Javier Torres-Goitia T.

Virus informáticos, biológicos y sociales

sábado, 23 de mayo de 2020 · 00:10

 Toda persona que utiliza una computadora y últimamente también un celular sabe algo sobre los virus informáticos. Por lo menos está enterada de que existe algo que penetra en cualquier archivo o hasta en el disco duro y lo daña. La única forma de combatirlo es empleando un filtro adecuado.

 Los virus biológicos son los que han dado el nombre a los informáticos por  sus semejanzas de trasmisión y de los daños que provocan. El coronavirus no tiene tratamiento eficaz y tampoco hay vacuna. Los antibióticos usados indebidamente aumentan el daño. La única forma de defensa es la prevención. 

 Gracias a la profusa difusión del conocimiento, casi todos saben que el contagio se produce por las gotitas de saliva que los infectados expulsan al toser, estornudar o al hablar. Evitar la infección está al alcance de todos, pero lamentablemente en el mundo entero la gente se alarma, entra en pánico y concentra su atención en respiradores o  en unidades de terapia intensiva, o en la calidad de los cementerios y descuida la prevención, el aislamiento y las inexcusables medidas de higiene que están a su alcance y no las usa. 

La educación y la solidaridad social son las mejores armas, pero lamentablemente no son suficientes y se tiene que apelar a la cuarentena. Pero el paro forzoso de la actividad económica trae consecuencias sociales de magnitud variable, según las circunstancias.        

 Los países de menor desarrollo suelen ser también los menos educados y los más dañados por las medidas restrictivas que perjudican más a los  más pobres. El MAS, después de 14 años de engaño, nos dejó con 70% de trabajadores informales. Su organización política destructora es asimilable a un virus social. Nació como respuesta a los intentos gubernamentales de combatir la producción de una coca que sirve casi exclusivamente para la elaboración de la cocaina. No para el acullico, que es un hábito ancestral de los indígenas en Bolivia.

 Evo Morales, el conductor deificado del MAS, se enorgullece de saber bloquear carreteras o calles de las ciudades, así comenzó su carrera política. De simple cornetero de una banda rural y jugador de un fútbol de barrio pasó a ser dirigente sindical de las seis federaciones de cocaleros del Chapare.

Uno de sus bloqueos “exitosos” fue cuando interrumpió el tráfico Cochabamba-Santa Cruz, provocando que cientos de pollos se pudrieran en las granjas. Los afectados no pudieron recuperar las perdidas, pero uno de ellos, al encontrar casualmente a Evo en el aeropuerto de Cochabamba, lo increpó y llegó a darle un golpe de puño en la mejilla.  Evo huyó en una primera muestra de su cobardía.   

 En octubre del 2000, en uno de los muchos conflictos, cayeron prisioneros de los cocaleros, el teniente de Policía David Andrade, de 26 años, su esposa Graciela Alfaro, de 19, los sargentos Gabriel Chambi y Silvano Arroyo, militares, encargados de la erradicación de cultivos ilegales, que fueron salvajemente torturados y asesinados. Después se supo que Evo en una asamblea de cocaleros fue quien ordenó su ejecución.

 Evo llegó a ser ungido como Presidente de la República de Bolivia y en 14 años de desaciertos, compensados por un increíble incremento del precio de las materias primas que llegó a quintuplicar los ingresos del Estado, derrochó millones de dólares con la complicidad de su ministro de economía, actual candidato a la Presidencia, que pretende ser el mago de la economía. 

 Su gestión como Presidente continuó con la violencia y la represión sañuda de quienes se le oponían. La letalidad de su gestión es de las más altas de la historia boliviana. Si sumáramos las muertes de El porvenir, la Calancha, Hotel las Américas, Caranavi, Challapata, Panduro y otras podrían competir con las que está provocando el Covid -19. 

Pero, más que eso, la cobarde fuga de Evo Morales ha dejado la administración pública contaminada por la corrupción, el sabotaje y la salvaje desobediencia a las normas de contención de la pandemia. 

El Parlamento sigue manchado y sirviéndolo sumiso, muy lejos de Pantaleón Dalence y aplicando al revés su sentencia: “La única servidumbre que no mancha, es la servidumbre a la ley”.

Javier Torres-Goitia T. fue ministro de Salud de Bolivia.

 

 

 


   

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