Gregorio Lanza

Sindicato, movimientos sociales, dirigencias corruptas

domingo, 3 de mayo de 2020 · 00:09

El año 1973 conocí varios dirigentes obreros que, unos desde el exilio, otros clandestinos y los más desde la mina o la fábrica resistían a la dictadura de Banzer. Filemón Escobar fue la puerta de entrada a ese mundo. Me acuerdo también de Cirilo Jiménez, un hombre de tez blanca, con un mostacho espectacular, de mirada profunda y una fornida espalda de perforista. De mi relación con los colonizadores de Caranavi tengo recuerdos tenues de  Gerardo García, que después llego a ser dirigente del MAS. El año 1978 trabajando en interior mina  conocí a Artemio Camargo, al camba Emil Balcazar, a Ascencio Cruz y en los congresos mineros y de la COB a muchos otros. En esa época los dirigentes de la COB no tenían comisión, vivían a salto de mata y tenían que ser radicales para tomar el poder como se intentó hacer posteriormente,  durante el gobierno de  la UPD .

Después del fracaso del gobierno de la UDP, debido a varios factores, entre ellos la existencia de  un parlamento mayoritariamente opositor, la baja de los precios del estaño de 5 a 2 dólares la libra fina, y ministros mediocres, se desató la hiperinflación. Esta requería de un ajuste, era inevitable, era el agotamiento del modelo estatista. Se aprobó el decreto  21060 que significaba entre otras medidas el despido de miles de trabajadores mineros, la columna vertebral del movimiento obrero.

Desde entonces la COB se debilitó, ya no existía su base material. El retorno de la democracia pactada, se viabilizó a través de la reconstrucción de un sistema de pacto partidos políticos (MNR, ADN, MIR). Se cambió la forma de controlar al sindicalismo y al movimiento social; ya no era necesaria la represión sino hacer fluir  recursos hacia  los dirigentes sindicales; los que recibían su “cuota” para construir gobernabilidad, cuyo  monto variaba  según la importancia del sector.

Por otro lado,  esos  fueron  años de  maduración y construcción de identidades del movimiento  indígena. Aprendí y compartí con  Rafael Puente su profundo compromiso con  lo étnico cultural.  Decenas de  dirigentes -de la talla de Juan de La Cruz Wilca-pasaron por ese proceso de formación.  Juan de la Cruz  ganó la secretaria ejecutiva de la  CSUTCB en el congreso de Potosí. Todavía en esa fecha,  los asistentes al congreso  venían  en camiones, a lo mucho en flotas. Se alojaban en parroquias o colegios, dormían en el piso arropados por  sus mantas y se conseguían víveres para la olla común.

A partir del  año 2000, las  movilizacionesaymaras y urbanas, como la “guerra del agua”, inyectaron energía al movimiento social.  Allí, seconformó un equipode dirigentes campesinos que  hicieron  aprobar en un congreso la conformación del instrumento político y un programa de gobierno, que posteriormente se apropióEvo Morales. Así el año 2006 el MAS gano las elecciones y se fue configurando como partido hegemónico, en realidad una alianza de movimientos sociales, donde cada uno de ellos pedía su cuota de poder. (Tampoco era nuevo así sucedió en 1952, durante el cogobierno del MNR con la COB y después en el pacto militar campesino, con Barrientos) Así se conformó el CONALCAM donde -en los hechos. la COB se subordinó al movimiento campesinos, cocalero y colonizador, bajo la jefatura de  Evo Morales.  Cada grupo corporativo recibió su cuota, Ministerio del Agua para los dirigentes de El Alto, Ministerio de Desarrollo Rural, primero para los campesinos  de  oriente después para los aymaras, Ministerio de Obras y ABC para intelectuales del aparato de Linera, Correos para los ponchos rojos, Aduanas para los dirigentes  urbanos, embajadas para los de clase media que apoyaron el proceso, YPFB para la cúpula del partido, como caja chica. El programa Evo Cumple y el Fondo Campesino para manejar a discreción, especialmente en periodos electorales.  Ese proceso -que de por si era peligroso- terminó por desbordarse con el boom de los precios del gas y los ingresos millonarios al Estado. La corrupción se  institucionalizó y llevó al MAS, los sindicatos y movimientos sociales a  su periodo de decadencia. Los dirigentes ya no defendían al gremio ni la comunidad;  ni ideología o valores,  sino tener poder para volverse ricos.

Pasado el derroche, con menos ingresos desde el 2014, con reservas disminuidas, deuda, déficit fiscal y  balanza de pago negativa;   y con el impacto social y económico del Coronavirus, el sindicalismo tendrá que tener otros actores y otra fisonomía. Ese tipo de organización faccional y de corruptelas  ya no existirá  más. Diseñar el camino les corresponde a ellos y a las nuevas generaciones.

Gregorio Lanza es economista.

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