guatemala de los años 20 del siglo XX, comparo con la inmensurable Gran Serton Veredas, porque pensando en ese otro maravilloso texto de metáforas y maneras de decir sólo posibles en esa novela, inevitablemente uno busca las citas, las referencias. Pero no, nada señor…. Aquí Asturias, y Guimaraes Rosa lo suyo, lo que ambos escritores tienen es una madera, una pasta creativa insuperable, única, que exalta nuestros sentidos y –en nuestra simpleza- nos crece en el pecho un orgullo por esas generaciones que alentaron la maravilla creativa de una gran literatura latinoamericana.

El Señor Presidente, es una constancia de la enorme y maravillosa calidad de Miguel Ángel Asturias. La historia, dije ya,  es sencilla, tres a cuatro papeles principales y una historia fantástica de terror, que a mí personalmente, me deja temblando al recordar nuestras propias dictaduras. Y pienso, ‘nunca más’…. Ojala nunca más… ojalá…

No quiero arruinar el deseo de tomar esta novela, o retomarla, si a alguien le puede picar la curiosidad de volver a leer El Señor Presidente. Y  la recomiendo enfáticamente. Porque díganme quien comienza con algo así:  “…¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre¡”. Maravilla de maravillas. Y ahora vuelvo a mi nueva aventura, a mi propio week-end. Vuelvo a esta otra obra mayor, la novela que a Asturias le valió el  Premio Nobel de Literatura de 1967, su Wek-End en Guatemala y que me ha inspirado hacer este comentario.

Reciban Luminosos Abrazos.

Jenny Cárdenas Villanueva es artista y cantautora.

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