Oscar G. Prada

El último apague la luz

viernes, 29 de mayo de 2020 · 00:07

Llegamos hasta donde no se puede llegar más. ¡Terrible! En nombre de la salud pública se genera terror, control, distracción e inmovilización, mientras se avivan los apetitos más egoístas de los vivos de siempre. La gente hasta tararea a Arjona: “señora: no le dé más años a Añez, es mejor”. Y no es que los de antes estén siendo canonizados; finalmente, devastaron al Estado. La inoperancia en casi todos los poderes del Estado y la corrupción en varias dependencias y niveles gubernamentales fue y es, por decir poco, un moco. Y en Tarija, sus calles sin luz…

Hemos transitado del orgullo ilusorio del chapaco andaluz al dejado de la mano de Dios, pasando por el patriota autoincluido al coro nacional, el cercenado histórico, el amable de la sonrisa eterna, el del humor, la guitarra y el tiempo lento, el abandonado crónico y el de la billetera generosa, entre otros. La mayor parte, puro lamentos y pensamientos autocompasivos, en un lastimero ejercicio de lamerse las heridas.

Insisto, como muchos bolivianos, que la culpa la tienen los políticos de corte tradicional, que, lejos de ser la pastilla de carbón para la diarrea de males -como ellos se miran-, son el peor purgante que hay. O, mejor, se creen el muy aire que respiramos y ni siquiera son los respiradores del sobreprecio, tan sólo y tan tanto son el virus que nos amenaza. Entonces y como ni los de hoy ni los de ayer quieren abandonar esta ideología mafiosa de apropiación del Estado y de la verdad única, propongo que vendamos todo, repartamos la plata a todo mayor de 18 (menos a estos hijos no tan opas) y nos vayamos a donde queramos. Por supuesto, hablo de la propiedad pública; de la privada, cada uno se hace cargo y que apague la luz el último en irse. Además, sugiero que sea de prerrogativa departamental. 

Con tal, la transferencia de nuestros patrimonios naturales y artificiales, muchos de estos sátrapas ya lo vienen haciendo de a poco, gestión tras gestión. Hasta nos roban la capacidad de participar, consensuar, crear y desarrollar nuestra redención de semejante tragedia múltiple. Estamos con la voz embargada de los grandes debates, del crecimiento económico versus conservación del planeta, de las pititas frente a la clase política tradicional, de la democracia representativa y la participativa, la ciudad y el campo y de la lógica del capital salvaje y las economías de otros colores (verdes, naranjas), entre otros… Evitemos que nos dejen sin nada.

Echando mano al querido y recordado Nilo Soruco, podríamos enajenar mi montaña que se llama la Cuesta de Sama, mi río, mi sol, mi cielo, aunque llorando estarán. Y, por supuesto, a lo Toto Vaca, Luis de Fuentes, plazuela Sucre, nuestro caminito hacia tu portón, la plaza, la fuente y las rosas en flor, a fin de olvidar el trago amargo de ese tiempo feliz. ¡Ofrezcamos todo a los chinos! Copas para opas, casas doradas, la avenida Costanera, Santuario de Chaguaya, los entonces ríos Bermejo, Pilcomayo y Guadalquivir más los pescaditos que aún quedan, Tajzara y sus famélicos flamencos, pozos y Pocitos, gasoductos incluidos, Abril en Tarija, la receta de los rosquetes… no nos reservemos ni Tariquía.

Y es que ya cuentan como 200 años en los que debatimos inútilmente sobre cuál es nuestra principal vocación productiva. Por ejemplo, tras encumbrarnos como la capital energética, el sacrosanto lugar de las uvas, vinos y singanis, para finalmente – sin parecer pretencioso- apostamos también por el turismo eco, etno, de aventura, gastronómico, religioso y/o cultural. Sin embargo, ese ego, dizque andaluz, nos devuelve una imagen sobreiluminada. Basta poner como un ejemplo el daño que le causamos al medio ambiente, tan grave y quizás irreversible que hasta los Chorros de Jurina adolecen de problemas de próstata hace mucho tiempo.

Pasamos por tantos sueños rotos… que a lo mejor tengamos una oportunidad para convertirlos en el mayor argumento de ventas. Utilizaríamos como poderoso tema de mercadotecnia que disponemos de un fabuloso cementerio de elefantes, algunos aportados por la era codetareña más una cantidad enorme de la massozoica azul (enumerados, clasificados, cuantificados y estudiados por un funcionario departamental de alto nivel). Intentaríamos abrir sus achinados ojos con una ruta de la estupidez humana gracias a dichas edificaciones. Una creativa forma de reinventar el turismo post Covid-19, ya que atraería a muchos asombrados y jocosos turistas de todo el globo. Esto nos daría, incluso, la gran ocasión de alquilar a nuestros políticos como guías de la ruta y así, de paso, logramos que hagan trabajo comunitario y paguen algo de lo embolsillado.

Iniciaríamos una travesía parecida a la de los hijos de Israel, de la diáspora y el regreso, solo que voluntaria y sin lo último. Como descendientes de Méndez, demostraríamos nuestra bravura indomable, haciendo las maletas, yéndonos a donde plazca y recordando que alguna vez nuestros abuelos soñaron y pelearon por dejarnos una tierra hermosa y digna, la que nosotros honramos su memoria vendiéndola al mayor precio de mercado.

Encima y para transitar hacia el exterior por los aeropuertos, podríamos contar con nuestro impactante y hermoso atuendo de Chuncho como traje de bioseguridad del más alto nivel, made in Tarixa la extinta, con plumas multicolores atrapa virus y roba sueños. Con tal, si esperamos mansitos que los zánganos nos solucionen la vida mientras nos continúan desvalijando no podremos, a la del Gallo, marchar ya, camino a la esperanza ni, mucho menos, hacerlo con plena decisión.

La otra es dejar de ilusionarnos con los frutos de semejante negocio para intentar por enésima vez explicarles a los chupasangres pasados, presentes y futuros que ya no los queremos, a su ideología del despojo ni a su apuesta suicida. Para eso, los ciudadanos debemos entender que la indiferencia es la puerta de entrada a este código mafioso que permite y naturaliza toda la aberración.

Oscar G. Prada es ciudadano boliviano.

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