Lupe Andrade

Distanciamiento social diferente

miércoles, 27 de mayo de 2020 · 00:10

Queridos amigos lectores, con suerte (porque hoy nada es seguro) el fin de semana próximo estaré en Yungas, en nuestra vieja casa de Machacamarca.  Allí, practicaré un distanciamiento social totalmente diferente, casi extremo, pero delicioso.  La casa, en la cima de una pequeña montaña, en medio de huertos, cafetales y bosque, está  aislada “sin portero ni vecinos”, como dice el tango.  Los hay, en realidad, pero los vecinos más cercanos están a unos 500 metros de distancia por camino, y unos 300 por senda.  Chulumani, la población principal, queda a 11 km  de carretera.  

 Estaré sola en la casa llena de ecos y recuerdos, pero no sin auxilio, ya que a poca distancia tiene su vivienda el encargado de la propiedad, compañero Chanel Salinas Machaca y su pequeña familia.  Ellos, de por sí, y por la situación de la propiedad, han practicado su propio “distanciamiento social”, tomando medidas de cuidado en sus pocas interacciones con la comunidad o el pueblo.  

 Mi compañera de 20 años, doña Carmen Ticona, también del grupo vulnerable de la “tercera edad”, vendrá conmigo.  No tendremos más contacto que la conversación a varios metros y la comida con las precauciones del caso, como “entrega a domicilio”.  Nos hemos cuidado aquí, y seguiremos haciéndolo allí.

Es un lugar bello.  Desde la terraza al dormitorio, que fue de mis padres y hoy es mío, puedo ver Chulumani a la distancia, luego tres cordilleras y al fondo, brillando como una joya al sol del amanecer, el Mururata esplendoroso.  Por el otro costado  puedo ver hasta Irupana y hasta las nacientes del río Beni.  Hacia atrás, una montaña verde protege mis espaldas.  

Hermoso.  Aislado de verdad.  No tendré, en realidad, contacto humano de tacto, o de presencia cercana, durante varias semanas o más.   Pero no será duro, ni triste ni solitario. Será diferente, pero es una diferencia que estamos, como humanos, aprendiendo a conocer y apreciar.  Mis hijos llaman cada día, mis nietos mandan fotos por WhatsApp, y todos saben que allí, en ese aislamiento tan difícil de conseguir en estas épocas, a 1800 m  de altura, tendré clima más cálido, más oxígeno, estufa de leña para las noches frías, música a granel, libros sin límite, computadora, iPad, Kindle, Fb (sí, soy moderna!) celular, internet (lento pero pasable), y mucho trabajo por hacer en el campo y en la casa.

¿Por qué escribo algo tan personal? Comprendo que algunos crean que estoy contando mis avatares a falta de otro tema, pero no es así.  Lo hago porque antes hubiera sido impensable que una persona mayor pueda pasar tanto tiempo en medio de huertos y hierbas.  Ahora, tengo la suerte, la bendición de poder disfrutar (y no sufrir) la cuarentena con libertad y hermoso paisaje.  Y, esta perspectiva semi-monacal, resulta ser casi una garantía de que no contraeré el temible Covid-19.  

Mi decisión de un retiro activo, es una muestra, una señal de los cambios sociales que nos traerá esta plaga.   Casi podríamos llamar esto una muestra, una alternativa a lo que puede traer el futuro.  Ahora comprendemos que la soledad puede ser triste, pero también puede ser hermosa, si es simplemente física y no mental, moral o comunicacional.  Lo hemos comprobado en estos pasados meses.

Estaré aislada, pero no abandonada.  Este retiro será ideal para pensar, escribir, trabajar en los huertos, respirar hondo y agradecer al destino la hermosa y variada vida que he tenido, de la cual sigo disfrutando.  Ya que a mi edad todavía camino bien, estoy sana  y puedo podar, cosechar, abonar y demás afanes campestres, seré útil y ustedes saben lo importante que es ser útil.

Seguiré las noticias, estaré al día, pero creo que para mí y para ustedes también, será trascendental en los días que vienen, pensar más en lo inevitable y aquilatarlo: cambios en socialización, en actitud, en valoración del trabajo.  Hemos comprobado que lo que nos salva no es el dinero ni el poder  ni la fuerza: son el criterio y la disciplina.  Extraña nueva realidad, extraños nuevos modelos, difícil adaptación a la reapertura, y peligro para quienes no obedecen las recomendaciones médicas de hoy.  

Desde allí, estaré en contacto con todos, mirando hacia el Mururata y mandando los mejores deseos mientras tomo jugo de mis propias naranjas, y una taza humeante de mi propio café.  

Lupe Andrade es periodista. 

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