Pablo Mendieta Paz

Agua y jabón

domingo, 31 de mayo de 2020 · 00:07

El doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, director General de la OMS, señala que ya identificado el nuevo virus como parte de la extensa familia de los coronavirus, y que su naturaleza responde a las características de un  síndrome respiratorio agudo severo -SARS, por sus siglas en inglés-, ha sido preciso denominarlo con prontitud a fin de distinguirlo claramente de otros. En este sentido, se llegó a la conclusión de que llevaría las sílabas “co”, de corona (por las extensiones que lleva encima de su núcleo que se asemejan a la corona solar); “vi”, de virus, y la letra “d”, de “disease” (enfermedad, en inglés), enlazadas al número 19, toda vez que él fue informado del brote en fecha 31 de diciembre de 2019.

Ya investigado y conocido en principio el Covid-19, el Dr. Ghebreyesus y otros científicos, virólogos y epidemiólogos, pronto advirtieron que el brote manifestaba una cualidad expansiva incontrolable, en atención a lo cual representaba una amenaza en extremo grave para la humanidad.

Con los primeros estudios científicos en mano era necesario, por tanto, poner en práctica, y de prisa, las medidas más efectivas para prevenir el contagio (todas aquellas que ya conocemos). Pero me llamó la atención una: lavarse con frecuencia las manos con agua y jabón y usar un desinfectante a base de alcohol.

 ¿Lavarse las manos con agua y con jabón? Recordé, sobre esto último, haber leído en internet hacía no mucho que el afamado escritor y médico francés Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), había elaborado su tesis para graduarse como médico inspirado en un simple pero gran descubrimiento científico, cuyo alcance se explica a continuación.

              Nacido en 1818, Ignaz Semmelweis fue un médico húngaro que ejerció la obstetricia en el Hospital general de Viena. Profesional aventajado, y con solo 28 años, a Semmelweis le llamó la atención comprobar la mortalidad récord de mujeres jóvenes que habían dado a luz en el pabellón donde se capacitaba a los estudiantes: más del 10%, con picos cercanos al 40%; mientras que en el pabellón gemelo donde se capacitaba a las parteras, esta tasa no superaba el 3%, una cifra normal en ese momento.

               Un año después, en 1847, un colega suyo murió de septicemia. Enterado de que los cadáveres ocultan “partículas” o gérmenes invisibles pero potencialmente letales (una teoría propia que jamás pudo comprobar –o que no quisieron entender-, y que, como se verá, lo sentenció para siempre), el doctor Semmelweis reparó en aquella ocasión que los estudiantes de medicina pasaron directamente de la autopsia practicada al colega a un parto sin lavarse las manos y sin desinfectarlas.

El escritor Céline narra en su tesis de medicina cómo el médico húngaro, a partir de ese momento, se convirtió en el histórico y gran promotor del lavado de manos con agua y jabón, y de la desinfección total de ellas con una solución fuerte y abrasiva para la piel: el cloruro de calcio. Como resultado de esta sencilla combinación, pero colosal hallazgo, la tasa de mortalidad cayó al 1,3%, incluso llegando a cero en ciertos días. ¡Eureka!

               Pero poco duró la alegría del médico. El doctor Semmelweis fue censurado acremente por sus colegas, sobre todo por los de mayor renombre. Consideraban que las cerriles investigaciones del advenedizo profesional húngaro no eran más que supercherías que violaban la ética científica, pues juzgaban inadmisible el hecho de que fueran los propios médicos los transmisores de los gérmenes. En 1849, su  contrato no fue renovado.

               Incomprendido y con lobreguez del ánimo, el doctor Semmelweis regresó a su Budapest natal y ejerció como profesor de obstetricia, sin que tampoco allí sus teorías sobre los gérmenes y la fiebre puerperal (“esta podía ser menguada drásticamente usando desinfección de las manos en las clínicas obstétricas”) fueran acogidas favorablemente.

El daño estaba hecho. Abandonado a una vida errática, y con serios problemas nerviosos y de depresión que condicionaron su comportamiento, el creador de los procedimientos antisépticos desarrolló severos trastornos mentales que motivaron su internación en un manicomio, lugar donde murió en olvido y soledad en 1865, a los 47 años.

               No fue sino hasta fines del siglo XIX que Louis Pasteur y Robert Koch (descubridor del bacilo de la tuberculosis) resarcieron al médico húngaro al validar su teoría acerca de los gérmenes y consagrarlo, como así mismo lo hizo en su tesis Louis-Ferdinand Céline, como un genio.

En el año 2015, la Unesco conmemoró los 150 años de la muerte de Ignaz Semmelweis, “el doctor húngaro conceptuado en la actualidad como el padre de la asepsia y de la epidemiología hospitalaria moderna, quien descubrió el enorme valor de tan básica medida higiénica y que pagó el hallazgo con su vida: el lavado de manos con agua y jabón”; hoy, quizá, el arma de desinfección más poderosa en la guerra contra el invisible Covid-19.

Pablo Mendieta Paz es ciudadano boliviano.

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