Oscar Molina Tejerina

Corrupción y desarrollo

miércoles, 27 de mayo de 2020 · 00:07

Hace 20 años iniciaba mi primera investigación dentro del tema de la evasión al Impuesto al Valor Agregado. Mi mayor motivación surgió de la lectura de los artículos y libros de Richard Musgrave. Musgrave es reconocido como uno de los mayores pensadores para el desarrollo del manejo de la hacienda pública y su libro Teoría de la Hacienda Pública, de 1965, sigue siendo la mayor referencia en la enseñanza de esta área hasta la fecha.

Si bien 20 años después la forma en la que piensan los economistas ha cambiado sustancialmente, incluida la mía, y es posible que ya no coincida con muchas de las ideas sobre la forma en la que deben administrarse los recursos públicos según Musgrave. La lectura sobre la evasión de impuestos es un tema que perdurará en mi mente por siempre.

La evasión de impuestos es el acto premeditado para no pagar un impuesto y de una manera simple podría definirse como una función de dos variables fundamentales: por un lado, el mecanismo de fiscalización y, por otro, la consciencia tributaria. La relación de la evasión para ambas variables es negativa, es decir, ante un incremento a los mecanismos de fiscalización, la evasión debería disminuir y de manera similar ante un incremento de la consciencia tributaria también.

Esta simple relación ha motivado inmensas investigaciones en el campo de la evasión, de la ética, las finanzas públicas, el comportamiento humano y un sinfín de posibles relaciones.

Me permito extrapolar esta relación a un mundo más complejo: la evasión de impuestos no es más que una forma de corrupción. La corrupción, de manera sencilla, es cuando algo se ha echado a perder. Uno podrá encontrar diversos tipos de corrupción, pero al final del día la conclusión es la misma.

Para la RAE una de las definiciones de corrupción es la “acción y efecto de corromper o corromperse” y una definición para corromperse es“echar a perder, depravar, dañar o pudrir algo”.

Consecuentemente, la corrupción podría también de, manera sencilla, definirse como una función de dos variables fundamentales: el mecanismo de fiscalización y los valores fundamentales de las personas. No ingresaré en este artículo a los detalles técnicos y la inclusión de una matriz adicional de otras variables, y las relaciones entre ellas y su endogeneidades.

La relación con la primera, sugiere que si existen mayores mecanismos de fiscalización, las personas cometerían menos actos de corrupción, pero entiéndase que esta disminución de la corrupción es un efecto por miedo a la pena, miedo al castigo, miedo a ser descubierto. Un ejemplo sencillo: no copio en el examen porque tengo miedo a aplazarme, pero si el profesor no me vigila y no hay riesgo de castigo, copio inmediatamente.Llévese este ejemplo a cualquier acto de corrupción y los niveles del castigo.

Con la segunda variable, la relación es que si una persona tiene los valores fundamentales no cometerá actos de corrupción porque en el fondo de su ser sabe que está mal. Hoy utilizaré una fuente de la OXFAM donde podremos encontrar que los valores humanos son un“conjunto de virtudes de una persona en cuanto a su actuación, interacción y relación con su entorno. Es decir, se trata de los valores éticos, morales, políticos, económicos y sociales que posee una persona y que le dictan qué es lo correcto y qué no lo es.”

El hecho es que vivimos en una sociedad donde asumimos que muchos de los actos son normales: es normal comprar sin factura, es normal comprar algo pirata o falsificado, es normal dar un soborno, es normal hacer “chanchullo”. Pero lo que debemos entender que ¡nada de esto es normal!.

En la página de http://www.anticorruptionday.org/ una campaña de Naciones Unidas, podremos encontrar un reporte que indica que “la corrupción es el mayor obstáculo al desarrollo económico y social en todo el mundo. Cada año se paga un billón de dólares en sobornos y se calcula que se roban 2,6 billones de dólares anuales mediante la corrupción, suma que equivale a más del 5% del producto interior bruto mundial”.

Según los datos de la página https://www.datosmundial.com, los cinco países con los índices de corrupción más bajos son: Dinamarca, Nueva Zelandia, Finlandia, Singapur y Suecia. Y los cinco con el índice más alto son: Somalia, Sudán del Sur, Siria, Yemen y Venezuela. A nivel Sudamérica, y por orden de menor a mayor: Uruguay (22), Chile (26), Argentina (66), Ecuador (93), Colombia (96), Brasil (107), Bolivia (122), Paraguay (142), Venezuela (175).

La relación entre desarrollo y corrupción es muy clara, los países con los menores niveles de corrupción son también los países con los mayores índices de desarrollo y los con mayores niveles de corrupción, son los más pobres. Para muestra Sudamérica, los países con los niveles más altos de PIB per cápita, desarrollo humano y mejor sistema de educación son también Uruguay y Chile.

Podemos discutir día tras día sobre cuál es el mejor modelo económico y social para Bolivia; podemos discutir qué se hizo bien y mal en los últimos 30 años en esa materia; podemos discutir entre keynesianos, liberales, términos medios, derecha, izquierda, centro; sobre si flexibilizar mercados, como disminuir el déficit público, como aprovechar la explotación de recursos naturales y todas las formas que una escuela del pensamiento pueda proponer para manejar la crisis económica que se avecina. En síntesis, podemos discutir de todo, pero la base de la pirámide de nuestro país es cómo curar este cáncer que se llama corrupción.

La corrupción tiene una única cura y esa cura es la generación de los valores fundamentales en una sociedad a través de la educación. Si estos valores vienen empañados desde el inicio de la formación de una persona difícilmente podremos corregirla en el futuro. Durante más de 30 años hemos venido aplicando reformas educativas, pero ninguna de ellas enfocada al verdadero problema: valores para disminuir corrupción en el imaginario de las personas.

Con mucha pena los bolivianos recibíamos o recibimos, por ejemplo, las noticias de corrupción en las normales para la formación de maestros y ni qué decir de muchos otros casos. El sistema educativo es tan importante pues un niño, niña o adolescente pasa 200 días al año,  aproximadamente seis horas diarias en las escuelas.

Los niños, niñas y adolescentes tienen mayor influencia de las escuelas que de sus propias familias, en muchos casos. Es peligroso generalizar y estoy seguro que existe un porcentaje de maestros con una verdadera vocación de servicio y trabajando día a día para la generación de estos valores, pero también me queda claro que existe un porcentaje que no.

Hacia adelante, y no pienso en un año, sino en 20 años, debemos trabajar sobre la base de la pirámide valores a través de la educación. Reconocer que la tarea de un maestro es una de las más importantes en el desarrollo de un país y que esta labor debería ser muy bien reconocida y escogida entre las personas idóneas de una sociedad para esta labor.

Para Finlandia, el país con el mejor sistema educativo del mundo, la formación de los maestros es de las más estrictas; es una profesión con prestigio y los profesores son una autoridad en la escuela y la sociedad. En una nota de la ABC de España se lee: “Los finlandeses escogen sólo a los mejores alumnos para ser maestros, convencidos de que los mejores docentes deben situarse en los primeros años de la enseñanza”. Ser maestro en Finlandia representa una carrera difícil, exigente y larga, con requisitos similares de ingreso a la medicina en países como Estados Unidos y Chile.

Debemos pensar estructuralmente hacia adelante, formando una nueva sociedad limpia de la contaminación de la corrupción y con igualdad de oportunidades.Las familias no debemos permitir que nuestros hijos se contaminen de las “normalidades” que la sociedad actual asume; nuestra labor, sin importar lo pequeña que sea, es impedir que las nuevas generaciones se contagien de este mal al que llamamos corrupción.

Si pensamos en esta verdadera reforma educativa desde la formación de maestros, contenidos, igualdad de oportunidades, en algunos años verdaderamente podremos decir que ganamos la batalla más importante. Eliminar la corrupción, no por miedo a la pena, sino por los valores fundamentales de las personas es el camino para disminuir la pobreza, las desigualdades.

Terminada esta etapa por fin comenzaremos el largo camino hacia un país desarrollado y posiblemente nos sorprendamos al ver en las noticias casos aislados de corrupción y no como los últimos 30 años, en los que las noticias de corrupción se han vuelto el plato de cada semana.

Termino con la frase dePitagoras: "Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres"

Oscar Molina Tejerina es  Ph.D , vicerrector Nacional de la UPB, presidente Sociedad de Economistas de Bolivia y vicepresidente Academia Boliviana de Ciencias Económicas.

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