Fernando Salazar Paredes 

El harakiri lo practica uno mismo

lunes, 18 de mayo de 2020 · 00:11

El poder tiene una extrema atracción, casi alucinante, que muchas veces trasciende lo racional. Es un maravilloso instrumento, acostumbraba sostener el doctor Víctor Paz Estenssoro. Es un afrodisíaco, sostienen otros. Sea lo que fuere, atrae como el fuego a las polillas y la miel a las moscas. 

El voto popular es el único camino legítimo para conquistarlo. Llegar al poder de otra forma obliga a hacer concesiones de diversa índole. 

Para la mayoría de los políticos el poder es un fin en si´ mismo. De lo que no se dan debida cuenta es que el poder - como decía García Márquez - “es como el amor, de doble filo: se ejerce y se padece". Cuando se llega al poder por la vía indirecta, administrarlo es mucho más complicado aún.

La asunción al poder de la señora Jeanine Añez fue bien vista por una gran mayoría de la población boliviana. Era el reflejo del hastío que tenía el pueblo por 14 años de un gobierno que, si bien fue elegido por la vía democrática, actuaba en la antítesis de la democracia.

El gobierno de la señora Añez tuvo un arranque halagador, su potencial fue de esperanza. En el gabinete se nombraron personalidades de prestigio que auguraban una gestión positiva. La Canciller y el Ministro de Defensa gozaban, además, de prestigio y carisma.

Súbitamente, las cosas empezaron a cambiar a partir del anuncio de una candidatura que, en principio, había sido negada. Nadie discute el derecho a la postulación;  no obstante, todos lo consideraban un desacierto político. Pese a ello, la Presidenta-candidata concitaba todavía el apoyo popular.  Luego se sucedieron ciertas acciones gubernamentales que lenta, pero consistentemente, desilusionaban a la población, por su parecido a las que ejecutara el gobierno anterior.  

El termómetro político, poco a poco, declinaba su buen signo basado en el accionar gubernamental. Miles de años antes, Herodoto de Alicarnaso ya decía: “Dad todo el poder al hombre más virtuoso que exista, pronto le veréis  cambiar  de actitud”.

El MAS acudió al manual revolucionario populista: violencia de su línea dura y acciones legislativas para inhabilitar el del papel Ejecutivo. Las otras siglas en competencia, curiosamente, acusan un evidente languidecimiento. Ni Mesa, ni Camacho revelan una posición que contradiga los símbolos del “voto popular” y, en esa condición, son visibles al menos, más coincidencias entre mesismo y masismo.

La pandemia sorprendió no sólo a la ciudadanía, sino al gobierno y la oposición.  El riesgo de perder la vida frenó en seco toda campaña política y todo se centró en combatir a un enemigo común. Pero en toda batalla el riesgo es grande, aunque se gane, peor si no hay evidencias ciertas de triunfo.  Los reveses suelen afectar a todos y sobre todo al único actor visible, que es el propio gobierno, que toma medidas incompletas para paliar los efectos del desastre.

Se evidencia una suerte de desconcierto en las filas gubernamentales, alimentado por acciones contradictorias, reculeos, precipitaciones y, últimamente, la cereza del postre: una disposición suicida que camufladamente atenta contra la libertad de expresión. En esto también se tuvo, una vez más, que retroceder.

Los buenos augurios, la esperanza cifrada en el nuevo gobierno y las peleas internas por cuotas de poder traslucen la irritante situación de no saber dónde realmente está el poder o quién es el poder prevaleciente. Mientras tanto, el fantasma del retorno del ancien régime quiere hacerse visible.

Nadie medianamente racional desea volver al pasado inmediato. Entonces ¿qué hacer? Algunos sostienen que debe lograrse un acuerdo nacional. ¿Sobre qué bases, si nadie quiere ceder un ápice de sus ambiciones de poder…?

Una buena premisa para quienes auténticamente rechazan –realmente– el retorno del MAS sería que nadie que haya ejercido la Presidencia pueda candidatear a ella. Esto allanaría las cosas, sin Añez, ni Mesa se descongestionarían los impedimentos para un acuerdo. 

Quedarían sus dos candidatos a la Vicepresidencia: uno de ellos puede ir a la Presidencia, acompañado del otro. Adicionalmente, el acuerdo podría pactar a Camacho y Pumari en las presidencias de Diputados y Senadores. Mas allá de un discurso seductor, en política, las cuotas de poder cuentan y son elementos validos y claves  para cualquier negociación.

Hay tiempo todavía para salvar el resultado de la epopeya que dio fin al gobierno del MAS. Sino se hace algo por el estilo, el retorno de un gobierno masista es más que probable, y me pregunto, ¿qué harán los actuales gobernantes y los aspirantes ensimismados por la expectativa del poder?

El harakiri lo practica uno mismo. Por eso nuestros gobernantes de ahora no deben olvidar que el acto más importante que realizan cada  día –como decía Albert Camus– es tomar la decisión de no suicidarse.

Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.

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