Jorge Patiño Sarcinelli

El virus, Montaigne y la muerte

jueves, 9 de abril de 2020 · 00:09

Las personas no se atemorizan por las cosas sino por la idea que se hacen de ellas, nos recuerda Montaigne. Un ejemplo de esa máxima es esta pandemia que cada uno imagina y vive según la idea que se hace de ella. Para unos es una cruel epidemia viral, para otros una crisis económica en ciernes y para otros la muerte que surge con cara de virus en el horizonte de lo posible. Estoy entre estos últimos.

Anticipar algo malo e incierto nos hace pensar en probabilidades. Es una distorsión de la matematización de la vida. Pero ambos, una muerte improbable y una muerte cierta, nos llevan por caminos sicológicos distintos de la simple posibilidad real. Ante lo improbable acudimos a la indiferencia y ante lo cierto a la resignación. Solo el riesgo real de la muerte nos lleva al temor pensativo. 

Pensar en esta amenaza de muerte del virus como una probabilidad conduce a la trampa de querer esquivarla con esperanzas aritméticas. Si “solo” una fracción de la ciudad va a morir, la mayoría se salvará, y lo más probable es que me salve yo. Pero personas con nombre y apellido tendrán que ocupar esa fracción. Mejor no pensar; “por cuidarnos de la muerte enturbiamos la vida”, dice Montaigne.

Muy poco sabe todavía la ciencia de este nuevo mal, excepto que es un virus, contagia como tiro, no hay remedio para él y puede ser letal. Esta ignorancia ante una calamidad mortal nos devuelve al clima de incertidumbre de la peste medieval, cuando el espectáculo de la muerte era pan cotidiano. Al paso que van las cosas, en algunos países veremos escenas dantescas de personas que no tienen una camilla donde morir y de fallecidos que nadie quiere enterrar.

Nuestra relación con la muerte está siempre en oscilante tensión entre lo abstracto y lo concreto. La llevamos adentro: “Al nacer morimos”, dijo el poeta Manilo. Sabemos que la muerte acecha siempre como una negra posibilidad, pero todo eso es abstracto; son deterioros interiores sospechados, meras posibilidades externas hasta que un día ella se hace concreta: la muerte de un amigo, un diagnóstico terminal. 

Esta pandemia nos saca de quicio porque es todas esas muertes: abstracta como una posibilidad, real en su forma viral invisible y concreta como la asfixia. ¿Sentiríamos terror si pudiésemos ver un virus que se nos acerca? No hay enemigo pequeño, dice el refrán, y este tiene cuernos.

Hoy estamos todos bajo una amenaza que ya no es lejana como una estadística general.  Estamos en una especie de pesca-pesca mortal en el que debemos huir de un virus invisible que si nos alcanza, nos hará sufrir un muy mal rato o nos dejará sin aire, según la edad y la suerte. La muerte es poco probable, pero “los males inciertos son los que más nos atormentan”, le dijo el celoso al abandonado.

Ante el espectáculo de la muerte podríamos adelantarnos y reconocer que todo lo que pasas es “vanidad de vanidades”, y hacer de estos momentos de zozobra ocasiones de meditación en las que miramos lo que somos y lo que fuimos con ojos volcados hacia adentro. Tenemos para ello semanas sin tener que jugar ajedrez con la muerte; con suerte ni le veremos la cara.

Pero si te toca, no te avergüences si no lo haces bien. “Todos somos aprendices cuando llega la muerte”, dice Montaigne, y como él también hace notar, no debemos temer perder aquello que después de perdido no echaremos de menos. Al final, como dice un poema, “morir es moneda corriente”. Nunca tan corriente como hoy.

Con el confinamiento, tantas dulces costumbres, un café con los amigos, ir con los chicos al cine o darse una vuelta con ella del brazo, nos parecen placeres que nos morimos por repetir (y hoy morimos si lo hacemos). 

¡Cuántos gustos renovados nos esperan cuando todo esto termine! Nos devolverán la vida como recién hecha y saldremos al fin de nuestros refugios, ellos melenudos y ellas con las canas vistas, a disfrutarla. Me muero por verlo.

Jorge Patiño Sarcinelli es matemático y escritor.

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